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DE TAL PALO, TAL ASTILLA

Cuando el trabajo es parte de la herencia

Médicos, bancarios y comerciantes platenses cuentan cómo es compartir el oficio en familia a lo largo de los años

Valentín, Gabriela Carmona y brenda, en la ferretería de diagonal 80 y calle 3, un negocio que comenzó don ángel hace 30 años

Martín Polari, Hugo Biasotti, Mirta de Biasotti, Diego y Bernardo Polari, la familia del Banco Provincia

José Alberto y José Luis mainetti, con el retrato del fallecido José María. Todos médicos reconocidos de la Ciudad

Por MARISOL AMBOSETTI / Fotos SEBASTIÁN CASALI, DOLORES RIPOLL Y ROBERTO ACOSTA

vivirbien@eldia.com

Seguir los pasos profesionales del padre o la madre es bastante frecuente. Sin embargo, no es tan fácil que esa herencia atraviese tres o más generaciones, tal como ocurre en las familias que protagonizan esta nota. En cualquier caso, quienes continúan la labor de sus antepasados eligen un camino difícil y acogedor a la vez, que recorre el mandato familiar, la identificación, la facilidad de oportunidades, incómodas comparaciones y, por qué no, la tan humana competencia.

Familias platenses que transitaron ese camino cuentan sus historias y los pro y los contra de convivir con un legado en el que el mundo familiar y laboral son parte de la misma historia.

MÉDICO POR VOCACIÓN.“Cada vez que me preguntan por qué soy médico suelo decir por vocación, la vocación de mi padre”. Así comienza la charla con el doctor y experto en bioética José Alberto Mainetti, hijo de José María, el cirujano al que René Favaloro llamaba “maestro” y el creador del Centro Oncológico de Excelencia (COE) de Gonnet, el lugar que supo dar alegrías y disgustos a esta emblemática familia platense.

Los Mainetti son los famosos de esta nota. El menos conocido, José Octavio, fue un inmigrante del norte de Italia, fundador de la primera farmacia del hospital Italiano. Sus descendientes cuentan que él tenía una profunda vocación de médico, pero se quedó con las ganas. Recogió el guante de ese deseo José María, quien no sería un médico más, sino uno destacadísimo, profesor y cirujano en una época en el que esa especialidad miraba a las demás por encima del hombro. En síntesis: fue José María el que convirtió al apellido Mainetti en sinónimo de medicina.

De sus cuatro hijos, los dos varones también se recibieron de médicos. José Alberto (80), quien se convertiría en una de las figuras más reconocidas de la bioética en América Latina, quería estudiar filosofía ¿Su padre le preguntó si usted quería ser médico? Alberto escucha la pregunta y responde con una sonrisa: “Se daba por sentado, era cosa resuelta”. En aquellos tiempos y en esa familia, el tema no estaba en discusión. Pero a escondidas de su padre, hizo lo que quiso. En 1962 cumplió el mandato y se doctoró en Medicina y, unos años después, en Filosofía.

“Yo saltaba de la lección de anatomía a la lección de latín. Pero tuve la suerte de que a mediados de los ‘60 viniera una crisis para la medicina: la nuevas tecnologías, el sostén vital, el trasplante, la píldora planteaban nuevos interrogantes, y la filosofía tenía mucho para darle a la medicina”, reflexiona José Alberto, quien encontró en esa intersección el espacio perfecto para unir su vocación heredada con su pasión verdadera.

Su hijo, José Luis Mainetti (53), también es médico aunque confiesa que en su adolescencia fantaseaba con ser periodista. Pero al terminar el secundario, en el ´83, con el sueño del Paterfamilias a poco de ponerse en marcha, creyó que trabajar en el COE sería un gran desafío. Siguió entonces los pasos de su abuelo y de su padre e intentó terciar en la conflictiva relación que ambos mantuvieron hasta la muerte de José María, en 2006.

“El banco te marca un sentido de pertenencia, nosotros nacimos, nos criamos y crecimos acá”

 

Con los años, José Luis se interesó en la gestión y ocupó varios cargos públicos. Hoy, al mirar para atrás, dice que la transformación de la medicina se hizo carne en cada generación de su familia: del médico al que los pacientes se entregaban, hegemónico y dueño de la última palabra, pasando por un profesional más permeable al aporte de otras disciplinas y a los derechos del paciente, hasta el aturdido médico de hoy, que recibe de los enfermos diagnósticos y tratamientos que leyeron en internet.

LOS DUEÑOS DE LA ESQUINA. Entre pinzas, destornilladadores, linternas y latas de pintura apenas se ven. Pero ahí están Gabriela Carmona (54) y su hijo menor, Valentín (18), que son indispensables para encontrar algo en la atestada ferretería “La Familia”, que abarca toda la esquina de diagonal 80 y 3. El pionero en estos menesteres fue el padre de Gabriela, Miguel Ángel Carmona, a cargo de una distribuidora mayorista para ferreterías que quedaba en calle 6 entre 67 y 68.

Don Ángel murió hace un par de años, pero su hija y sus nietos siguieron adelante con el negocio, que ya cumplió 30 años: “Acá solamente trabaja la familia, habremos tenido uno o dos empleados, pero duraron poco, los que estamos somos nosotros, la familia”, insiste en remarcar Valentín, que recién termina el secundario y ya lleva un par de años detrás del mostrador.

“Mis cuatro hijos se criaron en esta ferretería, les armaba el corralito y cuando empezaban a caminar y a querer comerse los clavos, los llevaba a la guardería”, cuenta Gabriela. Sus dos hijas mujeres son, desde hace un par de años, sus vecinas en los locales que están a a cada lado de la ferretería. Como su madre, ambas encararon sus propios proyectos comerciales: por calle 3 está el negocio de ropa de Brenda (30) que estudió diseño textil y, por diagonal 80, está Valentina (24) que es chef y hoy tiene una cálida cafetería que lleva su nombre.

ORGULLOSOS DE PERTENECER. A los hombres de esta familia los verán en la foto con la clásica camisa y ambo del bancario, pero lo que en realidad llevan puesto es la camiseta del Banco Provincia de Buenos Aires. Lo primero que dicen con orgullo es que se trata del primer banco de la República Argentina, creado en 1922. Todos, madre, padre, sus dos hijos y el nieto hablan con alegría de su lugar de trabajo.

En el Provincia una tradición no escrita, y ahora en desuso, indica que el banco prioriza a los hijos de sus empleados cuando hay una vacante. La creciente informatización y la necesidad de nuevos perfiles profesionales están modificando esa costumbre. Hugo Biasotti (68), miembro de esta familia, aporta un dato: “En la década del ´80 el banco superaba los 16 mil empleados; hoy, son menos de 10.400”.

En rigor, son cuatro generaciones de bancarios: cuando se disolvió la Caja de Ahorro, en la década del 40, sus empleados pasaron al Provincia. Uno de ellos era Ángel Etcheverry, quien luego hizo entrar a sus cuatro hijas mujeres. Una es Mirta (75) que no solo encontró trabajo en la Casa Matriz, sino también al amor de su vida, Hugo: “Nos conocimos en 1975, yo era separada y tenía tres hijos chiquitos; me parecía que conmigo se la estaba complicando, pero insistió y acá estamos: tuvimos dos hijas, diez nietos y hasta una bisnieta”, cuenta orgullosa. Su marido, ingresó al banco después de dar un examen, a los 22 años. De 3.000 mil aspirantes, tomaron a 500.

“Cuando llegó el telegrama diciendo que me tomaban mi papá lloraba de emoción, porque entrar al banco era un premio y así lo vivimos”. Advierte que hay que gente que no lo valora “pero pensá: tenés trabajo cinco días de la semana, acceso a la vivienda, colonia de vacaciones, mutual, proveeduría, caja de jubilación propia...”, enumera este hombre que trabajó en cinco sucursales durante 35 años y se jubiló como subgerente departamental.

Martín (50) y Bernardo Polari (43), dos de los hijos de Mirta, empezaron a trabajar a los 20. “Tengo compañeros que me tuvieron a upa cuando era un bebé y venía con mi vieja”, cuenta Martín, que hoy forma parte de la subgerencia de créditos. Dice que a este lugar, en el que dejaron cientos de horas de trabajo su abuelo, sus padres, su hermano y ahora su hijo, “lo llevás en el corazón”. Su hermano asiente y suma beneficios: “El banco te marca un sentido de pertenencia, nosotros nacimos, nos criamos y crecimos acá, nos dio una calidad de vida muy buena y la posibilidad de hacer una carrera”, enfatiza Bernardo, de la sucursal Tribunales. Para Diego, el nieto de Mirta, que entró al banco en 2015, es un año de alegrías fuertes: acaba de ser papá y logró que lo trasladen de la sucursal Magdalena a la de Berisso. Quién sabe, tal vez Malenita, su beba de un mes, tenga destino de gerente.

 

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