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Onírica y poética, la voz de Severino Di Giovanni se filtra como un jadeo pulsátil e íntimo en esta novela del poeta platense
El poeta Gabriel Rodríguez Molina entró al mundo de severino / EL DÍA
FRANCISCO SOLER
En el epílogo se aclara que el libro está partido en tres. Así como los lugares que eligió Dante para viajar con su Virgilio en la eterna Divina Comedia, Gabriel Rodríguez Molina elige el tríptico para narrar las últimas horas de Severino Di Giovanni, cuestión que explicita una primera relación del texto con el anarquista: sus lecturas.
En “Severino” (editorial de Sudestada), Rodríguez Molina (La Plata, 1995) toma como eje formal esas tres aristas para dividir así la médula del libro y hacer fluir, entre ellas, una voz íntima y poética que en su cauce acumula frases breves e incisivas.
“Coseché maíz y durazno. Críe gallinas. Cultivé flores. Fui poeta y tipógrafo. Construí bombas. En mi piel se condensan esos olores. La tierra no me es ajena, como tampoco la tinta ni el olor de la pólvora”. Así empieza “Severino”. Un ritmo orgánico que apela a la síntesis, a la brevedad. Un ritmo que va al hueso de la voz para llegar así a una fibra que se esconde detrás de la historia narrada en su momento por Roberto Arlt en su crónica “He visto morir” y repasada soberbiamente por Osvaldo Bayer -a la memoria de quién está escrita la novela- en su “Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia”, publicada hace ya 50 años.
Sí, naturalmente hay una historia. Hay una persona que se fundió en un mito, alguien que entregó su vida por una causa, una suerte de héroe, de ícono del ideal, pero más allá del lado histórico del personaje en la novela resalta el pulso poético, la indagación metafísica, la interrogación frente a la muerte, la sensibilidad frente a uno de los instantes más sagrados e intensos de la vida y, a la vez, la teatralidad con la que se llevará a cabo el mismo: la muerte, el fusilamiento.
A Severino Di Giovanni, profesor, poeta, florista, lector, tipógrafo y anarquista, lo fusilarán un primero de febrero de 1931, tras años de persecución, frente a un público excepcional, los poderosos de la época simpatizantes del gobierno de Uriburu, que acudirán, según Arlt, al fusilamiento con zapatos de baile. Una farsa dentro de una farsa. Severino es entonces una voz dentro de una voz, una voz dentro de un mundo de voces que se han ido acumulando a lo largo del tiempo. Una voz que busca, al menos, profundizar. La voz, se podría decir pues, del fusilado, del que antes de su final se ve morir, del que, antes de partir, ve como lo miran morir, como si en esa acción se encontrara una de las oscuridades más profundas del alma: la invasión de la intimidad en el acto más puro del hombre; y a la vez la necesidad de afirmación del poder sobre el cuerpo del otro.
En Severino (cuarto libro del autor platense) el anarquista se ve morir. Rodríguez Molina lo expresa en clave poética a través de símbolos que se van hilvanando: Una herida cicatriza, en vano, en mi pecho. / Sé que soy un hombre muerto. Un hombre literalmente muerto. Un ser muerto en vida. Un cadáver/ Sé que mi voz. La voz que reclamó por Sacco y Vanzetti ya no se perderá en el viento/ Digo mi apellido en voz alta. El mismo que repetirán los periodistas cuando pase la madrugada y llenen las páginas con mi ausencia/ Escribirán los periodistas, al lado de mi apellido que ahora escribo en la tierra, y quizá también, al lado de mi foto, una cosa: Di Giovanni no tembló. Severino Di Giovanni no sentía miedo alguno ante la muerte. Sus ojos eran como los de una paloma. / Y más.
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Al final del libro, en el epílogo titulado “Preguntas sobre la muerte”, el autor va directo al cuestionamiento, fragmentos filosos que funcionan como un apéndice esclarecedor regado de preguntas: ¿Muere realmente alguien si nadie lo ve morir? ¿Muere realmente alguien si nadie se entera que ha muerto?
En “Severino”, Rodríguez Molina registra las últimas horas del anarquista y logra que cada adjetivo, pausa o sentencia cobre un valor dramático pocas veces visto en nuestra literatura contemporánea.
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