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EDITORIAL

Mejorar la educación vial para revertir una dolorosa realidad

El dato conocido en estos días, acerca de que más del 40 por ciento de los automovilistas en nuestro país reconoció que usa el teléfono móvil cuando maneja, sumado a la manifiesta resistencia de muchos conductores a utilizar el cinturón de seguridad –se estima que el 50 por ciento no lo usa, a pesar de que su empleo es obligatorio- son referencias demostrativas de la escasa vigencia efectiva de muchas leyes de tránsito y, al mismo tiempo, de la necesidad de que se amplíen las bases educativas para mejorar la conducta de quienes transitan por la vía pública.

El estudio estadístico sobre el empleo de celulares mientras se maneja un vehículo fue realizado por el Observatorio Vial de Cecaitra (Cámara que nuclea a las empresas fabricantes de radares) en base al análisis de un total de casi 2.000 casos. El 44 por ciento de los consultados respondió que usa el celular mientras maneja y que lo hace para ver algún mensaje o para atender un llamado.

Se concluyó que las respuestas, que reflejaron un alto nivel de uso del celular al manejar, se dieron a pesar de que a ley nacional de tránsito lo prohíbe, estableciéndose asimismo que no se puede conducir utilizando auriculares y sistemas de comunicación de operación manual continua.

Las omisiones en el cumplimiento de las leyes de tránsito son diversas. No sólo abarcan el uso ilegal de teléfonos móvil y el no empleo de cinturones de seguridad, sino que comprenden una gran diversidad de infracciones, que van desde los excesos de velocidad y los sobrepasos en lugares prohibidos hasta los estacionamientos en doble fila o frente a las rampas para discapacitados.

Esta realidad negativa se ha visto incrementada en la ciudad a partir del reinicio del ciclo lectivo que se traduce en un ostensible incremento del número de vehículos circulando por las calles. En los horarios centrales la anarquía vial es casi absoluta.

Son los especialistas en la muy compleja materia del tránsito quienes han venido bregando en los últimos años a favor de la necesidad de ensanchar –de una manera muy enérgica y, si se quiere, universal en sus alcances- las bases educativas sobre las cuales se asiente una verdadera seguridad vial. Sin ellas, en cambio, es imposible aguardar mejoras sustanciales.

Temas como los diferentes roles que pueden asumirse en la vía pública –ya sea - como conductores de vehículos o de peatones- el uso obligatorio del cinturón de seguridad, el respeto a las señales de tránsito y a las sendas peatonales, la prohibición del uso de celulares al volante son, entre otros, las materias que deben tratarse y los principios que deben inculcarse en la población, para evitar que las calles sigan siendo escenarios peligrosos y trágicos.

En numerosas ocasiones se ha puesto de relieve en esta columna que la vida de los ciudadanos transcurre, en gran medida, en la vía pública. Sin embargo, en los muchos años de asistencia a los diferentes ciclos escolares es poco –por no decir absolutamente nada- lo que se enseña a los futuros ciudadanos. El resultado está a la vista: desaprensión para el cuidado de bienes que son comunes, desprecio por la seguridad y la vida.

Es mucho lo que las autoridades pueden hacer, asistidas también por las entidades sociales. Las estadísticas de inseguridad vial son elocuentes y trágicas, como para que no se reaccione con políticas educativas que sienten las bases para una indispensable y pronta mejoría en esta materia.

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