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El territorio atravesó ocho décadas de interés militar y estratégico, moldeado por la Guerra Fría, la amenaza de Rusia y una puja global
La captura de nazis en su última base meteorológica en Groenlandia
En octubre de 1944, soldados estadounidenses capturaron en Groenlandia a los últimos nazis que operaban en la isla. El operativo se realizó contra una estación meteorológica alemana clandestina ubicada en la desolada costa oeste del territorio ártico. Aquella acción, poco conocida fuera del ámbito histórico, anticipó una relación estratégica entre Estados Unidos y Groenlandia que se extendería durante las siguientes décadas.
Menos de un año después, Alemania sería derrotada y la Segunda Guerra Mundial llegaría a su fin. Sin embargo, para Washington, Groenlandia había dejado de ser un territorio remoto: se había convertido en una pieza clave para su seguridad nacional.
Hasta comienzos de la década de 1940, los estrategas militares estadounidenses apenas prestaban atención a Groenlandia. La invasión alemana de Dinamarca en 1940 cambió esa percepción. La isla, entonces una colonia danesa escasamente poblada y habitada mayoritariamente por comunidades inuit, quedó expuesta a un eventual control nazi.
Su ubicación geográfica —cercana a la costa este de Estados Unidos—, su valor para el monitoreo del clima del Atlántico Norte y la presencia de recursos minerales estratégicos transformaron a Groenlandia en un enclave fundamental. Frente a ese escenario, el rey de Dinamarca autorizó la presencia militar estadounidense mediante un acuerdo que otorgaba amplias libertades operativas, sin renunciar formalmente a la soberanía danesa.
Con la derrota de Alemania, Dinamarca esperaba recuperar el control total de Groenlandia. Sin embargo, en Washington la evaluación era diferente. El surgimiento de la Unión Soviética como nueva potencia rival y el desarrollo de bombarderos de largo alcance reforzaron la idea de que la isla seguía siendo indispensable para la defensa continental estadounidense.
En enero de 1947, la revista Time definió a Groenlandia como “la isla y el portaaviones estacionario más grande del mundo”, una descripción que reflejaba su valor estratégico: estaba ubicada sobre la ruta aérea más directa entre la Unión Soviética y América del Norte.
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En diciembre de 1946, el entonces secretario de Estado James F. Byrnes fue aún más lejos y planteó, en una reunión reservada, que Dinamarca vendiera Groenlandia a Estados Unidos. La propuesta fue rechazada, pero dejó en claro la magnitud del interés de Washington por el control del territorio.
La solución diplomática llegó en 1951, con la firma de un acuerdo entre Estados Unidos y Dinamarca bajo el paraguas de la recién creada Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El convenio reconocía la soberanía danesa sobre la isla, pero otorgaba a Washington amplios derechos para construir, instalar, operar y mantener bases e infraestructura militar, además de estacionar y alojar personal.
El acuerdo no fijó una fecha de vencimiento y nunca fue denunciado por Dinamarca. Incluso incluía facultades poco habituales, como la profundización de puertos y el mantenimiento de instalaciones postales dentro de las denominadas “áreas de defensa”.
Con ese marco legal, Estados Unidos desplegó en Groenlandia una vasta red de instalaciones militares. Se construyeron más de una docena de bases aéreas, estaciones de radar y centros de monitoreo meteorológico a lo largo de la isla.
La base de Thule, en el noroeste, se convirtió en el principal enclave. Con una pista de 3.000 metros, funcionó como punto de lanzamiento para bombarderos estratégicos y aviones espía. En 1959, Washington impulsó además el secreto Proyecto Gusano de Hielo, que preveía un gigantesco complejo subterráneo destinado a albergar misiles nucleares capaces de sobrevivir a un primer ataque soviético. El proyecto fue abandonado años después por inviabilidad técnica.
La infraestructura militar no estuvo exenta de fallas. En octubre de 1960, un sistema de radar estadounidense interpretó erróneamente la salida de la luna sobre Noruega como un ataque masivo soviético. Ocho años después, en enero de 1968, un bombardero B-52 que transportaba cuatro bombas de hidrógeno se estrelló al intentar un aterrizaje de emergencia en Thule, dejando contaminación radiactiva y provocando tensiones políticas con Dinamarca.
En el apogeo de la Guerra Fría, alrededor de 10.000 militares estadounidenses estuvieron desplegados en Groenlandia. Sin embargo, tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, el costo de mantener una presencia masiva en una isla ártica dejó de tener sentido estratégico.
Durante la década siguiente, la mayoría de las instalaciones estadounidenses fueron cerradas y la actividad se concentró en Thule, cuyo nombre fue cambiado en 2023 a Pituffik, en reconocimiento a un antiguo asentamiento inuit. Actualmente, la base alberga a unos 150 efectivos de la Fuerza Espacial de Estados Unidos, dedicados a la operación de radares de alerta temprana y sistemas de comunicación satelital.
En el siglo XXI, Groenlandia volvió a ocupar un lugar central en la agenda estratégica estadounidense. El deshielo del Ártico abrió nuevas rutas marítimas y reavivó la competencia con Rusia y China por recursos naturales y posiciones de influencia en la región.
Donald Trump llevó ese interés a un plano inédito al plantear públicamente la posibilidad de que Estados Unidos adquiriera la isla. También vinculó a Groenlandia con su ambicioso proyecto de defensa antimisiles, la denominada “Cúpula Dorada”.
Especialistas en seguridad nacional coinciden en que Groenlandia es nuevamente un punto clave para Estados Unidos, pero cuestionan la necesidad de un control soberano directo. Para analistas como Heather Conley, del American Enterprise Institute, una mayor presencia militar estadounidense bajo el marco de la OTAN sería suficiente para garantizar los intereses estratégicos en la región.
Ocho décadas después de la captura de los últimos nazis en la isla, Groenlandia sigue siendo el mismo territorio inhóspito y remoto, pero continúa ocupando un lugar central en las disputas globales de poder que unen a nazis, soviéticos y, ahora, al expresidente estadounidense.
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