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Amar sin asfixiar: cuando cuidar demasiado también puede dañar

La atención excesiva crece como respuesta al miedo y la incertidumbre. Especialistas advierten que limitar la autonomía de los hijos puede afectar su desarrollo emocional, su confianza y su capacidad para enfrentar la vida. La voz de un psicólogo de la Ciudad

Amar sin asfixiar: cuando cuidar demasiado también puede dañar
22 de Marzo de 2026 | 05:47
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La escena es cotidiana: padres atentos, presentes, disponibles para resolver cualquier dificultad. Sin embargo, en ese gesto que parece puro cuidado puede esconderse un exceso que, lejos de proteger, limita.

La sobreprotección en la crianza se ha convertido en uno de los dilemas centrales de las familias actuales, donde el equilibrio entre acompañar y soltar se vuelve cada vez más difícil.

Para el licenciado en psicología de La Plata, Matías Fittipaldi, la clave está en una diferencia que no siempre resulta evidente: no es lo mismo proteger que sobreproteger. “La protección implica acompañar dejando margen para que el hijo se equivoque y encuentre sus propias respuestas. La sobreprotección, en cambio, aparece cuando los padres, para evitar su propia angustia, postergan ese momento de autonomía”, explicó en diálogo con EL DIA.

En otras palabras, el problema no es cuidar, sino no poder tolerar el riesgo que implica crecer.

EL MIEDO COMO MOTOR

La sobreprotección no surge del desinterés, sino exactamente de lo contrario. Es, en la mayoría de los casos, una respuesta amorosa pero desbordada frente al miedo. Miedo a que algo salga mal, a que el hijo sufra, a que fracase o se equivoque.

Según Fittipaldi, la crianza siempre conlleva una cuota inevitable de angustia. Y eso no solo es normal, sino necesario.

“Es preocupante tanto que los padres no se angustien como que esa angustia los paralice”, analizó el profesional.

 

El equilibrio entre acompañar y soltar se vuelve cada vez más difícil en el entorno familiar

 

Ahí aparece el punto crítico: cuando el temor adulto se vuelve más importante que la necesidad del niño, la crianza empieza a girar en torno a evitar el malestar en lugar de preparar para enfrentarlo.

Asimismo, otros especialistas coincidieron en que este tipo de vínculo no responde tanto a las necesidades reales del hijo, sino a las proyecciones de los adultos.

Así, entonces, muchas decisiones se toman no en función de lo que el niño puede hacer, sino de lo que el adulto teme que ocurra.

CUANDO EL EXCESO Y LA FALTA SE PARECEN

Uno de los aspectos más llamativos es que, en sus extremos, la sobreprotección y la desprotección pueden producir efectos similares. En ambos casos, los chicos quedan privados de desarrollar herramientas propias.

“Cuando hay exceso o falta de acompañamiento, los niños y adolescentes no logran diferenciar entre el riesgo necesario y la exposición innecesaria”, señaló Fittipaldi.

Es decir, tanto el control absoluto como la ausencia total de guía generan dificultades para construir criterios propios. La autonomía no aparece ni por imposición ni por abandono: necesita un espacio intermedio, muchas veces incómodo, donde se pueda experimentar, fallar y aprender.

LAS CONSECUENCIAS INVISIBLES

Los efectos de la sobreprotección no siempre son inmediatos, pero suelen manifestarse con el tiempo. Entre los más frecuentes aparecen la inseguridad, la dependencia, la dificultad para tomar decisiones y una baja tolerancia a la frustración.

 

La sobreprotección implica un exceso de tutela que agobia a los hijos y los aleja de los padres. Esta puede generar desde pérdida de confianza hasta pérdida de espontaneidad en los niños, ya que temen la desautorización de sus padres”

Matías Fittipaldi,
Licenciado en Psicología

 

También puede surgir una pérdida de espontaneidad. Cuando los hijos perciben que sus decisiones serán constantemente evaluadas o corregidas, comienzan a inhibirse o, en el extremo opuesto, a rebelarse.

“Se genera un alejamiento y una falta de confianza. Los hijos pueden empezar a tomar decisiones más riesgosas, pero sin ningún tipo de acompañamiento, porque el diálogo con los padres se rompe”, advirtió el psicólogo.

A nivel emocional, distintos estudios señalan que estos niños tienden a percibir el mundo como un lugar peligroso. Al no haber desarrollado recursos propios, cualquier desafío puede vivirse como una amenaza.

UNA ÉPOCA QUE COMPLEJIZA

El fenómeno no puede entenderse sin mirar el contexto actual. Las formas de crianza cambiaron, las estructuras familiares se diversificaron y ya no existe un modelo único al cual aferrarse.

“Hoy hay una pluralidad de formas de ser padres y madres. Eso exige más invención, más creatividad, pero también genera más incertidumbre”, explicó Fittipaldi.

A esto se suma una transformación profunda en la relación entre lo público y lo privado. El espacio público, históricamente asociado al encuentro con otros y a la experiencia de la diferencia, se ha reducido. En su lugar, crece el repliegue hacia lo doméstico, percibido como más seguro.

Las tecnologías también juegan un papel central. Por un lado, ofrecen contención y entretenimiento; por otro, refuerzan el aislamiento. Muchos padres, además, sienten que no comprenden del todo estos nuevos entornos digitales, lo que aumenta la sensación de descontrol.

El resultado es una paradoja: mientras los adultos buscan proteger más, los chicos encuentran menos oportunidades para construir autonomía real.

EL CONSULTORIO COMO ESPEJO

La tensión entre control y libertad aparece con frecuencia en los espacios de consulta. Según Fittipaldi, es uno de los motivos más habituales.

Los padres suelen llegar preocupados por conductas específicas: bajo rendimiento escolar, dificultades sociales, vínculos afectivos conflictivos o exposición a riesgos. Sin embargo, muchas veces esos síntomas funcionan como señales de algo más profundo.

“Esas conductas traen un mensaje: hay algo en la relación que necesita revisarse”, puntualizó. Y agregó que, más allá de la preocupación adulta, es fundamental escuchar al hijo o hija para orientar cualquier intervención.

¿SE PUEDE EVITAR?

No hay recetas universales ni fórmulas exactas. La crianza, coinciden los especialistas, es una construcción en proceso, atravesada por errores, dudas y aprendizajes.

Lo que sí parece claro es que el desarrollo saludable requiere una combinación de cuidado y libertad. Proteger no significa eliminar todos los obstáculos, sino acompañar mientras se los atraviesa.

Entre las recomendaciones más repetidas aparecen: permitir que los hijos enfrenten desafíos acordes a su edad, fomentar la toma de decisiones, no anticiparse constantemente a sus necesidades y valorar el esfuerzo más allá del resultado.

También resulta clave habilitar el error. Equivocarse no es un fracaso, sino una parte central del aprendizaje.

UN EQUILIBRIO SIEMPRE INESTABLE

“Los padres tienen que habilitarse a encontrar su propio estilo”, sentenció Fittipaldi. Esto implica asumir que no existe la crianza perfecta y que, en algún punto, siempre habrá un margen de falla.

Lejos de ser un problema, esa imperfección forma parte del proceso. Criar implica moverse en una zona de incertidumbre permanente, donde cada decisión tiene algo de apuesta.

Quizás el desafío más grande sea aceptar que cuidar no es evitar todo dolor, sino acompañar en el camino de aprender a enfrentarlo. Porque crecer, al fin y al cabo, también implica animarse a perder el control.

SEÑALES DE UNA CRIANZA SOBREPROTECTORA

Resolver problemas que los hijos pueden enfrentar solos

Evitar cualquier tipo de frustración o dificultad

Controlar constantemente actividades y vínculos

Anticiparse a todas sus necesidades

Limitar decisiones propias según la edad

Supervisar en exceso o invadir la privacidad

Transmitir miedo frente al mundo exterior

CLAVES PARA CRIAR SIN SOBREPROTEGER

Permitir que enfrenten desafíos acordes a su edad

Acompañar sin intervenir de inmediato

Fomentar la toma de decisiones propias

Valorar el esfuerzo más que el resultado

No anticiparse a todos los problemas

Habilitar el error como parte del aprendizaje

Escuchar activamente a hijos e hijas

FACTORES ACTUALES QUE POTENCIAN LA SOBREPROTECCIÓN

Cambios en los modelos familiares

Mayor incertidumbre en la crianza

Reducción del espacio público como lugar de aprendizaje

Repliegue hacia lo privado y lo “seguro”

Impacto de las tecnologías y nuevas formas de aislamiento

Falta de tiempo de calidad por sobrecarga laboral

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