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Séptimo Día |PERSPECTIVAS - LOS “NUEVOS SERES HUMANOS” DE BARICCO
Cuando las palabras son incendiarias

La pelea a trompadas entre dos grandes de la literatura latinoamericana. Los duelos y los enfrentamientos con artillería verbal. El papel que jugó en nuestro país la revista Martín Fierro

Cuando las palabras son incendiarias

Nieves Concostrina / web

Por: MARCELO ORTALE
marhila2003@yahoo.com.ar

15 de Agosto de 2021 | 06:26
Edición impresa

No todo es amor, pan y cebolla en la literatura. Hay palabras que incendian, que causan daño, que odian, que buscan destruir. Esas palabras belicosas vienen desde el fondo de los tiempos, se hicieron famosas en siglos anteriores con el nombre de “brulotes” (muy utilizados en la literatura y en el periodismo), declinaron luego y ahora se encuentran en un nuevo apogeo, estimuladas por las redes sociales de internet. Las riñas digitales están de moda, aunque esto merecería otro artículo.

Hay variantes, también. En España está ahora el caso de la periodista Nieves Concostrina (1961), ex Diario 16, que se especializó en la investigación y difusión de las leyendas escritas en las lápidas, en las que encontró batallas y represalias sin retorno. Sus investigaciones se centraron en cementerios de Castilla y en el de Valencia.

Jorge Luis Borges

Es tanto el material que reunió que ya va por una serie de libros, titulados “Polvo eres”. Sus obras se venden en la Península como pan dorado y tibio. Uno de sus libros, como es imaginable, se titula “…Y en polvo te convertirás”.

Pues bien, Concostrina encontró en el cementerio de Valencia un epitafio escrito por una viuda en la lapida de su esposo que, bien leído, exime de comentarios: “Aquí yaces y haces bien: tu descansas, yo también”.

Borges estudió y ejerció el arte de injuriar como pocos. El ataque nunca debe ser expresionista, sino sugerido. La mejor forma de decirle a un poeta que su poesía no es buena se puede conseguir buscándole primero el título profesional que pueda tener: si lo tiene, el ataque será perfecto.

En su artículo titulado justamente “El arte de injuriar” considera que la palabra “Doctor”, agregada al nombre de un poeta, se convierte en denigrativa y aniquila al destinatario: “Mencionar los sonetos cometidos por el Doctor Lugones equivale a medirlos mal para siempre, a refutar cada una de sus metáforas. A la primera aplicación de Doctor muere el semidios y queda un vano caballero argentino…”

Borges cita mucho Paul Groussac, verdadero perito en la demolición verbal de escritores. Pero también rescata un agravio, que considera insuperable. Uno, que pertenece al escritor británico Samuel Johonson: “Su esposa, caballero, con el pretexto de que trabaja en un lupanar, vende géneros de contrabando”.

TRES VÍCTIMAS

Los “brulotes” (de los que luego se dirá su significado etimológico) tuvieron como victimas a intelectuales muy conocidos. Uno de ellos fue Jorge Max Rhode, un respetado escritor y periodista autor de libros bien valorados. Muchos jóvenes, sin embargo, lo tenían en la mira y lograron que se publicara esta copla anónima en la revista “Martin Fierro”.

Decía así: “Yace aquí Jorge Max Rhode/ dejadlo morir en pax/ que de ese modo/ no xode max”.

El bueno de Arturo Capdevila quedó también bajo la mira de anónimos francotiradores. Le escribieron: “Aquí yace bien sepulto,/ Capdevila en este osario./ Fue niño, joven y adulto,/ pero nunca necesario./ Sus restos deben quemarse/ para evitar desaciertos:/murió para presentarse/ en un concurso de muertos./ En esta fosa reposa/ un poeta arrabalero/ No habrán tenido otra cosa/ para tapar el agujero”.

Borges cita mucho a Paul Groussac, un verdadero perito en la demolición verbal de escritores

 

La Revista “Martín Fierro” se caracterizó por publicar –además de escritos de naturaleza académica, ensayos y poesías- epitafios satíricos que muchas veces le apuntaban a sus propios colaboradores o amigos. Quien quiera puede ver todo eso en Internet, bajo el rótulo “Epitafios satíricos en la Martín Fierro” o títulos similares.

Esos eran los típicos brulotes, acaso no insultantes pero intensos y duros. Aquí surge un dato interesante: la palabra castellana brulote viene de la francesa “brulots” y los “brulots” eran barcos viejos, a los que se cargaba de materias inflamables y explosivos, utilizándoselos para incendiar a los grandes barcos de guerra enemigos, a los que se atacaba por sorpresa.

Mario Vargas Llosa / web

La Gran Armada española, gestada por Felipe II en el siglo XVI, mal fondeada en una zona del Canal de la Mancha fue duramente atacada por los brulots que enviaron los británicos. Después, con el paso de los siglos, los brulotes dejaron de ser literalmente explosivos y se hicieron metafóricos.

Se ha dicho también que ha existido a lo largo de los siglos una evidente fusión entre la literatura y el periodismo, por considerárselas como actividades con alguna similitud. Esa fusión fue sin embargo cuestionada, entre otros, por el siempre irritable y divertido George Bernard Shaw, autor de brulotes memorables: “Periodismo: un montón de letras emborronadas por un irresponsable en el reverso de un aviso publicitario”.

TROMPADAS Y DUELOS

Pero no todo se resolvió con palabras. A veces se pasó a las vías del hecho. No se habla de lucha entre vanidades, sino de peleas a puño limpio. Como la que protagonizaron hace unos 40 años Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez. Una primera versión indicaba que se trenzaron por diferir en sus opiniones sobre Fidel Castro. Sin embargo, hubo un virtual testigo, el también escritor Tomás Eloy Martínez, que dio una versión totalmente distinta.

“Creer que las diferencias entre Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez tienen que ver con una posición política sería pensar que se trata de dos personas que no son inteligentes -dijo-. La verdad es que ambos son dos seres libres que, además, admiten el libre disenso y el libre intercambio de ideas.”

Los dos eran muy amigos de siempre, dijo Eloy Martínez, pero…se cruzó una mujer. Uno de los dos “le robó una mujer al otro” –añadió- y “todo desembocó en una pelea bochornosa cuyo momento más difícil ocurrió en un cine”. Eloy Martínez se negó a decir quien había sido el que robó y quien el robado. Pero fue Vargas Llosa el que le aplicó una trompada que envió al suelo a García Márquez.

A veces las cosas no se resolvieron con palabras y se pasó a las peleas a puño limpio

 

Los duelos, citados por Homero en la Iliada, tuvieron a escritores como protagonistas en muchas ocasiones. En la Argentina se recuerda el trágico duelo de Lucio V, Mansilla con el periodista Pantaleón Gómez, porque se había burlado de su estrafalario sombrero.

Corría el año 1880, Gómez dirigía “El Nacional” y recibió allí el reto a duelo del escritor. Discutieron unos días a través de las columnas del diario. Gómez le escribió: “Es usted un desgraciado a quien no queda ni el miserable derecho de insultar a la gente decente. Ni sus iguales lo abonan”. La respuesta de Mansilla fue la siguiente: “Ya verá si hay quien me abone”.

El duelo fue a pistola y a diez pasos de distancia en el bosque de Palermo. Hubo dos intentos de ambos lados y ninguno acertó. De pronto Gómez apuntó al piso, descargó su arma y dijo: “Yo no mato a un hombre de ta…”, sin poder terminar la palabra “talento”, porque Mansilla disparó en ese momento y lo hirió de muerte. Dijeron las crónicas que las lágrimas de Mansilla –que acariciaba a su víctima- fue lo último que vio el periodista.

Gabriel García Marquez / web

Hubo escritores que se enfrentaron a espada, como Miguel de Cervantes que en 1559 alcanzó a herir a su oponente y ello lo obligó a huir de la justicia. En 1821 Víctor Hugo se trenzó con un oficial del gobierno porque le había quitado de malos modos un documento de sus manos. Lo retó a espada y salió herido de un brazo. Otro escritor francés, Saint Beuve -que era amante de la mujer de Victor Hugo- salió bien parado de un duelo a pistola con un periodista. En ese día llovía y Saint Beuve pidió librar el duelo sosteniendo un paraguas con el otro brazo, para no mojarse.

A Marcel Proust se lo hace siempre encerrado en sus habitaciones, casi imposibilitado de respirar el aire de afuera, alérgico a las flores y a otros vegetales. Sin embargo, en 1897 se enfrentó en el bosque de Paris a duelo de pistola, a 25 pasos, con un periodista, Jean Lorrain, porque no había estado de acuerdo con la crítica que había hecho de una obra suya. Pero además porque se había burlado de la homosexualidad de Proust. Lorrrain había coronado un retrato de Proust con una peineta y dijo en su artículo que “mantiene una relación con Lucien, el hijo del escritor Alphonse Daudet”. Ambos dispararon, ambos erraron y el odio entre ellos nunca terminó.

En 1821, Víctor Hugo se trenzó con un oficial que le quitó un documento

 

Quedaría ahora empezar a hablar de lo que ocurre con las redes sociales, con las palabras en internet. Se habla de alternativas tan libres y a la vez tan descontroladas. Pero lo que viene del futuro técnico hacia nosotros nunca podría ser malo. El escritor italiano Antonio Baricco dijo hace poco: “somos seres humanos de una civilización nueva. Se está cerrando el arco de una civilización iniciada con Descartes en el XVII y que acabó con el nacimiento del Mac de Apple en 1983 y la caída del Muro en 1989. Somos los primeros de una nueva historia, que durará 200 años al menos. Ser los primeros es lo que provoca estas reacciones de incertidumbre, aprensión y miedo”.

 

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