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Daniel Montoya
eleconomista.com.ar
En 1946, Juan Domingo Perón levantó una de las frases más potentes de la historia política argentina: “Braden o Perón”. La consigna sintetizaba un dilema de época: soberanía nacional frente a la injerencia de la embajada norteamericana. Entonces, el fútbol, la industria y la cultura eran estandartes de una identidad nacional que buscaba diferenciarse, incluso desafiar, al poder hemisférico.
Setenta años más tarde, la escena parece invertida. El sucesor de Diego Maradona, Lionel Messi, no juega en Barcelona ni en Rosario, sino en Miami. Su equipo, el Inter, simboliza un fenómeno mayor: el desplazamiento, forzado por cierto, del centro de gravedad del fútbol hacia Estados Unidos. Un deporte que durante más de un siglo fue símbolo de argentinidad, hoy encuentra en suelo norteamericano su epicentro global.
El contraste es elocuente. Dónde antes se trazaban fronteras tajantes entre “ellos” y “nosotros”, hoy las líneas son difusas. La dolarización cultural antecede a cualquier plan económico. Desde las series que miramos en Netflix hasta las plataformas que ordenan nuestra vida cotidiana, la Argentina está entrelazada con Silicon Valley y Hollywood. No se trata de una anexión formal, sino de un proceso de integración de facto, espontáneo.
En este marco, Javier Milei empuja los límites de esa tendencia. Su proyecto no es simplemente liberalizar la economía: es abrazar sin reservas el modelo estadounidense como destino natural. La metáfora de la “estrella 51” sirve para describir esa magnitud. La dolarización extinguiría al Banco Central y sometería la política monetaria a la Reserva Federal.
En lo político, la alineación irrestricta con Washington deja poco margen para la autonomía. En lo cultural, Messi en Miami funciona como la postal perfecta: el ídolo argentino convertido en ícono norteamericano.
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Este corrimiento no empezó con Milei. Ya en los años 50, el escritor británico Lawrence Durrell, viviendo en mi Córdoba natal, lo transmitía en cartas a su colega norteamericano Henry Miller. “Allí —decía— el tipo personal de hombre europeo está fuera de lugar”. Y comparaba la rusticidad del interior argentino, ¡hoy sin retenciones agropecuarias!, con el Texas de fines del siglo XIX: caciques ambiciosos, riqueza sin explotar, modales salvajes.
Ese registro anticipaba una tensión que recorre nuestra historia: mientras parte de la élite del siglo XIX y principios del XX se aferraba a Europa como modelo, la vida real parecía más cercana a las potencias nuevas como Estados Unidos.
En los años 90, Carlos Menem ensayó una primera versión de ese sueño con las “relaciones carnales”. Pero aún chocaba con resistencias: el sindicalismo fuerte, la memoria de Malvinas y el nacionalismo residual. La novedad del presente es que esas barreras se han debilitado. La expansión de barrios cerrados como el icónico Nordelta y tantos otros, con lagunas artificiales, colegios bilingües y centros comerciales, replican el suburbio norteamericano con naturalidad. Un estilo de vida que en Europa sería impensable por la rigidez de sus ciudades seculares, aquí se adoptó con rapidez.
Quizás, entonces, la Argentina ya haya dado el paso. No hace falta esperar la ceremonia solemne de una anexión ni el izado de una nueva bandera en Washington: la estrella 51 late en la vida diaria argentina. Está en los barrios cerrados que replican el suburbio norteamericano, en los centros comerciales que sustituyen a las plazas, en el fútbol globalizado con sede en Miami, en el dólar que ordena cada transacción, en las playlists y las pantallas que nos conectan más a Silicon Valley que a nuestras propias calles.
Parafraseando a Dostoievski, la mejor manera de desactivar el nacionalismo, es asimilarse a lo extranjero sin que nadie lo perciba. Esa es, quizás, la ironía de nuestra época: la Argentina se ha vuelto la estrella 51 de Estados Unidos sin declararlo jamás, con una naturalidad tal que el gesto parece propio y no importado ni forzado.
Por cierto, es a través de la única modalidad viable para un país tan grande, físicamente tan distante y con raíces culturales propias tan fuertes como para que semejante operación pudiese equipararse con aquellas realizadas por Estados Unidos con relación a Puerto Rico o territorios no incorporados de nula gravitación como Guam.
En tal sentido, el presidente Trump dio esta semana el paso formal para que terminara de ocurrir lo que nunca pasó por ausencia de un interlocutor válido por el lado del Gran Imperio decadente y en estado de guerra civil, pero Imperio al fin: la voluntad política de tomar un compromiso de liderazgo con la hoy liderada Argentina.
En definitiva, aquello que intentaron varios presidentes argentinos y jamás tomó forma, finalmente será, para bien o para mal, el legado indiscutible del autodenominado “primer presidente liberal libertario” Milei.
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