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Alejandro Castañeda
Por: Alejandro Castañeda
El debate de esta noche promete abundante dosis de memoria y olvido. Para los candidatos, la política ha pasado a ser la ciencia de saber recordar y saber borrar. Una regla que van aplicando juiciosamente para sí y para el otro y que reescribe todo argumento a la sombra de una evocación puntiaguda que ataca y defiende, absuelve y condena. Pero con poca verdad y sin arrepentimientos. Los discursos traerán la presencia formidable del pasado, aunque el país necesita más mañana y menos ayer. Se apelará a los recuerdos para descalificar y prometer. Y buscarán la complicidad de un vecindario amnésico que no les exija rendir cuentas. A pocos días de esa gran elección que tardó tanto en llegar, los protagonistas aspiran a que el votante olvide y no pierda la esperanza. Aunque Cioran advertía: “Uno sabe que no le queda nada cuando lo que resta es esperanza”.
La ciencia ha venido trabajando para borrar la memoria dolorosa. Busca un bálsamo que nos haga recordar sólo lo bueno. Pero no hay caso. Como la felicidad no está a tiro de botiquín, los laboratorios aspiran a poder borrar las evocaciones que atormentan, aunque temen que la borratina se lleve también los momentos queridos y que al final quedemos a la deriva, atados a unos ayeres difusos y descoloridos que no lastiman ni alegran, pero se parecen demasiado a la nada.
A la gente no le aterra hacer memoria. Al contrario. Lo que le duele es el presente
No hay sabio capaz de crear una medicación salvadora para un país de mala conducta y repetidor
Ahora surgió una nueva panacea que trabaja en esa dirección. Un equipo de investigadores ha demostrado que si se aplica un anestésico poco antes de evocar un recuerdo desagradable o estresante, es posible modificar la memoria y borrar selectivamente esa evocación. El estudio, publicado en Science Advances, ha sido liderado por el director del laboratorio de Neurociencia de la Universidad Politécnica de Madrid, Bryan Strange. Para consuelo de los candidatos de esta noche, se ha demostrado que la memoria no es algo rígido, sino que se puede modificar durante la “reconsolidación” de los recuerdos. La nueva intentona viene a sumarse al propranolol, a los antibloqueantes, a la proteína borradora de malos momentos que descubrieron en la Universidad de Baltimore y a otras píldoras que las ratas vienen dando por buenas, aunque aquí siempre hemos confiado en las ratas.
La idea de los científicos es fantástica y arriesgada. Tiene algo de milagro y algo de ciencia ficción. Sufrimiento hubo siempre y la necesidad de olvido fue tan acuciante en el ser humano como la necesidad de recordar. Pero en estos momentos, donde la inseguridad, la pobreza y la incertidumbre se han extendido mucho, cualquier gaucho de estos lares ruega para que los laboratorios encuentren el antídoto capaz de borrar, al menos por un tiempito, estos fantasmas criollos, tan activos y asustadores.
Todos los estudios confirman algo que los perdedores ya sabían y que los candidatos temen: los malos recuerdos prevalecen sobre los buenos. Vuelven siempre y sin permiso. Los políticos pretenden que la gente olvide cuanto antes las arbitrariedades y las promesas incumplidas, pero los hechos desgraciados son porfiados y seguidores. Hoy, frente a estadísticas tan dolorosas, los laboratorios partidarios buscan algún remedio capaz de dejar en suspenso, sino los números, al menos la desazón y el miedo. A la gente no le aterra recordar. Al contrario. Lo que le duele es el presente. No hay píldora capaz de transportarnos a otro tiempo o lugar. Ni hay sabio capaz de vislumbrar una medicación salvadora para un país de mala conducta y repetidor. No nos hace mal la memoria, elija lo que elija. El ahora es lo que no da tregua. El gentío se asomará hoy a este mundo de ilusionistas que traerá un recitado de buenas promesas y mejores augurios. Es lo que hay. Necesitamos, más que un anestésico olvidador, un remedio para poder creer. Pobres, descreídos pero ilusionados no queda otra que escuchar y pensar que renaceremos y que mañana puede ser mejor. ¿Será cierto que la esperanza se reconstruye constantemente? ¿O habrá que hacer la de Ulises? Taparse los oídos y atarse al palo para no escuchar esas sirenas que seducen y decepcionan. Aunque cada vez quedan menos palos.
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