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Temas |LA MEMORIA AL FUEGO: EL REGRESO DE LA DISCIPLINA COMO REFUGIO AFECTIVO

Fotocerámica, la técnica milenaria que cautiva a los jóvenes platenses

Vuelve a la escena como una actividad que fija la imagen frente a la fugacidad digital. Al transformar fotografías en piezas duraderas, funciona como un anclaje emocional que sostiene el vínculo afectivo en el tiempo

Fotocerámica, la técnica milenaria que cautiva a los jóvenes platenses

Contra la fugacidad digital, la imagen que resiste en cerámica / Web

18 de Enero de 2026 | 05:53
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La pregunta aparece casi como un susurro íntimo, pero encierra una pulsión colectiva: ¿cuántas veces intentamos conservar un objeto que nos devuelva, aunque sea por un instante, la presencia de alguien querido? En un tiempo dominado por imágenes fugaces, que se multiplican y se pierden en pantallas, la fotocerámica reaparece como una respuesta silenciosa pero contundente. No promete nostalgia instantánea ni recuerdo descartable, sino algo más profundo: fijar la memoria en la materia, someterla al fuego y permitir que atraviese el tiempo convertida en parte de la vida cotidiana.

Durante siglos, la cerámica fue soporte de relatos, símbolos y huellas humanas. Vasijas, placas y superficies esmaltadas guardaron historias mucho antes de que existiera la fotografía. Hoy, esa tradición milenaria se reactualiza a través de la fotocerámica, una técnica que vuelve a cobrar fuerza en talleres contemporáneos y que atrae especialmente a artistas jóvenes, interesados en pensar el vínculo entre imagen, tiempo y afecto. Lejos de su asociación histórica con el ámbito funerario, la fotocerámica se desplaza hacia el terreno de la exploración artística y emocional, donde la memoria no se conserva como reliquia, sino que se integra al presente.

Este regreso no responde a una moda pasajera ni a un gesto nostálgico. Tiene más que ver con una necesidad latente de recuperar el valor del hacer manual, del proceso lento, del error como parte del aprendizaje y de la experiencia sensorial que implica trabajar con luz, pigmentos y altas temperaturas. En cada pieza, la imagen deja de ser frágil y efímera para transformarse en un recuerdo perdurable, sellado por el fuego. Lo que antes podía borrarse con un clic, aquí queda vitrificado, dispuesto a atravesar los años.

La fotocerámica contemporánea combina saberes tradicionales con herramientas digitales. Las antiguas filminas, antes rígidas e inalterables, hoy se editan, se superponen y se reconstruyen mediante programas informáticos. Sin embargo, la tecnología no elimina la incertidumbre: en el revelado y el horneado, el artista debe tomar decisiones cruciales. Qué imagen sobrevive, cuál se desvanece, cuál muta bajo el esmalte y el calor. En ese punto, la fotografía deja de ser un mero registro de lo real y se convierte en una construcción sensible, una ficción material nacida del diálogo entre lo digital y lo artesanal.

El desplazamiento de esta técnica hacia el campo artístico fue posible gracias a la democratización tecnológica. Hornos más accesibles, pigmentos cerámicos estables y nuevos sistemas de impresión ampliaron las posibilidades creativas. Lo que durante décadas estuvo restringido a producciones industriales o usos específicos hoy se abre como un lenguaje disponible para la investigación, la experimentación y la búsqueda personal. En ese cruce entre pasado y presente, la fotocerámica encuentra su potencia.

Para comprender este fenómeno en la escena actual, resulta clave la mirada de Laura Ganado, artista y académica de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata. Para ella, la fotocerámica representa “una oportunidad para conectarnos con una técnica antigua, revivir lo tangible, lo palpable; aquello que existe en este plano y fue realizado por una persona real”. En diálogo con las ideas de Roland Barthes, Ganado señala que el referente de la imagen “está ahí, en un tiempo que no le pertenece”, y que la fotocerámica logra fijar ese instante desplazado: un fragmento temporal que se vuelve superficie, atraviesa el fuego y permanece.

Lejos de competir con las tecnologías contemporáneas, la técnica encuentra su valor justamente en lo opuesto. “Se intenta, se borra, se experimenta durante horas en el laboratorio, sin esperar lo inmediato. Hay un goce en ese procedimiento”, explica Ganado. Esa temporalidad lenta, analógica y material aparece hoy, paradójicamente, como una de las formas más actuales de producción artística, en un contexto marcado por la velocidad y la saturación visual.

En los espacios de formación que coordina, la fotocerámica se trabaja a partir de archivos personales, fotografías familiares e imágenes generadas digitalmente. Cada obra es irrepetible. Aunque la matriz sea la misma, la mano interrumpe el sistema y produce variaciones inevitables. Ninguna imagen es idéntica a otra, y esa singularidad no se considera un error, sino la esencia misma de una técnica que vuelve a demostrar que la memoria, cuando se somete al fuego, también puede volverse eterna.

La expansión infinita de imágenes digitales convive hoy con un deseo creciente de recuperar la materialidad. En ese escenario, la fotocerámica ofrece algo que el entorno visual contemporáneo ya no garantiza: permanencia. Una imagen vitrificada no se borra ni se degrada con facilidad. Se incorpora a un cuerpo cerámico capaz de atravesar generaciones. “La fotocerámica nos regala observar ese presente estático. La persona revive, en distintas instancias de su propia línea temporal, la apreciación de un presente detenido que alguna vez existió”, sostiene Ganado.

 

En el cruce entre pasado y presente, la fotocerámica encuentra su potencia

 

El procedimiento no busca conservar el pasado como una postal inmóvil, sino abrir un espacio de contemplación. Pensar la imagen desde su espesor, desde su fragilidad y su resistencia. En un momento en el que la cerámica explora múltiples hibridaciones tecnológicas, la fotocerámica recupera un gesto singular: permitir que la imagen vuelva a tener cuerpo. Y en ese cuerpo, persistir.

Desde una mirada psicológica, la vigencia de esta técnica también responde a una necesidad profundamente humana: materializar el vínculo afectivo y hacerlo habitable. Al plasmar la imagen de una mascota, un amor o un ser querido sobre la cerámica, la memoria deja de ser solo recuerdo para transformarse en objeto y presencia cotidiana. Estas piezas no funcionan únicamente como imágenes, sino como anclajes emocionales que acompañan la vida doméstica, integrándose al hogar como parte del paisaje íntimo. Tener esos rostros fijados en una superficie duradera permite tramitar la ausencia, sostener el lazo y otorgarle continuidad en el tiempo. Así, la cerámica se convierte en un soporte simbólico donde el afecto se preserva, se cuida y se comparte, reafirmando que recordar también es una forma de habitar.

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