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Durante años, el territorio quedó relegado de la escena regional, pero la llegada de familias y nuevos proyectos ilusiona a muchos
Desde su origen, ligado a la apertura del canal de acceso al Puerto, la isla sólo es accesible por vía fluvial.
Entre los canales y arroyos que conforman el delta del Río Santiago, la Isla Paulino late con un pulso propio. Allí, donde el agua marca los tiempos y el monte define el paisaje, conviven historias de arraigo profundo con nuevas búsquedas de vida: llegan familias, afloran proyectos productivos y turísticos, y quienes nunca se fueron sostienen, con tesón y amor por el terruño, una forma de vida única condicionada por desafíos también singulares.
Con una extensión de aproximadamente 2.500 hectáreas, el paisaje fluvial define la historia y la geografía, la exuberante flora y la fauna del lugar. Sus orígenes y su nombre -Paulino Pagani fue un emprendedor italiano que creó un recreo turístico en 1887- están profundamente ligados a la historia productiva de nuestra región y a las corrientes inmigratorias que dieron identidad a Berisso: a fines del siglo XIX y comienzos del XX, “tanos”, “gallegos” y europeos del Este se asentaron y desarrollaron quintas y viñedos cuyos rastros aún perduran.
“Desde chico tuve una relación muy cercana con este paisaje”, cuenta Andrés Aguiar, uno de los fundadores de la Cooperativa del Vino de la Costa y hoy referente de la quinta La Isabella. “Para mí era natural caminar hasta la playa, meterme en el monte y pasar horas afuera. Con el tiempo entendí que no era solo un lugar lindo, sino un territorio con historia, con producción y con identidad”. Esa conexión temprana fue la que lo llevó, ya de adulto, a instalarse definitivamente en la isla en 2014, cuando la propiedad que hoy habita era apenas una casa deteriorada. “Yo ya veía ahí una posibilidad concreta de hogar”, dice. Dos años después, con la llegada de sus tres hijos a través de un proceso de adopción, este proyecto tomó forma familiar: “La isla dejó de ser sólo una idea personal y pasó a ser el lugar donde empezó a construirse nuestra vida”, cuenta el papá de Agustín, Kevin y Axel, hoy jóvenes involucrados en el proyecto familiar.
La adaptación no fue sencilla. A los desafíos propios de la crianza se sumó un entorno atravesado por otros ritmos. “Ellos venían de vivir en espacios reducidos y de pronto se encontraron con el río, la pesca, las caminatas. Pero también con todo lo que implica empezar de nuevo”, explica. La logística escolar -traslados en lancha, combinaciones de transporte, tiempos ajustados- fue otro de los grandes aprendizajes. “No fue simple, pero nos enseñó a vivir de otra manera, más atentos a los tiempos y más conectados entre nosotros”.
En la isla, la vida cotidiana obliga a revisar la idea de comodidad. “Los inviernos cuestan, el frío se siente y la energía depende de paneles solares o generadores. Pero también hay cosas que no dejan de asombrar: las noches sin contaminación lumínica, el hielo en el agua en las mañanas más frías”, describe Aguiar, que es nieto de inmigrantes bielorrusos. Sus días comienzan temprano, organizados en torno a las tareas productivas: poda, cosecha, elaboración de vinos de la costa, producción de cítricos o preparación de alimentos para las actividades de la quinta. “Acá la vida está muy atravesada por el trabajo y por los tiempos que impone la naturaleza”.
Ese entramado productivo es, justamente, una de las claves del presente de la isla. Hace unos años, casi sin buscarlo, Aguiar abrió en su quinta un espacio turístico-gastronómico, en una antigua casa de chapa y madera que hoy funciona como punto de encuentro. “El vino de la costa, los tallarines, la pastelería… todo sintetiza la vida del lugar. Y también genera trabajo para los chicos y para otros isleños”, señala. Para él, ese es uno de los signos más claros del resurgimiento: “Después de la pandemia, lugares como este empezaron a valorarse más. Y eso abre oportunidades, sobre todo de trabajo local”.
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Pero ese crecimiento convive con una realidad compleja. La infraestructura sigue siendo limitada: la energía depende de sistemas autónomos, el agua de lluvia se potabiliza, los residuos se gestionan de manera individual y las sudestadas bravas pueden ser devastadoras . “Todo eso condiciona la vida diaria. Vivir acá implica organización permanente, depender del clima, de los horarios, de lo que pasa con el río”, explica.
En ese mismo territorio, Yanina López construyó su vida desde hace más de dos décadas. Llegó a los 18 años y hoy vive allí con su esposo y su hija, nacida en la isla. “Me encanta la tranquilidad, la paz… yo vivo en el monte, rodeada de árboles, sin vecinos”, dice. Sin embargo, advierte que el crecimiento poblacional empezó a modificar esa calma. Y señala las dificultades cotidianas: “Dependemos de una lancha que pasa cada dos horas. Si se rompe, los chicos no van a la escuela. No hay primaria ni secundaria en la isla, todo es traslado”.
La falta de conectividad impacta también en la salud y el trabajo. “La primera lancha llega tarde, entonces no podés acceder a un turno temprano. Y conseguir trabajo en la ciudad es difícil porque no todos entienden que podés llegar tarde o faltar por el transporte”, explica. A eso se suman los costos de vida y la falta de servicios básicos: “No tenemos agua potable ni luz. Cada familia se arregla con generadores o paneles solares, que son caros. Acá se vive trabajando el día a día”.
Pese a todo, Yanina no duda: “La elegiría mil veces”. Su relato condensa una sensación compartida por muchos isleños: la de un lugar que, aun con dificultades, conserva un valor difícil de encontrar en otros entornos. “La isla tiene mucho potencial, pero hay que cuidarla. Falta mantenimiento, hay lugares sucios, y no todos respetan el ambiente como deberían”, advierte.
“Vine un día a pescar, vi una cabaña en venta, y sentí la paz que estaba buscando”
Otra de las voces es la de Selva Pérez, quien llegó a la isla buscando un cambio de vida. “Vine un día a pescar, vi una cabaña en venta y sentí que era lo que estaba buscando: tranquilidad, paz”, recuerda. Los comienzos no fueron fáciles: sin luz ni infraestructura, se sostuvo durante un tiempo con velas y linternas. “De a poco fui creciendo, adaptándome. Al principio también fue difícil integrarme, porque la comunidad es bastante cerrada con los que venimos de afuera. Pero con el tiempo me fui haciendo un lugar”. Selva hace panificados y tiene gallinas ponedoras; trabaja con la venta de panes y huevos.
Historias distintas, recorridos personales, contenidas en un mismo territorio. En la isla, el presente se escribe en esa tensión entre lo que falta y lo que persiste: las dificultades de acceso, los reclamos por servicios y el valor intangible de una vida ligada a lo esencial.
“Para mí, vivir acá tiene mucho valor porque propone otra relación con el tiempo, con la naturaleza y con lo importante”, resume Aguiar. Y deja una definición que, quizás, sintetiza el desafío de este nuevo tiempo: “La isla tiene que ser una elección, no un confinamiento”.
En ese equilibrio se juega hoy el futuro de la Isla Paulino. Un territorio que vuelve a ser mirado, habitado y proyectado, sin perder de vista aquello que lo hace único.
El acceso a la Paulino combina tierra, hasta el embarcadero de Berisso, y agua, con la lancha colectiva o embarcaciones particulares. El trayecto es corto e impactante; entre las experiencias que se ofrecen, por ejemplo, los viernes de marzo hay salidas desde el Náutico berissense para navegar el río Santiago, recorrer un viñedo, participar de degustaciones con productos artesanales y ver el atardecer junto al muelle.
A esto se suman propuestas que incluyen almuerzos isleños -el próximo será el 11 de abril- con traslado, caminata y charla histórica, e incluso salidas en velero para ver las estrellas en noches de luna nueva.
Desde su origen, ligado a la apertura del canal de acceso al Puerto, la isla sólo es accesible por vía fluvial.
yanina lópez, eluney y juan romero
andrés aguiar y su hijo agustín
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