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El pequeño mundo

Por Luciano Sanguinetti
lpsanguinetti@gmail.com

Aunque muchos de nosotros hayamos descubierto recién hace unos días las predicciones de Bill Gates sobre los peligros de una pandemia, en realidad fue la filosofa Hannah Arendt, en “La condición humana”, una de las primeras en señalar, hace más de 60 años, que el empequeñecimiento del mundo era una de las consecuencias, sino una de las más importantes, de la modernidad. Este proceso, que para esta autora había comenzado en el siglo XV con los viajes de los adelantados al nuevo continente, concluía con la expansión de los sistemas de comunicación.

Seguramente a esta altura casi todos nosotros habremos visto en nuestro celular el video que muestra cómo se replica el mapa de los vuelos comerciales con el de la expansión del virus. Y por supuesto todos ya sabemos que lo que tenemos que hacer hoy en Argentina es probablemente aquello que no hicieron en su debido tiempo otros países.

Estamos aprendiendo online, trágicamente, hay que decirlo. Y el mundo comienza a ser uno. Ayer mismo vimos una teleconferencia simultánea entre varios de los presidentes de la región para evaluar este presente acuciante, como si fuera alguna de las escenas de “Dr. Insólito”, la famosa película de Stanley Kubrick. Y otros seguramente piensen que la catástrofe que hoy vivimos se asemeja bastante a la trama de la película de zombis “Guerra Mundial Z”.

En este mismo momento que escribo estas palabras, mi celular no deja de sonar. Consejos, datos, noticias, circulan con la velocidad con la que se propaga el virus. Y esto me lleva a pensar sino estamos en una suerte de guerra contra el tiempo, en la que la gran paradoja pareciera ser que gana el que se mueve más lento o menos.

¿No es extraño decir esto en un mundo que viene celebrando el vértigo en todas sus prácticas?

El hashtag “#yomequedoencasa” suena extemporáneo en una sociedad sobreexpuesta, esa sociedad que una antropóloga brasilera, Paula Sibilia, describió como la sociedad del espectáculo. Llamó a esa tendencia a romper la pared entre lo público y lo privado extimiedad.

Lo extraño es que en esa manifestación de exposición narcisista, en general, lo que vemos es solipsismo. Una necesidad de aparecer, de mostrar, una vida quizás excesivamente para los otros, de apariencias. Hoy este virus nos pone en la obligación paradójica de cuidarnos sin exponernos. De estar en casa, de recuperar la intimidad.

Cuidarnos con los otros, pareciera ser la clave. Es cierto que cualquiera, yo mismo, podrá observar que pasada esta tormenta todo volverá a ser como antes. Sin embargo, la experiencia de que el mundo se ha vuelto muy pequeño nadie nos la sacará de la cabeza. Tal vez la inauguración de esa conciencia planetaria sea la punto de partida para otros desafíos colectivos.

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