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EDITORIAL

Al drama de estacionar se le sumó el retorno de los trapitos

El nuevo contexto que acompaña al estacionamiento medido en nuestra ciudad a partir del último aumento de tarifas dispuesto por la Municipalidad, en una situación que ha variado la demanda de espacios y alterado el ritmo de las calles alcanzadas por ese sistema, ha hecho que en estos días recrudezca el fenómeno de la proliferación de trapitos y limpiavidrios, recreándose así un manifiesto descontrol en el uso de la vía pública, desbordándose además los lugares de estacionamiento gratuito en zonas aledañas al centro.

Tal como se expresó en la nota publicada en este diario, esas modalidades para ganarse la vida en la vía pública, resultan ser ilegales. Asimismo, muchas veces se prestan a la aparición de situaciones tensas, cuando no violentas, al sentirse obligados los automovilistas a entregar una propina al trapito de la cuadra a cambio de que el hombre le cuide el vehículo. Es más, muchos lo consideran una conducta extorsiva”.

Ahora, con el cuadro caótico que desató del aumento en el costo de la hora del sistema medido, ha crecido en forma ostensible la cantidad de automovilistas que buscan estacionar fuera de las zonas en las que rige el estacionamiento medido. De inmediato, como señalaron diversas fuentes, se advirtió un crecimiento notorio no sólo de los trapitos o cuidacoches, que se ofrecen para “vigilar” a los autos estacionados, sino también de los limpiavidrios en las esquinas.

Tal como se señaló, en la materia rige una ordenanza que prohibe la actividad de los cuidacoches y limpiavidrios en el partido de La Plata. La normativa incluye la exigencia al Ejecutivo comunal para que se envíe en forma bimestral al Concejo Deliberante copias de las infracciones realizadas a quienes infrinjan la norma.

A grandes rasgos debe decirse que –al margen de que no pocas personas acuden a estas tareas informales por no contar con un trabajo fijo, como una manera de obtener ingresos y superar así sus penurias económicas- no existe justificación alguna para que algunos limpiavidrios o trapitos apelen a comportamientos violentos y extorsivos.

Tampoco debiera dejar de sopesarse que existen verdaderas organizaciones mafiosas -como ocurre con las que actúan en torno a algunos estadios, en donde los barrabravas “administran” los espacios de estacionamiento- ocupadas de ejercer en forma sistemática este tipo de presiones para así aumentar sus ganancias

El problema, que es complejo, se nutre de la angustiante situación socio-económica en la que se encuentran muchas personas, pero eso merece otras respuestas por parte del Estado. Las autoridades no pueden permitir la consolidación de actitudes intimidatorias, claramente delictivas en algunos casos, que degradan la calidad de vida de todos.

En la Ciudad esta cuestión, con todas sus complejidades, debe ser abordada con decisión y voluntad firme. Pero, además, con urgencia. Porque se trata de un fenómeno que crece en forma alarmante y cada vez se tornará más difícil erradicarlo si no se cambia la actitud de indiferencia que ha imperado hasta ahora. Cabe esperar que, alguna vez, el reclamo aquí planteado tenga una respuesta distinta a la indiferencia.

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