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Lo jugó como un León y lo ganó con el alma para seguir de racha

Estudiantes se impuso por 1 a 0 a Gimnasia y triunfó de visitante en un Bosque que sólo tuvo público local. Retegui, el gol albirrojo

Nicolás Nardini

Por: Nicolás Nardini
nnardini@eldia.com

3 de Noviembre de 2019 | 04:35
Edición impresa

Estudiantes sigue de fiesta en los clásicos y estiró la racha sin caídas ante Gimnasia a casi diez años. El equipo pincharrata, además, sumó el plus de hacerlo en un estadio del Bosque que sólo albergó público local, ante lo cual no se intimidó en absoluto, para redondear una actuación sólida, a puro oficio, que le permitió cosechar una nueva alegría en los choques que paralizan la ciudad.

El hombre de la tarde fue Mateo Retegui, quien definió con gran justeza en el único gol del trámite, para desatar la euforia del pueblo pincharrata que siguió las acciones desde sus casas, para luego llegar a la locura en el centro de nuestra ciudad y en el Country Club, donde cientos de hinchas esperaron el regreso del plantel. El predio de City Bell se erigió en el punto neurálgico de la euforia pincharrata por una nueva alegría clásica.

UN GRITO DE GOL QUE MARCÓ LA DIFERENCIA: FIESTA Y DESAZÓN

¿Fue un trámite equilibrado? Sí, lo fue en líneas generales. Ni Estudiantes pasó por encima al Lobo en sus mejores tramos, ni Gimnasia marcó diferencias en sus ratos de lucidez. Pero en un fútbol intenso, donde gobernó la fricción y los espacios escasearon, Estudiantes lo volcó en su favor gracias a una palabra fundamental en el diccionario del fútbol: jerarquía. Fue la que tuvo Gastón Fernández para poner a Retegui frente al arco rival en una posición ventajosa, como inicio de la jugada que culminó en el único grito de la tarde. Y la que le sobró a hombres como Andújar y Schunke, que sin alcanzar un nivel superlativo, fueron determinantes -sobre todo el arquero- para solidificar una columna vertebral inquebrantable sobre la que se erigió una victoria festejada largamente en la familia estudiantil.

Desde los primeros movimientos, se vieron claramente diferenciadas las ideas de los estrategas. Maradona apostó a la triangulación y por eso juntó a dos pibes de buen pie, Paradela y Mirada, con la idea de que fueran el eje por el cual girara todo el fútbol mens sana. Cuando ellos se juntaron -no lo hicieron tanto- el equipo tuvo volumen y cuando quedaron aislados, el Lobo lo sintió, pues sus hombres en banda estuvieron bastante erráticos y casi toda la generación tripera quedó en manos de los dos pibes.

Milito tuvo un gran acierto y fue abrir la zona de ataque. Puso dos extremos en banda para herir al Lobo. Edwar López ganó y perdió con Caire, de correcta labor, mientras que Castro le ganó casi siempre a Licht, tanto por velocidad, como por potencia. Se sabe que el “Bochi”, en el tramo final de su carrera, ofrece ventajas. Y Milito supo tomar nota con inteligencia en la previa, para volcar mucho juego por ese costado.

En el primer tramo del acto inicial, el Pincha lució mejor plantado. Jugó bastante adelantado, aunque supo corregir las falencias que se venían viendo en el ciclo Milito: una cosa es proponer, otra muy distinta regalarse. El DT lo entendió y el Pincha tuvo equilibrio. Cuando tuvo espacio para salir con balón a ras del suelo, lo hizo, cuando el contexto no era el propicio, sus hombres no dudaron en salir en largo para saltear líneas e ir en búsqueda de las segundas opciones en campo adversario.

A Gimnasia le costó amigarse con la pelota. Recién tras los primeros veinte minutos puedo empardar el trámite. Eso coincidió con el crecimiento de Paradela, el conductor del equipo, el imán de todas las pelotas para el Lobo. Tijanovich se desgastó mucho pero le faltó justeza en la última puntada, mientras que García mostró pericia sólo en cuentagotas. Y vaya si el equipo tripero lo sufrió, porque en una de las pocas que “Caco” tuvo, sacó un gran centro que terminó en un cabezazo de Contín que se fue cerca del palo izquierdo de Andújar.

DOS ACCIONES QUE MARCARON EL DESTINO DEL PARTIDO

La etapa final empezó con mucho estudio. El desgaste del primer acto generó un inicio complementario con recaudos de ambos lados. Todo hasta que se dieron las dos acciones que marcaron el destino del partido. Fueron acciones similares, pero con resoluciones diametralmente opuestas. Mientras en Gimnasia Contín malogró una opción clarísima para poner al Lobo al frente, con todo el arco a disposición, bien perfilado y sin ninguna marca cerca, pocos minutos después Retegui hizo todo lo contrario: construyó una gran pared con Gastón Fernández y cuando se perfiló hacia el arco, resolvió de manera magistral con un tiro esquinado sobre el palo izquierdo de Alexis Martín Arias. Fue el remate que dio paso al grito de gol desaforado del pibe Retegui, quien venía realizando un desgaste colosal bancándose todo el frente de ataque, hasta llegar al merecido desahogo.

EL OFICIO DE UNO CONTRA LA IMPOTENCIA DEL OTRO

Luego de la apertura del marcador, Estudiantes hizo relucir el manual del oficio. Enfrió el partido, lo planchó. Impuso las condiciones que más le convenían para sostener la ventaja. ¿Cómo lo hizo? Manejando la pelota con astucia, ralentizando todas las acciones y triangulando para escapar a la telaraña de recuperación de su oponente.

Del otro lado, para Gimnasia el gol en contra fue un mazazo del que jamás pudo reponerse. Un golpe que lo dejó KO cuando restaba una eternidad por jugarse. Las piernas pesaron más, las ideas se diluyeron y la desesperación le ganó a la razón. De los cambios, sólo Vargas aportó algo de frescura. Spinelli fue Spinelli y el ingreso de Coronel para que Guanini concluyera como delantero centro delató el mal armado del banco de suplentes tripero.

Llegó el pitazo final de Pitana y el puñado de jugadores del León fue una piña jubilosa en la mitad de la cancha para festejar una nueva victoria. No es para menos, el León está a punto de alcanzar una década invicto en el gran clásico de la Ciudad.

 

 

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Multimedia

El festejo colectivo del gol pincharrata tras la conquista de Retegui. Y la bronca de Alexis Martín Arias. alegría albirroja / Dolores Ripoll

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