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PARTE 1

Las joyas reales

Todo lo que reluce es oro… Y platino, rubíes, esmeraldas, diamantes…

Retrato oficial de la reina Máxima luciendo la parure de zafiros de la reina Emma

Las cuatro hijas del zar de Rusia, asesinadas en Ekatiremburgo en 1818

La princesa Margarita fotografiada por su esposo, Lord Snowdon. Luce la tiara Poltimore

Por VIRGINIA BLONDEAU

vivirbien@eldia.com

Porque de las piedras preciosas más puras y de los materiales más nobles están hechas las joyas que lucen las reinas y princesas. Brillan y hacen brillar a quienes las llevan. Algunas, incluso, enceguecen a tal punto de provocar guerras y disputas políticas internacionales como, por ejemplo, el diamante Koh-i-Noor, una de las piedras más valiosas del mundo.

Su nombre significa, en nuestro idioma, Montaña de Luz y su descripción más poética y certera la realizó una princesa asiática en el siglo XVIII:

Si un hombre fuerte lanzara cinco piedras,

y lanzara una al norte, una al sur, una al este, y una al oeste,

y la última directo hacia arriba al aire,

y el espacio que quedara entre ellas se llenara de oro y gemas,

equivaldría al valor del Koh-i-Noor

La historia cuenta que fue extraído de una mina diamantífera de la India allá por el siglo XIV. Perteneció a diferentes dinastías hindúes que se lo robaron unas a otras y sirvió también como botín de guerra en las sucesivas guerras asiáticas. Así fue como a través de los siglos viajó por Mongolia, Persia (hoy Irán) y Afganistán hasta que, en 1850, cuando la India se convierte en colonia británica, el diamante es obsequiado a la reina Victoria de Inglaterra, convertida en Emperatriz de la India. Un obsequio forzado, justo es decirlo, ya que los hindúes no tenían ningún interés en ceder el tesoro que tanto les había costado recuperar.

Los conflictos diplomáticos, incluso, han llegado hasta el siglo XXI en que organizaciones sociales y políticas, tanto de la India como de Pakistán, desde donde salió el diamante con destino a Inglaterra, reclaman su devolución. Pero ya en 2010 el ministro inglés David Cameron aseguró que de ninguna manera el Koh-i-Noor saldría de la Torre de Londres, donde está expuesto. Y agregó, sin dudar ni avergonzarse, que si cada país del mundo reclamara piezas usurpadas por las expediciones de los siglos XIX y XX el Museo Británico quedaría vacío.

Una vez en manos de la corona inglesa, el diamante fue lucido por las reinas Alejandra y Mary, consortes del hijo y nieto de Victoria, respectivamente. Hasta que en 1937 se engarzó en la corona de la reina Isabel (también conocida como la corona de las reinas consortes) quien la lució en la coronación de su esposo, el rey Jorge VI, padre de la actual reina. ¿Lo volveremos a ver en la cabeza de Camila cuando Carlos sea coronado? ¿O será Kate, la esposa de Guillermo, la próxima en lucirlo? El tiempo lo dirá… De lo que podemos estar seguros es que es absolutamente falso el maleficio de que toda mujer que lo use tendrá una muerte temprana y trágica: la reina Isabel, madre de Isabel II, tuvo una vida plena y feliz hasta los 101 años.

Pero no todas las joyas cuentan historias de guerra. Algunas buscan reflejar el poder… Los zares y grandes duques rusos eran famosos por los fabulosos regalos que ofrecían a sus esposas, muchos por amor genuino pero la mayoría como signo de fuerza y opulencia. En cantidad, calidad y tamaño, la colección de joyas que se veía en los imponentes palacios de la Rusia imperial en los siglos pasados, superaba ampliamente a la de otras casas reales. Esta generosidad bien les vino a sus descendientes quienes, luego de la revolución, pudieron sobrevivir en el exilio con la venta de estas piezas. También es cierto que muchas de ellas están conservadas y expuestas en el Museo del Kremlin para admiración de sus visitantes.

Y hubo joyas que se tiñeron de sangre… Cuando la noche del 17 de julio de 1918 el zar Nicolas II, su familia y algunos de sus servidores fueron asesinados por soldados bolcheviques en un sótano de una casa en Ekatiremburgo, los diamantes fueron sus enemigos.

Las grandes duquesas Olga, María, Tatiana y Anastasia, las hijas del zar, al saber que debían abandonar el palacio hacia un destino incierto, habían cosido en sus enaguas cientos de piedras preciosas para conservarlas sin despertar sospechas. En el pelotón de fusilamiento las gemas oficiaron de escudo. Los estupefactos verdugos no comprendían porque las balas rebotaban y, aunque heridas, las jóvenes permanecían vivas. Claro que, lejos de salvarlas, las piedras solo sirvieron para prolongar la agonía.

De todas las joyas reales, las más impresionantes son, sin duda, las tiaras. Su uso no es exclusivo de reinas y princesas pero son quienes más oportunidades tienen de lucirlas. Aunque sea famosa la foto en que la princesa Margarita de Inglaterra está sumergida en la bañera, desnuda y con la diadema Poltimore en la cabeza, lo cierto es que este tipo de tesoros no son de uso cotidiano. Quedan relegadas a casamientos, coronaciones, apertura del parlamento, visitas de estado y no mucho más…

La mayoría de estas tiaras llevan varias generaciones en la familia y forman parte de una parure, vocablo francés con el que se define a un conjunto de piezas de joyería que hacen juego.

El ejemplo más cercano lo tenemos en la tiara de zafiros que la reina Máxima eligió el día en que Guillermo Alejandro fue coronado rey de los Países Bajos; una pieza que forma parte de la parure de la reina Emma. El conjunto se completa con aros, brazaletes y un broche. Solo la reina Emma y su nieta Juliana lo lucieron completo y en todo su esplendor. Beatriz, la anterior reina y suegra de Máxima, llevó la tiara en contadas ocasiones y sí la vimos más veces con los aros y el broche. Hoy es una de las tiaras favoritas de Máxima quien también ha rescatado los brazaletes que hacía años que permanecían guardados en el cofre real.

Una característica que hace más valiosa una joya, además de la calidad de las piedras, es su versatilidad. Es muy común ver pulseras que se convierten en diademas, rubíes que se cambian por perlas, diamantes que fueron centro de tiaras y hoy son broches… Nunca pierden su esencia pero se adaptan a la tipología y gusto de estas nuevas reinas y princesas consortes, ninguna de “sangre azul”, que irrumpieron en los últimos años en la vieja Europa. Saben, de todas formas, que ellas son solo dueñas aparentes. Disponen de las joyas, pero pertenecen a las coronas de sus respectivos países y su valor no radica en lo que cuestan sino en el símbolo que representan.

Tantas y tan variadas historias encierran las joyas reales que este relato no se agota en estas líneas. Los esperamos en quince días para la segunda entrega de este apasionante tema.

 

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