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El tropiezo de Donald Trump en Alabama

15 de Diciembre de 2017 | 02:25
Edición impresa

Por JORGE ELÍAS
@JorgeEliasInter

Semanas antes de las elecciones estatales de Alabama, Beverly Young Nelson soltó entre sollozos: “Me agarró y me puso las manos en el pecho. Me tomó por el cuello. Pensé que iba a violarme, pero estaba determinada a que no tuviera sexo conmigo”. No era una confesión más en medio de la ola de denuncias de acoso sexual que comenzó en Hollywood y se expandió como una mancha de aceite en el planeta. Involucraba a Roy Moore, candidato republicano a senador federal. Era la quinta mujer que acusaba de ese tipo de atropello al ex fiscal asistente de distrito en el condado de Etowah, de unos 30 años cuando ellas eran adolescentes.

Moore, un fanático religioso apodado La Roca que llegó a ser juez, nunca habrá pensado que esas licencias de finales de los años setenta iban a frustrarle a sus setenta su mayor aspiración política. Contaba con la venia presidencial. La de Donald Trump, poca garantía, si de prontuario con mujeres se trata, mientras insiste en defenderse a sí mismo con el latiguillo de “historias fabricadas” frente a un centenar de representantes demócratas que pide investigar las denuncias en su contra por idéntico motivo. Tres de las 17 mujeres que se sintieron acosadas por Trump y presentaron cargos en los tribunales llevaron su reclamo al Congreso de Estados Unidos.

Un ámbito no sagrado. El presidente del Senado, Paul Ryan, republicano, requirió la implantación de “un entrenamiento anti acoso sexual”. No lo hizo por las dudas, sino por las denuncias de 1.500 antiguas empleadas que notaron que, tras el escándalo desatado en el mundo del cine por los abusos del director Harvey Weinsten, era el momento romper el pacto de silencio. En diez años, el Congreso pagó algo así como 15 millones de dólares para alcanzar acuerdos con las víctimas. La caja de truenos, destapada por el movimiento #MeToo (yo también), derivó en la renuncia de dos demócratas, Al Franken y John Conyers, y de un republicano, Trent Franks.

La mayoría de las acusaciones contra Trump data de octubre de 2016, un mes antes de las presidenciales. En una grabación de 2005 afirmaba que cuando eres una “estrella”, las mujeres te dejan hacer “cualquier cosa”. Y entraba en detalles. Luego atribuyó las denuncias de insinuaciones sexuales a “mujeres que no conozco y nunca he visto”. La volvió a liar cuando quiso defenderse de la senadora demócrata Kirsten Gillibrand, una de las que pide su dimisión por esta causa, con una descripción indigna en clave Twitter: “Alguien que venía a mi oficina mendigando contribuciones de campaña no hace tanto tiempo (y que haría cualquier cosa por ellas)”.

La derrota del candidato de Trump en Alabama, “Sweet Home Alabama” en la voz de Neil Young, fija un límite a la lealtad partidaria. Ganó un demócrata por primera vez en un cuarto de siglo, Doug Jones, en uno de los enclaves más conservadores del país. Contra todo pronóstico y en vísperas de las legislativas de noviembre de 2018. Eran elecciones especiales para ocupar una banca vacante. La del fiscal general de Estados Unidos, Jeff Sessions, republicano. Resultaron ser cruciales. En el Senado, la mayoría republicana baja de 52 a 51 y la minoría demócrata sube de 48 a 49.

En la campaña, un fiscal que procesó a miembros del Ku Klux Klan por un atentado contra una iglesia baptista de Birmingham, en 1963, en el cual murieron cuatro niñas negras, retó a un juez que cree que la Constitución es un anexo de la Biblia, que rechaza la homosexualidad al extremo de pretender prohibirla, que aborrece a los musulmanes y que lucha contra su pasado. El día y la noche. Quizá no influya en términos políticos, pero adquiere relevancia moral frente a la división de los republicanos. El líder del Senado, Mitch McConnell, prefería la derrota de Moore antes de someterlo a la Comisión de Ética. Una vergüenza para ellos mismos.

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