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Crece la comunidad brasileña en La Plata: de venir a estudiar a formar una vida

Crece la comunidad brasileña en La Plata: de venir a estudiar a formar una vida
23 de Enero de 2026 | 16:32

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La presencia brasileña en La Plata no se explica con estadísticas sino con relatos personales. En los últimos años, la ciudad fue sumando acentos, rutinas y costumbres traídas desde distintas regiones de Brasil, en especial a partir de la llegada de estudiantes universitarios. En sus voces aparecen las mismas escenas repetidas con matices: el impacto inicial, el frío, el idioma, los horarios, la universidad y, con el tiempo, una sensación de pertenencia que no borra el origen, pero lo reacomoda.

Rayssa llegó en 2018 desde Belo Horizonte para estudiar Medicina y todavía recuerda con claridad su primer asombro. “Lo que más me sorprendió fueron las plazas, el bosque y que La Plata es plana, sin declives”, dice. Esa imagen amable de ciudad ordenada contrastó rápido con una dificultad inesperada: el clima. “En mi ciudad hace frío, pero no como acá. Nunca imaginé ir tan abrigada a la facultad o al gimnasio, ni usar guantes y gorro para andar en bici”, cuenta. El verano tampoco fue sencillo: explica que la humedad, acentuada por la cercanía del Río de la Plata, se siente mucho más que en Minas Gerais.

En la vida cotidiana, Rayssa se topó con costumbres que al principio no lograba descifrar. “Siempre me olvidaba de la siesta y iba a los chinos a las dos o tres de la tarde y estaba todo cerrado”, recuerda. Con el tiempo, lo más difícil pasó por otros lados: alquilar, tratar con prestadores de servicios y adaptarse a una lógica que, según su experiencia, vuelve engorroso resolver problemas simples. Aun así, destaca un rasgo que fue clave para quedarse: “La gente siempre fue muy amable conmigo”, dice, y señala que eso le permitió aprender el idioma sin grandes sobresaltos. Sentirse parte de la ciudad llegó más adelante, cuando pudo tramitar el DNI, abrir una cuenta bancaria y moverse en bicicleta. “Ahí sentí que pertenecía”, resume.

El idioma, la universidad y otras formas de habitar la ciudad

Tarso arribó a La Plata en enero de 2019 desde Salvador de Bahía, junto a su esposa y su hijo, también para estudiar Medicina. En su caso, el impacto inicial tuvo menos que ver con lo cotidiano y más con la historia. “Me encanta la construcción de La Plata, una ciudad diseñada, arbolada, llena de plazas, con calles numeradas”, dice, y destaca la imagen nocturna de la ciudad vista desde arriba. A diferencia de otros brasileños, el frío no le resultó un problema. “Vengo de una región recontra caliente, así que me encantó el clima frío. Caminás horas y no transpirás”, asegura, aunque aclara que en primavera sufre alergias por el polen del tilo y el plátano.

El idioma fue, para Tarso y su familia, un desafío concreto. Llegaron “sin saber casi nada de español” y aprendieron en los primeros meses hablando todos los días. Hoy, incluso, dice que le gusta más el castellano argentino que otras variantes del español. “Tiene palabras parecidas al portugués y suena más lindo”, afirma. En la universidad notó una diferencia cultural marcada: le llamó la atención que muchos estudiantes argentinos no tengan apuro por recibirse. “Algunos planifican terminar en ocho o diez años, mientras que los extranjeros quieren hacerlo lo antes posible”, observa. Su sensación de pertenencia apareció tras aprobar su primer final, en diciembre de 2019. “Ahí salí a festejar, conocí los bares y sentí que ya estaba adaptado a todo”, cuenta.

Luciane llegó desde Goiânia en enero de 2019 para estudiar Medicina y hoy combina la carrera con su trabajo como cuidadora. Su primera impresión fue de entusiasmo. “Me encantó la ciudad, que fuera toda planificada, limpia, con árboles, plazas y bosque”, dice. También le llamó la atención la cultura de la protesta social. “Me sorprendió ver que la gente salía a la calle por sus derechos”, recuerda. Sin embargo, el idioma fue una barrera más fuerte de lo que esperaba. “Sabía algo de español, pero no pensé que el castellano hablado fuera tan distinto”, explica.

Clima, rutinas y aprendizajes forzados

El clima volvió a aparecer como un obstáculo central. “Fueron dos años para adaptarme al invierno”, cuenta Luciane, que recuerda no saber cómo manejar una estufa o un calefón y apagar todo por miedo al gas. La adaptación, dice, fue práctica y forzada. Los horarios también le resultaron difíciles. “La siesta no tenía sentido para mí. En Brasil aprendemos que hay que trabajar todo el tiempo”, señala, y marca una diferencia cultural que con los años empezó a valorar: la pausa, el mate, el descanso, la plaza.

Para aprender el idioma, se impuso una rutina casi obsesiva. “Salía a comprar un tomate solo para entrenar hablar”, cuenta, y recuerda charlas diarias con una vecina y, más tarde, el impacto de convivir y vincularse con argentinos. Sentirse parte de La Plata no tuvo un momento exacto. “Fue paulatino”, dice, aunque reconoce que durante la pandemia, en medio de situaciones tensas, tomó conciencia de que ese lugar también era suyo.

Fernanda llegó a La Plata hace ocho años desde São Paulo, después de una larga trayectoria en el ámbito educativo y con la decisión de estudiar Medicina. “Me sorprendió que fuera una ciudad tranquila y segura, sobre todo en comparación con Buenos Aires”, dice, y la compara con Campinas por su clima universitario. El clima, sin embargo, sigue siendo una dificultad. “La humedad del invierno se siente mucho y pesa en el día a día”, admite. El idioma fue un problema serio en su primer año. “No hablaba español y me manejé mucho tiempo en inglés”, cuenta, hasta que la vida cotidiana y el estudio le permitieron incorporarlo.

Adaptarse sin dejar de ser

En el plano académico, Fernanda notó diferencias claras con su formación en Brasil. “Allá la relación entre docentes y estudiantes era más cercana; acá es más jerárquica”, explica. También le costó, al principio, construir vínculos. “Sentí que la gente era más cerrada”, dice, aunque aclara que con el tiempo entendió otra lógica: “Las relaciones llevan más tiempo, pero cuando se dan, son buenísimas”. Mantener su identidad brasileña fue una forma de equilibrio. “La comida, los horarios y la calidez humana siguen siendo parte de mí”, afirma, y confiesa que nunca logró reemplazar el desayuno brasileño por el mate con una galletita.

En todos los relatos aparece la misma tensión: adaptarse sin dejar de ser. Rayssa sigue hablando portugués y cocinando platos de su país; Tarso mide su rutina en café y porotos; Luciane escucha música de su región y cocina como en casa; Fernanda sostiene una forma de vincularse que define como cercana y flexible. El futuro, en cambio, permanece abierto. Algunos evalúan volver por razones económicas o familiares; otros se imaginan siguiendo en Argentina. Pero todos coinciden en algo, aunque no siempre lo digan de la misma manera: La Plata dejó de ser solo una ciudad de paso. Entre el frío, el idioma aprendido a fuerza de errores y las plazas compartidas, la comunidad brasileña fue encontrando un lugar propio, mezclado ya con el ritmo cotidiano de la ciudad.

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