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"Muere monstruo muere" En las montañas de la locura

La fascinante y ambiciosa cinta de terror de Alejandro Fadel, una experiencia para la pantalla grande, aterrizó el jueves en el Select. El domingo, el director brindará una charla

"Muere monstruo muere" En las montañas de la locura
7 de Junio de 2019 | 03:43

Un ovni cinematográfico aterriza en la Ciudad: “Muere monstruo muere”, la celebrada y debatida, potente y desconcertante cinta de Alejandro Fadel que rompe con sus imágenes y sonidos sobrecogedores, con las gramáticas imperantes, limpias, monótonas, del cine y la televisión, aterrizó en el Cine Select, donde se puede ver hasta el miércoles, a las 21.30.

Hecha de retazos de cine de terror, policial, gore y giallo, “Muere monstruo muere” transcurre en una Mendoza rural y gélida, el lado B de la cara amable y turística, donde un oficial, Cruz (el actor mendocino Víctor López), investiga el hallazgo del cuerpo de una mujer decapitada: quien es acusado es David (Esteban Bigliardi), esposo de la amante del oficial, que enviado a un neuropsiquiátrico atribuye las muertes a un inexplicable monstruo.

A partir de esta premisa familiar para cine de género, Fadel y su Cruz exploran una mitología entre la geometría, el psicoanálisis y la filosofía mientras hace descender al espectador en un cine hecho de incertidumbre y locura, intentando retratar con fascinantes y abrumadoras atmósferas “un horror al que el lenguaje no puede acceder”.

“La película intenta proponer un viaje al espectador, que parta de ciertas certezas, pero hacia el centro de la película sucede algo que abre el argumento, la narración, las inquietudes de los personajes, a lugares más inestables, donde uno no se puede sentir ya tan cómodo”: así afirma Fadel en diálogo con EL DIA, y revela que el relato fantástico nació en realidad, como un documental “sobre un regimiento de frontera, un hospital psiquiátrico y un monasterio, los tres en la provincia de Mendoza, en la región donde nací y viví hasta los 18 años”.

De aquellos paisajes emanaron ideas de ficción, que mutaron hacia el cine fantástico “cuando me di cuenta que se trataba de una historia de amor, y de la desaparición de ese amor: esta realización llegó a Fadel gracias a una imagen particular de aquel trunco documental “que me develó un posible orden narrativo, un juego argumental: el volcán Maipo reflejado sobre la Laguna del Diamante, en dos triángulos perfectos. Así se terminó de armar la historia: un triángulo amoroso, la muerte de una mujer y el reflejo invertido de ese triángulo. Ante el vacío de un amor perdido, ante esa falta de sentido, aparecía el misterio, lo inexplicable, el miedo. Apareció el relato fantástico, el Monstruo”.

Fadel, que presentará el filme en la función del domingo y charlará luego con el realizador radicado en la Ciudad Cristian Ponce (que estrenó recientemente “La frecuencia Kirlian” en la pantalla de Netflix), colocó a sus amantes cruzados y su criatura en una Mendoza “sin viñedos”: sus personajes son los marginados del boom de la viticultura, “criaturas frágiles buscando desesperadamente el amor, tan poco aptos para el desarrollo interior, el éxito o la felicidad. Siempre me interesaron aquellas experiencias que ponen al hombre en el límite de su condición social”.

“¿Acaso no han sido los monstruos, a lo largo del tiempo, los más marginales de todos, los expulsados? ¿Acaso no hemos puesto en ellos todos los miedos y ansiedades que no hemos podido domesticar para tranquilizarnos?”, se pregunta el director en el texto que acompaña el comunicado de prensa del filme: el miedo es uno de los temas que trabaja la cinta, y, afirma el cineasta, “cuando la película comenzó a retratar el miedo a lo sobrenatural desde la imagen y el sonido, la película se comenzó a acercar al terror”.

Lo sobrenatural es por definición inaccesible, inasible, imposible de nombrar: Fadel, para quien "el cine de terror es parte de mi formación cinéfila", intenta aproximarse a ese abismo desde la fe en las imágenes, en la línea de un cine de terror en vías de extinción en la era del susto fácil: “Las películas de terror que más me interesan no son aquellas a las que estamos acostumbrados en el terror contemporáneo, que buscan el impacto, a través de la imagen y el sonido o los cortes del montaje, sino aquellas donde toda la narración parece estar impregnada por cierto ánimo de locura o de miedo: la locura parece contaminarlo todo”.

El cineasta mendocino enumera entre sus influencias a Zulawski y su seminal “Posesión”, John Carpenter y David Cronenberg. También, claro, el giallo de Bava, Fulci, Argento: “La paleta cromática de esas películas me sirvió como fuente de inspiración: son elementos que tiene el cine para conmoverte casi inconscientemente”.

Con esas semillas, Fadel entrega algunas de las imágenes y sonidos más indelebles de la temporada cinematográfica a medida que la película deconstruye las certezas de la narración arquetípica y se sumerge en la boca del miedo.

“Desde la marginalidad, el terror siempre es un género dispuesto a renovarse, a explotar: es su obligación encontrar nuevas imágenes y sonidos que sacudan y reflejen su tiempo”: esas imágenes  que emergen de las profundidades de lo no dicho e impactan contra los discursos hegemónicos (construidas en colaboración con los DF Julián Apezteguía y Manuel Rebella) confirman para Fadel que el terror, en particular el cine de sus héroes, de Cronenberg, de Carpenter, “tiene la potencia política de pensar el mundo”.

Y el mundo emerge en esa oscura e hipnótica Mendoza: las criaturas de Fadel están atravesados por monstruosas violencias masculinas y mujeres decapitadas. “La cuestión de la violencia de género”, comenta Fadel, “surgió de forma inevitable, porque cuando escribí el guion veía lo que pasaba en mi provincia, en los diarios nacionales. Pero no quise hacer una película de denuncia, sino una cinta que trabajara ciertas formas de poder históricamente masculinas, ciertas formas verticales de control social sobre el individuo: como varón no me podía poner en otro lugar más que examinar mi propia conducta, mi propia cultura, mi formación”.

Una cultura “de cariz violento y conservador, frente a la que siento tanta incomodidad como inevitable pertenencia”, una cultura que limita, controla “normaliza” y genera “lugares donde estamos siendo observados para coartar cierta libertad de espíritu”: “Muere monstruo muere” es un retrato de locura, pero también del tratamiento opresivo de esa locura, de la imposición de normalidades que generan marginalidades y violencias.

Estamos, está claro a esta altura para quien no haya visto la película, ante un filme ambicioso, un ovni en un panorama local que a menudo acota el alcance de sus producciones a la disponibilidad material (y sus limitaciones, siempre sus limitaciones).

“Creo que lo peor que le puede pasar a una película es meterse en un mecanismo de producción donde todo se meta en un molde y se cumpla a rajatabla”, opina el director, que tras construir una película más urgente y despojada con “Los Salvajes”, se lanzó a las antípodas con “Muere monstruo muere”: le llevó cinco años juntar los fondos necesarios “para filmarla como yo quería, que yo tenía en la cabeza y en el corazón”.

Los desafíos eran múltiples: había que filmar en Mendoza, en invierno, en locaciones inaccesibles en la alta montaña que brindaran “imágenes que no se hubieran filmado nunca”. Y había que rodarlas, lógicamente, de una determinada manera, con ciertas lentes y cámaras: “Era mi lugar, el de mi formación adolescente, cuando por algunos años me dediqué a la vida de montaña”, dice Fadel, que quería “filmar esos lugares conocidos con la misma potencia que se habían instalado en mi historia. Intentar que la lente y los micrófonos los volvieran nuevos, les devolvieran, al menos para mí, esa potencia espiritual”.

Además, claro, estaba la cuestión del monstruo titular: el director quería una criatura de la vieja tradición, “para que tuviera el mismo peso que los personajes y que pudiera estar en el mismo cuadro de los personajes. El digital tiende a volver muy viejos rápidamente los materiales. En lo otro uno ve el artificio, pero está dispuesto a creer en él, esa es la magia de la ficción”. Los costos potenciales se disparaban, por lo que hubo que buscar fondos, además de en instituciones locales (el INCAA, Mecenzago), en Francia, Chile, Holanda, Alemania. “Hubo algo de épico en la gesta”, se ríe Fadel.

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