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Gimnasia optó por sostener el cero en su arco como prioridad y no se vino con las manos vacías
Por WALTER EPISCOPO
ANALISIS
La sumatoria de un punto fue uno de los pocos aspectos positivos que dejó para Gimnasia la excursión a Avellaneda. Alfaro apostó por defender muy cerca de su arco, con el afán de priorizar el cero en su portería y logró su cometido: no perder. Ahora bien, la gestación de juego brilló por su ausencia y el Lobo nunca estuvo en partido, se dedicó a contener y observó, con impotencia, cómo su rival le movía la pelota sin para por todos los sectores del terreno.
Independiente lo peloteó de principio a fin, el Lobo se sintió asfixiado y dio una muestra de lo difícil que es sostener un trámite sin tener casi nunca el balón. Sólo el altruismo de Chirola Romero, que buscó dar dos pases seguidos y casi nada más. Eso fue Gimnasia.
Desde la primera pelota de la tarde en el Libertadores de América se observó que la idea albiazul pasaría por presionar en la zona media e intentar salir rápido de contragolpe, aprovechando los espacios que otorga el diseño táctico del Rojo con tres hombres en la última línea.
Independiente se adueñó de la iniciativa, del balón y de los espacios. Un dato paradigmático fue lo que indicó la medición de la posesión de la pelota al término de los primeros 45 minutos: el local tuvo el esférico en el 70 por ciento del tiempo de juego y el Lobo sólo en el 30 por ciento restante. El Diablo se hizo de la zona medular, porque los de Alfaro plantaron su línea de volantes más cerca de la media luna propia que del círculo central.
Esta distribución táctica le dio muchas ventajas al Rojo, que no solo hizo daño cuando impuso el “dos contra uno” por las bandas con las subidas de sus laterales volantes (en más de una ocasión Oreja y Licht sufrieron esa supremacía numérica rival), también ganó muchas veces las segundas pelotas (rebotes y despejes cortos del atareado fondo tripero) porque los volantes de Gimnasia estuvieron todo el primer capítulo casi pegados a los zagueros centrales.
Con tres hombres en la zona media, donde Romero fue interior por la derecha, Imperiales hizo lo propio en la banda opuesta y Perdomo fue el clásico volante tapón, más Carrera abierto en banda izquierda y Niell en la derecha, Gimnasia tenía como idea primigenia hacer daño a la contra. Sin embargo, fue víctima de cierta desconexión futbolística y los contraataques fueron más una ilusión que una realidad. Ibáñez quedó descolgado, luchando en soledad contra todo el fondo de Independiente y el “Enano” Niell procuró hacer la heroica en medio de muchas piernas locales.
Hubo mucho trabajo desde el vamos para los centrales y para Martín Arias. El arquero fue exigido con las pelotas cruzadas y los zagueros fueron auxilio permanente de los desbordados laterales.
En el complemento Gimnasia se dedicó a aguantar el partido. Con los medios metidos cerca de su propia zaga y la fatiga lógica producto de que la posesión del balón fue casi exclusiva de su oponente, el punto que se trajo el elenco tripero del Libertadores de América fue un premio exagerado.
Tan solo algunos arrestos individuales de Faravelli le dieron algo de aire a un Chirola Romero que no tuvo nunca nadie con quien conversar. Los volantes del Lobo la vieron pasar toda la noche sin poder agarrar casi nunca la redonda.
En el final, Gimnasia tuvo astucia para jugar con el nerviosismo y la ansiedad de los locales. Pero nada más. El Lobo redondeó un partido donde le sobró actitud para defender y le faltó de todo para atacar. Fue un punto. Nada más.
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