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HISTORIAS DE LA ÉPOCA FUNDACIONAL QUE CUENTAN LAS BÓVEDAS Y LOS MONUMENTOS

Los orígenes de la Ciudad que atesora el Cementerio

Desde Los Cinco Sabios hasta “la momia de Tolosa”, una visita guiada a los siglos XIX y XX en la necrópolis local

Los orígenes de la Ciudad que atesora el Cementerio

una vez al mes, una visita guiada repasa en el cementerio historias de personalidades locales / césar santoro

Por: Laura Garat
 

lauragarat@eldia.com

El Cementerio municipal encierra gran parte de la identidad platense. Representadas en las bóvedas y monumentos que guardan los restos de las personalidades que forjaron el nacimiento y los primeros años de desarrollo de la capital provincial, se cuentan en la antigua necrópolis unas 300 historias. Entre otras, las que protagonizaron quienes fueron reconocidos como los Cinco Sabios (Korn, Ameghino, Almafuerte, Spegazzini y Vucetich); la del considerado primer poeta de la Ciudad, a quien, después de fallecido se lo llamó la “Momia de Tolosa”; y las de los integrantes de la familia Podestá, destacada por su vocación dentro del teatro rioplatense.

Un sábado a la tarde por mes, con los relatos de Cristina Espinoza como guía, un grupo de vecinos y turistas de fin de semana, recorre entre 12 y 14 bóvedas del Cementerio local en aproximadamente dos horas. Se trata de una propuesta gratuita que provoca un particular entusiasmo a los visitantes. Muchas de esas construcciones exhiben los símbolos del pensamiento masón, una de las atracciones que mayor interés despiertan entre la gente (un dato: la última edición de la Noche de los Museos, el circuito de las sepulturas de figuras pertenecientes a las logias dejó afuera a 2.000 personas que no lograron ingresar por exceso de público). Esas jornadas de repaso de la vida y obra de los hombres involucrados en algún aspecto de la fundación de La Plata también concentran una gran atención.

Cada trayecto de la visita comienza frente a la bóveda de Manuel Hermenegildo Langenheim. Aunque su nombre no resuena entre el común de los platenses, fue un personaje con una actuación destacada; abogado, fue uno de los primeros miembros de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia. Muy amigo de Dardo Rocha, a pedido del fundador de la Ciudad dirigió algunas de las construcciones que se iban convirtiendo en las sedes gubernamentales de la nueva capital política y administrativa. Multifacético, fue también decano de la facultad de Agronomía cuando la Universidad local todavía era provincial e impulsor de distintas sociedades de beneficencia platenses. Murió en 1892 y sus restos descansan en la bóveda más antigua del Cementerio. Como varios otros del predio de 131 y 74, ese edificio de ventanas con vidrios finamente biselados lleva las huellas de la masonería que impregnó la ideología de aquellos fines del siglo XIX y principios XX.

Una historia curiosa a raíz de las vicisitudes de la vida que su dueño pasó fue la de Juan José Esteguy, un descendiente de vascos franceses que con sólo 18 años ya era piloto de vuelos internacionales. Perteneciente a una familia vinculada a uno de los primeros molinos que funcionó en la Ciudad, participó de la Primera Guerra Mundial y colaboró con España cuando esa nación se enfrentó a Marruecos. Desde la región de Africa, enviaba reportes del conflicto a EL DIA y se convirtió así en corresponsal de este diario. El 26 de octubre de 1922 llegó la noticia de su muerte, ocurrida mientras piloteaba un avión en medio de una feroz tormenta. Transportaron su cuerpo envuelto en las banderas española y francesa y lo depositaron en una distinguida bóveda del Cementerio platense. El 10 de febrero de 1926 una delegación gala la visitó para homenajearlo y desde entonces, con cierta regularidad, la colectividad hispana local se acerca al lugar para resaltar su valor y manifestar la gratitud del pueblo español hacia uno de sus héroes.

Los sabios y la Momia de Tolosa

Infaltables en los recorridos son los mausoleos de Alejandro Korn, Pedro B. Palacios “Almafuerte”, Juan Vucetich, Florentino Ameghino y Carlos Spegazzini, los Cinco Sabios que con sus trayectorias desde las ciencias, el arte y la filosofía, imprimieron en La Plata las matrices de la Modernidad que en aquel momento dominaban los ámbitos académicos europeos.

Pero quizás el monumento que más llama la atención, por la historia que esconde, es el del periodista y poeta Matías Behety. Había nacido en 1843 en Montevideo, Uruguay, y vivido en la ciudad de Buenos Aires, donde sufrió una seguidilla de tragedias que lo llevó a un severo alcoholismo. Los avatares porteños impulsaron su mudanza a la floreciente La Plata, donde contaba con algunos amigos. El 14 de agosto de 1985 fue internado en el Hospital de Romero con una complicación pulmonar y el 29 de ese mes, a los 36 años, falleció.

Infaltables en los recorridos son los mausoleos de los Cinco Sabios platenses

 

Por esos días no existía todavía el Cementerio del extremo de diagonal 74 (inaugurado en 1987) y las inhumaciones se realizaban en Tolosa, punto pivote desde donde se construyó la nueva capital bonaerense, y lo enterraron en esa localidad. A los pocos años, habilitada ya la nueva necrópolis, ordenaron a los familiares de las personas sepultadas trasladar los restos a dicho predio. Un pariente de Behety se ocupó del trámite y al abrir la tumba encontró que el cuerpo del poeta estaba intacto. Descansa, desde principios de 1900 bajo un monumento sobrio pero imponente entre las más históricas bóvedas platenses. “Le dicen la momia de Tolosa porque en las sucesivas limpiezas de la sepultura, siempre que la destapan se ve que se mantiene el cadáver sin descomponerse. Y esta parte de las visita es a la que más atención se le presta”, señala Espinoza, comerciante jubilada que se dedica por su cuenta y ad honorem a comandar las visitas guiadas en el Cementerio.

Un acompañante de Gardel

Una de las personalidades sepultadas en el Cementerio local a mediados del siglo pasado “convocó” casi 70 años después a un familiar que llegó desde Francia para interiorizarse un poco más en la vida de su antepasado. Juan Cruz Mateo, músico de Carlos Gardel y referente del arte futurista, no alcanzó a conocer a su nieta, pero su joven bisnieta, entusiasmada por los relatos fragmentados de su abuela, visitó la bóveda del artista y necesitó que Espinoza completara la historia que vino a buscar a La Plata.

Mateo era ensenadense. De muy chico se notó su afición por la música y estudió violín, violonchelo y piano en la Academia de Bellas Artes. Rápido para aprender y con talento muy particular a los 14 años debutó en la Confitería París como violonchelista en la orquesta de “Ramito”. Se radicó en París en 1931, donde contrajo matrimonio y tuvo una hija. En la bohemia capital europea comenzó a trabajar al lado de Gardel, dirigiendo la orquesta y tocando el piano en distintas películas del célebre cantautor.

Fue y volvió varias veces de Francia. Regresó a La Plata en 1949; había abandonado el tango y ya era un reconocido artista plástico que exponía sus obras en galerías y salones; se quedó en esta ciudad hasta su muerte, que sucedió en el Hospital San Martín en 1951.

La escena que subraya Espinoza muestra un contraste de época que ni los más visionarios de aquellos tiempos hubieran fantaseado. “La bisnieta de Mateo, conmovida por los detalles que empecé a contarle, puso en línea a su abuela, francesa, y desde el celular le enseñó la bóveda del abuelo de la mujer, que terminó emocionada”, cuenta fascinada por la historia la encargada de las visitas guiadas al Cementerio.

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