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Espectáculos |ESTRENO EN LAS SALAS
“La casa de los conejos”: una infancia rodeada de silencios y una herida todavía abierta

Valeria Selinger adapta la novela de Laura Alcoba que relata, desde la perspectiva de una niña, los años más oscuros de La Plata

“La casa de los conejos”: una infancia rodeada de silencios y una herida todavía abierta

Mora Iramaín García, protagonista de “La casa de los conejos”, estreno del jueves

18 de Octubre de 2021 | 02:05
Edición impresa

En La Plata es una historia conocida, una llaga que todavía sangra en 30 entre 55 y 56, escenario dantesco de paredes muertas por heridas de bala, una historia durante muchos años susurrada por temor: la historia de Diana Teruggi, que vivió y murió en aquella casa de calle 30 junto a Daniel Mariani, asesinado un año después, en 1977. Allí había nacido Clara Anahí Mariani, la hija de ambos, la nieta que Chicha Mariani buscó hasta su muerte. Y allí vivió también Laura Alcoba, testigo silenciosa de una situación abrumadora para cualquier chico de 8 años.

Treinta años más tarde, Alcoba escribió sus días en aquella casa, los nombres falsos que usaba, la necesidad de no contar nada para sobrevivir, los escondites de armas en la casa, los militares siempre al acecho, narrando los años más oscuros de Argentina desde la perspectiva de una niña de la edad que tenía entonces la autora: “La casa de los conejos”, leída en todo el mundo, le llegó a la cineasta Valeria Selinger, un obsequio de su madre que “entendió que era algo que me podía llegar a gustar. Devoré el libro, como le pasa a la mayoría de los lectores”, cuenta, en diálogo con EL DIA. Y entonces comenzó a planificar la adaptación de la novela que llega a los cines este jueves.

Lo que impulsó a Selinger, de carrera en el cine documental, a realizar su primer largometraje de ficción, fueron dos factores: primero, “la historia de Clara Anahí y su búsqueda, y por ende, Chicha Mariani y las Abuelas: yo desde siempre quise trabajar con algo afín a los derechos humanos”; segundo, al leer el libro de Alcoba, “me identifiqué con cosas de mi propia infancia. Y pensé: ‘No tengo que escribir mi propia historia, porque este libro ya está escrito’”.

Es que en tiempos de dictadura, su mamá viajó a Europa por trabajo, pero decidió dejar a los chicos con su padre (que vivió en La Plata, donde Selinger pasó algunos días de su infancia) en París. Comenzó entonces la historia de ese desarraigo “que vivimos los que llevamos más años viviendo en un país extranjero que en el que nacimos”: filmar en Argentina (la adaptación se rodó en la casa de los abuelos de Laura Alcoba, en La Plata, y también en Ensenada, porque la calle 30 es muy distinta hoy a cómo era en 1976) fue “atar los hilos”, dice la cineasta hoy radicada en París, y el rodaje generó en ella “una emoción a flor de piel, por demás, porque hay una especie de congoja permanente de algo que no está, que es ese pasado”.

“En la película tenía que haber silencios, esa era la manera de estar en la mirada de esa niña”

Valeria Selinger,
Directora de “La casa de los conejos”

 

Pero la historia, dice la realizadora de “Foliesophies”, “James à Paris Plage” y “Retournements d’une image figée”, va más allá de lo acontecido en aquellos días trágicos. “Tiene elementos de una gran universalidad, que sobrepasa las generaciones e incluso territorios: ha sido traducido a un montón de idiomas, y me pasó presentando la película en festivales de todo el mundo que espectadores y lectores de todo el mundo se identificaban del mismo modo”, opina. Porque, dice, la historia “toca un punto de todos: la infancia”.

“Es una infancia particular”, concede, de todos modos, Selinger: todos hemos revisitado de adultos situaciones de nuestra infancia en la que lo que ocurría nos sobrepasaba, pero lo que distingue la historia la niña protagonista de “La casa de los conejos” es el silencio feroz que la rodea, el silencio de lo que no se puede decir y de lo no dicho, el silencio del secreto como forma de supervivencia, del miedo. El silencio del que se esconde.

Por eso, dice Selinger, en la película “tenía que haber silencios, me parecía que esa era la manera de estar en la mirada de esa niña: era mucho más rico que no se digan las cosas, y no estar escuchando que cuente lo que no hay que decir, para después decir ‘esto no lo digas’. Lo que hila el relato no son los diálogos sino los silencios”.

En la primera edición del guión, comenta, “había muchos diálogos políticos, radios prendidas dando noticias, pero poco a poco los fui quitando: me parecía que estorbaban, me empecé a quedar más con esa niña, buscando que la parte del relato pasara por lo que le ocurría, como emoción, a ella, y no por lo que ocurría en el país en ese momento. La realidad del país asoma como un contexto, un contexto grave, pero la tela de fondo: no es una película sobre la dictadura, sino sobre una infancia particular que ocurre en el contexto de la dictadura”.

Por eso, como en la novela, Selinger buscó la forma de contar el relato desde la mirada de una niña: la cámara se coloca a menudo a su altura, con los rostros de los adultos, más altos, fuera de plano. “Me hubiera gustado exacerbar todavía más el punto de vista infantil, pero no lo hice porque los personajes son reales: no es solo una novela, es una novela hecha a partir de personas que existieron, y eso me generaba un respeto. Había que darles el lugar que merecían tener: ya que en la vida no pudieron vivir, que estén en la pantalla”, cuenta la cineasta.

La película se apoya entonces en la joven Mora Iramaín García, la actriz que encarna a la protagonista y que debía ser capaz de llevar adelante el relato donde los niños “no están atados a la inocencia tradicional a la cual se ata a los niños en los relatos: esta chica tiene una especie de adultez, de saber incluso más que los adultos”.

Mora apareció en un casting realizado en La Plata, donde llevó un texto propio para la audición en el que contaba que ella era nieta de desaparecidos y, entonces, conocía muy bien cómo fueron los militares. Selinger quedó cautivada, y cuenta que Mora “parecía más grande”, algo acorde para interpretar a un personaje que tuvo que crecer de golpe, un punto que “a mi me toca de mi propia infancia: yo siento como la protagonista del libro que a cierta edad yo sabía lo que no había que saber, lo que no había que decir. Eso te hace crecer dando un salto. Y después, eso te hace tener una primera vida de adulto totalmente aniñado, porque uno tiene que recuperar lo que se saltó”.

La película cuenta también con música de Daniel Teruggi, hermano de Diana, una participación del actor platense Luis Longhi, tío de Laura, que compuso la letra de uno de los temas, y también la colaboración de los Teruggi y los Alcoba. “No sé qué diría Daniel, pero para mi genera un diálogo invisible con su hermana”, dice de la música Selinger, que con su película, en ese mismo sentido, intenta tejer un puente para rescatar el pasado y también proyectar el futuro.

“La película es como una especie de homenaje, es traer a Diana, a Chicha, a la pantalla, gracias a lo que la gente que los quiere pudo recrear desde diferentes lugares. El libro también es un poco eso: se abre y se cierra como una especie de carta para Diana”, dice la cineasta, y cierra: “Había en mí algo, sobre todo cuando estaba todavía Chicha, un deseo de que la película pudiera ayudar a Clara Anahí. Ojalá”.

 

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