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El futuro y la nueva normalidad

El futuro y la nueva normalidad

Por: Osvaldo Dameno
odameno@gmail.com

23 de Mayo de 2020 | 02:56
Edición impresa

La pandemia movilizó abruptamente a los servicios de salud de todo el mundo desde se comenzó a ver la gravedad de la amenaza. El hemisferio Sur tuvo la ventaja de jugar con las blancas, es decir recibió el handicap de un breve lapso en el cual pudo pensar su movida. Se optó por la cuarentena que era lo más conveniente y la ausencia de certezas avaló la medida tomada.

El presidente dijo que era una batalla contra un enemigo invisible y letal. En eso imitó a Macron que fue de los primeros en emplear una terminología bélica. Al discurso oficial se le sumó una estrategia comunicacional tendiente a galvanizar a la opinión pública, con un sentido épico y patriótico tipo Mundial 78, o Malvinas. La gente respondió ampliamente a estos estímulos y se sumó al aislamiento.

Pero resulta que ahora a tres meses siguen las mismas dudas. No sabemos casi nada más. Incluso hay países que apuestan a la circulación social del virus combinada con medidas puntuales. La vacuna, todavía, aparece como una esperanza lejana. Todo hace presumir que deberemos convivir con el virus. En el orden de ideas oficial la guerra ha derivado en una batalla cuerpo a cuerpo. Y en ese tipo de lucha aparecen las primeras víctimas del fuego amigo. Allí están los adultos mayores, que sufren el encierro. Las familias que no pueden despedir a su integrantes fallecidos. Muchos trabajadores suspendidos. Muchos empleadores con dificultades. Muchas pymes en el precipicio.

Y si vamos a vivir con el virus entonces esto no es una guerra. Es un tema de salud pública. Es decir una cuestión política. Al principio, fuimos razonablemente al escenario guerrero, pero llegó la hora de la razón, del análisis, de la gestión. Llegó la hora de la política.

Entonces es menester evaluar todos los datos que podamos recabar para ir delineando el futuro inmediato. El encierro está en un contexto de una incidencia no muy grande de la pandemia en el país. Es decir lo que tenemos es que la cuarentena ha sido muy exitosa, o la pandemia no tiene la letalidad que imaginamos. Esa es nuestra propia experiencia. No tenemos datos comparativos confiables como para elaborar por si mismos una estrategia pero veamos lo poco que hay y analicemos experiencias de otros.

El análisis político, por definición tiene que ser integral, y por lo tanto tiene que abarcar todos los ángulos. Entonces la situación económica derivada del parate adquiere gran relevancia. El gobierno debe abandonar la dicotomía vidas vs economía. Son ambos los problemas que tiene que solucionar. También tiene que cortar de cuajo los intentos por trasladar la responsabilidad por los futuros muertos al gobierno de CABA. El AMBA es un territorio único con administradores que han confluido en una estrategia común, dirigida por el presidente, que de paso contribuyó a morigerar la grieta. Hay que decir que los intendentes y el jefe de gobierno tienen atribuciones para el día a día de la crisis. Lo que no se puede hacer es la especulación de anticipar un futuro negro y menos señalar de antemano al culpable. Es una maniobra de baja estofa. Nadie tiene derecho de inocular más miedo o exacerbar odios inútiles entre hermanos que tienen que luchar por la Unión Nacional.

Una vez removidas estas ramas que no nos dejan ver el bosque veamos que datos tenemos para nuestra visión general. Primero hay que destacar que políticamente es prácticamente imposible mantener una estricta cuarentena por mucho tiempo más. La sociedad no lo resistirá, ni humana ni económicamente. Es entonces ineludible ver qué grupos pueden gozar de mayores niveles de libertad. Los niños menores de quince años prácticamente no sufren la enfermedad. Los menores de 25 la sufren apenas más que los niños. Se abre aquí una ventana de 25 a 65 años. Pero tenemos el dato duro que más del 80 por ciento de las víctimas fatales son personas de más de 65 años y entre ellas la mayoría tenían enfermedades graves de base.

Deberemos dar libertad de circulación a la mayoría, con excepción de los adultos mayores, a los que hay que recomendar muy fuertemente que se mantengan en sus casas, advirtiéndoles el peligro que corren. Especialmente a los enfermos. Los sanos tienen que mantener su libertad de correr el riesgo, si valoran más vivir su vida que correr menores peligros.

Una vez decidido lo anterior el Estado se puede reservar las decisiones sobre temas de gran movilización de personas, como suspensión de clases, de espectáculos públicos, restricciones al transporte público, restricciones selectivas para comercios, industrias, viajes o deportes. Aplicación de criterios de circulación tal vez por número de documento. Redacción de protocolos sanitarios para distintas actividades etc.

En lo que atañe a la salud propiamente dicha, el Estado debe redoblar su esfuerzo en barrios carecientes y de mucha densidad poblacional, geriátricos y grupos en riesgo. Elaborar estadísticas y mantener al día información veraz. Y meter en el placard a la política partidaria. Esto debe ser realmente una política de Estado. Habrá satisfacciones y momentos difíciles pero entre todos habremos hecho lo mejor posible. El arte de la política.

 

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