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La Ciudad |Historias que resisten al paso del tiempo

De generación en generación: los comercios que pueden convertirse en patrimonio vivo de la Ciudad

Impulsada por comerciantes locales, la Red de Comercios Familiares Históricos no deja de crecer. A los negocios mencionados por EL DIA en su etapa inicial se suman nuevos espacios con tradición, vínculos y memoria, que forman parte de la identidad platense

De generación en generación: los comercios que pueden convertirse en patrimonio vivo de la Ciudad

La Normal en el año 1903. Se trata de la foto más antigua que se tiene de la librería fundada en 1892 por Martín García

25 de Marzo de 2026 | 02:52
Edición impresa

La Red de Comercios Familiares Históricos nuclea a algunos de los negocios más distintivos de la Ciudad, varios de ellos centenarios, que nacieron y crecieron a la par de La Plata. Detrás de mostradores que atravesaron décadas y generaciones, hoy no solo buscan sostenerse, sino también ganar visibilidad como parte de la identidad local.

Como contó EL DIA días atrás, la iniciativa fue impulsada por Alberto Peroni, de Uniformes Peroni, un comercio con 75 años de historia, con el objetivo de reconocer y fortalecer este “patrimonio vivo”. La red ya fue presentada ante autoridades municipales con la expectativa de obtener respaldo institucional.

En una segunda etapa, el proyecto apunta a generar alianzas y nodos barriales que potencien cada zona a través de sus comercios. Muchas de estas historias, que acompañaron la vida cotidiana de generaciones de platenses, siguen siendo poco conocidas. De allí surge la intención de recuperarlas y poner en valor esas trayectorias que, contra viento y marea, aún siguen vigentes.

La Normal

La librería La Normal acompaña a la Ciudad casi desde su fundación. Abierta por el inmigrante español Martín García en 1892, hoy 134 años después es dirigida por su bisnieto Jorge. “Soy el único librero cuarta generación de Argentina”, exhibió con orgullo su marca y reveló: “Mi papá tiene otro récord, nació en la librería cuando atrás estaba la casa de familia. El es el librero más antiguo de la Argentina, toda su vida dedicada a los libros. En julio cumple los 90 y sigue yendo al local”.

Su padre no fue el único que se crió entre los libros, todos los García lo hicieron. “De chico en la puerta de mi casa con mis primos a los 7 años, salíamos del Normal 3 y con una mesita nos poníamos a vender libros viejos que encontrábamos en el fondo de mi casa”, recordó. Y al igual que el comercio, fiel testigo de todos los vaivenes del país bromeó: “Me agarró la hiper inflación y con lo que habíamos vendido en una semana no nos alcanzó ni para caramelos. Pero seguimos adelante”.

En un primer momento la librería se ubicó en 8 entre 57 y 58, cerca de la Escuela Normal Popular, institución que inspiró su nombre. Luego funcionó un tiempo en la esquina de 7 y 55 para finalmente terminar en el local que tienen hoy en 7 entre 55 y 56. Hoy ya es mucho más que una simple librería. Es referencia cultural ineludible de la Ciudad en la que se organizan presentaciones de libros, talles, clubes de lectura y más.

Casa Cuenca Calzados

En 60 entre 21 y 22, Casa Cuenca es mucho más que un local de calzados: es una historia familiar que atraviesa generaciones. Fue fundada en 1950 por Joaquín Vicente García junto a su padre y su hermana, en un contexto muy distinto al actual. “Arrancaron en un local de madera vendiendo medias; en ese momento se usaban mucho más los zapatos que las zapatillas”, recuerda Daniela, hija de Joaquín, hoy al frente del comercio.

Con el tiempo, Joaquín y su esposa, María Adela Gallego, tomaron las riendas del negocio, compraron el fondo de comercio y comenzaron a hacerlo propio. Con el correr de los años, la pareja no solo hizo crecer el negocio, sino también su vida alrededor de él. Con el nacimiento de su primera hija ampliaron el espacio alquilando la habitación contigua y con esfuerzo, lograron comprar el terreno en cuotas.

“Por acá pasaron generaciones enteras. Siguen viniendo los hijos y nietos de los primeros clientes, pero también se suma gente joven que busca lo vintage”, contó Daniela.

Más que un comercio, Casa Cuenca se convirtió en un espacio de encuentro. “Nos dedicamos a atender, no solo a vender. La gente viene y comparte su vida: nos abrazamos, reímos y lloramos juntos”, aseguró.

El negocio atravesó crisis de todo tipo, pero uno de los golpes más duros fue la inundación de 2013. El agua llegó a un metro y medio dentro del local, destruyó el sótano y gran parte de la mercadería. Sin subsidios, Daniela reconstruyó el espacio como pudo, incluso armando estanterías con maderas recogidas de la calle. “Elegí reconstruir el local antes que mi casa porque para mi la zapatería es mi hogar”, sintetizó aún conmovida.

El vínculo con los clientes queda reflejado en una anécdota que aún la emociona: “Un día, un hombre entró al local con una actitud extraña se sentó en un banco y cuando lo quisimos atender nos dijo que necesitaba unos minutos. Finalmente nos contó que de chico venía con su madre, que había fallecido diez años atrás, y que nunca más se había animado a volver al barrio. Pasó y al ver el local abierto, decidió entrar. Terminamos todos llorando y abrazados”, recordó Daniela. Historias como esa explican por qué, para ella, Casa Cuenca es su hogar.

L.P. Hombres

En la esquina de 13 y 35, L.P. Hombres es otro de los comercios que forman parte del paisaje cotidiano de la Ciudad desde hace décadas. Fundado en 1951 como un emprendimiento familiar de venta de ropa, el local consolidó una trayectoria que ya abarca tres generaciones.

Con el paso del tiempo, el negocio fue especializándose en indumentaria masculina y desarrolló su propia marca, Newbery, como síntesis de ese recorrido. La evolución fue constante, pero siempre sostenida sobre una base familiar y un trato cercano con los clientes.

Para quienes lo llevan adelante, el comercio trasciende lo meramente profesional. “Hoy el valor sentimental va más allá de lo laboral, nos centramos en la parte social y en la amistad que forjamos con los clientes a través de los años”, señalaron desde el comercio por el que pasaron generaciones de platenses.

A casi 75 años de su fundación, y tras atravesar distintos contextos económicos y sociales, L.P. Hombres mantiene una convicción: apostar al trato personal. En tiempos de cambios en las formas de consumo, sostienen el vínculo cercano como marca distintiva de una manera de trabajar que se adapta sin perder su esencia.

La Central

La historia de La Central se remonta a 1930, cuando Israel Schapiro, un inmigrante europeo que llegó al país “con lo puesto”, fundó el comercio como una mueblería familiar. Con raíces en la ebanistería, comenzó vendiendo artículos fabricados por su propia familia y desde el inicio imprimió una marca que se mantendría con el tiempo: la atención personalizada y el trato cercano. “Al día de hoy, nos visita gente que nos cuenta que sus padres se pudieron casar gracias a que Israel Schapiro les había dado los muebles aun sin tener dinero para pagar la primera cuota”, relató Guillermo Schapiro, actual responsable del local.

Esa forma de vincularse con los clientes permitió consolidar una clientela fiel que se sostuvo incluso tras el paso a la segunda generación, su hijo Quique Schapiro. Con una mirada más actualizada, el negocio fue adaptándose a los cambios de época: sumó artículos para el hogar, luego productos de refrigeración y más adelante incorporó la disquería. Con el correr de los años, los instrumentos musicales fueron ganando protagonismo hasta convertirse, desde la década del ’80, en el eje central del comercio.

Desde 2004, La Central está en manos de la tercera generación, que continúa con el desafío de sostener el negocio en un contexto cambiante. “Hubo que atravesar muchas crisis, hacer sacrificios y ser creativos para seguir adelante”, señaló Guillermo. Los cambios de rubro, lejos de ser una debilidad, fueron parte de esa capacidad de adaptación que les permitió mantenerse vigentes.

Pero si algo define al comercio es el vínculo con sus clientes. “Tenemos chicos que vienen a comprar cuerdas y nos cuentan que la guitarra fue comprada por sus abuelos acá. Ya es la tercera generación”, relató Guillermo. Para la familia, La Central es mucho más que un negocio: es parte de su historia de vida. Entre recuerdos de infancia en el local y anécdotas con clientes, el comercio sigue siendo, casi un siglo después, un espacio donde conviven trabajo, memoria y pertenencia.

“Nos dedicamos a atender, no solo a vender. La gente comparte su vida, nos abrazamos, reímos y lloramos juntos”

Daniela, Casa Cuenca calzados

 

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