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Última Chance para ver | “Isla de perros”

Los exiliados románticos: perros, Japón y stop motion en una fábula política de Wes Anderson

El virtuoso cineasta utiliza la forma animada para dar vida a su película más comprometida, que deja las salas mañana

Los exiliados románticos: perros, Japón y stop motion en una fábula política de Wes Anderson

La manada de perros, animada a través de la magia del stop motion / Outnow

Cuando mañana deje las salas locales, poquísima gente habrá visto “Isla de Perros”, último trabajo de Wes Anderson, en pantalla grande, como Dios manda.

La tendencia en los últimos tiempos es que solo el cine de acción y aventuras, particularmente el de superhéroes, vale el costo de una entrada de cine; el resto puede ser relegado a las pantallas hogareñas, cada vez más grandes, sin mayores problemas. Ese pensamiento ha alimentado la creciente concentración del público hacia un tipo de cine en detrimento de otras películas como esta de Anderson que ruegan ser vistas en las salas, por su nivel de detalle, la inmersión sonora y temporal que propone, una propuesta estética que se vuelve ideológica cuando Anderson plantea un regreso a un tiempo pasado (mítico, utópico) donde la armonía reinaba. Todo, en una película animada a través de stop motion (su segunda en la forma) con una manda de perros como protagonistas.

A continuación, analizamos éstas y otras razones para verla hoy, antes de que deje los cines.

LA TRAMA

Un Japón distópico, dentro de 20 años. La saturación canina ha alcanzado proporciones de epidemia en Megasaki. Un brote de gripe canina se propaga, por eso, el Mayor Kabayashi dicta una orden de emergencia decretando la cuarentena. Isla Basura es el lugar donde se evacua a todos los perros.

Allí, un grupo de aterradores perros alfa, encabezados por Chief, han perdido toda esperanza de volver con sus dueños.

Hasta que un día aparece Atari, un niño de 12 años, sobrino del malvado Mayor, que llega hasta la isla pilotando un avión. Su objetivo es buscar a su perro Spots. Esté donde esté, el niño y la manada perruna lo encontrarán.

POR QUÉ VERLA

La aventura de Atari y los perritos propone un viaje clásico y tierno narrado con el habitual ingenio lingüístico y creatividad visual del director tejano: amante de puestas en escena como casas de muñecas, Anderson llega a un nuevo techo de su meticulosidad en “Isla de Perros”, donde tuvo que construir centímetro por centímetro el entorno físico en el cual se mueven sus muñecos, que colmó de homenajes a las artes visuales japonesas, bromas, secretos y belleza.

El cineasta redobla así su habitual apuesta por un cine artesanal en una industria cada vez más digital, menos físico, más virtual, y mientras declara su amor por los perros y Japón pone su artesanato al servicio de su utopía que, cada vez más imposible en la realidad, plasma con más desesperación (desesperación explícitamente política en sus últimas dos películas) en su obra.

Esta utopía artesanal y armoniosa se hermana con la filosofía y el cine japonés, que Anderson se apropia para dotar a su película de otra respiración, una más silenciosa y menos frenética que en su filmografía, y un contraste poderoso con el cine de la música incidental omnipresente y los efectos de sonido Dolby de la industria. Es un contraste ideológico con un mundo cada vez más tecnologizado pero cada vez menos civilizado, parece decir Anderson con su fábula de perritos exiliados a una isla de basura, todo un mensaje en tiempos de migraciones y Trump completado con un trabajo especial sobre el lenguaje donde son los perros (los marginados) los que hablan la lengua (la narrativa) que domina el filme.

QUÉ DIJO LA CRÍTICA

“Anderson vuelve a demostrar que es mucho más que un virtuoso cineasta intelectual con aires afectados, con una obsesión por los planos armónicos y las paletas de colores pastel, creador de artefactos prediseñados, fríos. No son pocos los que esperan personajes afectados y un culebrón “emo” que añora tiempos aristocráticos, y colisionan con un cine exquisitamente artesanal, rico en matices, personajes de dolorosa autoconciencia y una nostalgia que lejos de la pose chic es por momentos el anhelo descorazonante por una armonía, una belleza, perdida en el mundo híper moderno. Una sensación que creció particularmente con “El Gran Hotel Budapest”, que volvió sus preocupaciones particularmente políticas, ampliando su cine desde conflictos aparentemente interiores a problemáticas globales: esta tendencia se profundiza en “Isla de Perros”, un alegato por la inclusión que es también, en días de avasallante hipermodernidad, una oda a tiempos artesanales (los del mítico Japón, los de la animación que podías tocar). Tiempos donde la basura no formaba islas. Tiempos probablemente míticos. Pero, además y sobre todo, “Isla de Perros” es una aventura clásica, preciosa (nunca preciosista), melancólica y burbujeante”, escribió Pedro Garay en la edición de EL DÍA del 28 de mayo, en ocasión del estreno del filme.

 

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