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Con “El Librero de la calle Vieytes”, el magistrado y docente vuelve sobre una de sus grandes pasiones: el pulso preciso para narrar
Héctor Negri / archivo
Por ALEJANDRO CASTAÑEDA
Con palabras fue construyendo su vida. Héctor Negri siempre supo aliviarse con buenas lecturas de su largo trajinar por sentencias y maldades. Los libros fueron y son compañeros inseparables de una andar que se empeñó en buscar esa verdad que está más allá de las bibliotecas. Ministro decano de la Corte de Justicia de la Provincia, docente en la UBA y en la UNLP, curioso, vivaz y dueño una amplia y variada cultura, los libros, los que ha leído y los que ha escrito, forman el activo más valioso de una trayectoria que ha capitalizado amigos, kilómetros y reconocimientos.
Nació en Banfield y allí sigue. Fue un abogado precoz (recibió el diploma a los 20 años) y desde ese día no paró de estudiar. Su currículum deja ver el incansable recorrido de un hombre ansioso de conocimientos que aprendió que la vida trasciende normas y se explaya a su gusto en diferentes escenarios. La música, la charla, los viajes, le añadieron otros diplomas a una biografía que en el boletín de amigos siempre sacó diez. Recientemente la Legislatura lo nombró Ciudadano Ilustre. “Mi única forma de agradecer este reconocimiento –dijo en ese acto- es seguir trabajando, seguir escribiendo, seguir dando clases, seguir en la justicia mientras que Dios me dé fuerzas”. Esas fuerzas han sido recompensadas por una dotación de compañeros de ruta que le han puesto color, calle y afectos a una trayectoria que no deja de aprender ni de enseñar.
Una veintena de libros de diversos temas y estilo redondean una biografía sobrada de palabras. Su última entrega, “Historias en Banfield”, es un texto de relatos breves unidos por una cadencia nostalgiosa que parece querer recuperar no sólo aquella ciudad sino también aquel muchacho de entonces. Reflexiones, un pequeño anecdotario, la evocación de un amor que no fue, se suma a una obra donde se alternan los tratados más sesudos con sus vivencias más íntimas. En unos y otros está Negri. Porque en las madrugadas de insomnio banfileño, aprendió a vagar entre expedientes y novelas, buscando que palabras propias o ajenas trajeran alivio, placer, compañía y sueño.
“Yo tengo una gran biblioteca… y todos leídos”, aclara. Subraya con lápiz los textos y hasta califica los párrafos favoritos. “Los releo y son mi fuente de consulta cuando debo preparar mis clases”. Su concurrida cátedra en la Facultad de Derecho de la UNLP lo incita a estar al día y lo invitan a tener que adaptarse a una generación que suele tener al celular como interlocutor preferido. “Son épocas distintas, pero hay que respetar y prepararse”. Con Negri la charla se hace larga y provechosa. El tango y el folklore lo han acompañado y vuelta a vuelta lleva sus poetas al aula, porque siempre sintió que la filosofía, el sentimiento y la calle pueden andar del brazo. Cuando le preguntamos al profesor en qué se diferencian unas y otros, nos dice que las chicas son menos distraídas. Y desde allí, letrado al fin, formula un alegato a favor de ellas: “Es que el Hombre es la anteúltima obra de la creación y la mujer la última, es decir la más completa y perfecta”
Tiene cinco hijos y doce nietos, pero, “como dice el Génesis, no es bueno que un hombre esté solo”. Y nos cuenta: “Me divorcié… lamentablemente”. Cree que en ese contencioso podía haber hecho un poco más. Siente con Almafuerte, que al final “todo lo incurable tiene cura/ cinco segundos antes de la muerte”. Y vuelve con su relato a un ayer no muy lejano que, como todo recuerdo, termina siendo mejor de lo que quizá fue. Y entonces, cuando la culpa y la nostalgia se le mete en la cama, le pide prestado a Cadícamo unas estrofas: “Nunca más volvió/nunca más la vi/nunca más su voz nombro mi nombre junto a mí”. Y Negri aprovecha para subrayar la fuerza incontenible de esas ausencias que duran y no terminan de marcharse: “Porque en el nombre se junta el hablante y el habla. Cada uno dice tu nombre de distinta manera”. Y a partir de allí apela a la jurisprudencia tanguera para memorar versos de Cátulo o de Manzi que invitan al balance y a la remembranza.
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Está orgulloso de haberse codeado con los mejores. Estudió Filosofía del Derecho con el italiano Giorgio Del Vecchio, un verdadero inspirador para aquel muchacho de Banfield, que andaba por Italia saboreando todo. Disfrutó la mejor poesía junto a Salvarore Quasimodo, una tarde inolvidable en la casa del poeta, en Milan. De vuelta, paladeó el mejor folklore al lado de Atahualpa y Jaime Dávalos. Se pasó una tarde en Salta escuchando al Cuchi Leguizamón, un letrado que le puso la mejor música el paisaje norteño, y nos cuenta de sus muchas noches junto a Edmundo Rivero, escuchando a ese vozarrón describir en lunfardo las penas tangueras. Negri nos dice que el cancionero popular suele aportar sensaciones que el corazón valida. Y vuelve a los libros como fuente de sabiduría. Porque siempre tuvo el ojo y el oído atento para ir descubriendo en ese repertorio de músicas y palabras la esencia de una vida que sigue latiendo al compás de lo ganado y de lo perdido.
Héctor Negri
Editorial: Vinciguerra
Páginas: 32
Precio: $230
Héctor Negri / archivo
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