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Opinión |OPINIÓN
Compromiso, credibilidad y crecimiento: otra vez, Argentina en la encrucijada

Por: MANUEL CALDERÓN (*)

5 de Julio de 2020 | 03:06
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Un problema muy relevante en economía es el de la consistencia temporal de las políticas y la cuestión de la credibilidad de los gobiernos. Es un problema central porque la mayoría de las decisiones económicas, en especial las vinculadas al comercio y la inversión en todas sus formas, se basan en la confianza de obtener lo que habíamos acordado obtener y en la confianza de que el sistema de “reglas de juego” (derechos de propiedad, tasas impositivas, contratos, etcétera) que nos motivó a tomar las decisiones que tomamos se vaya a mantener en el futuro.

Todos los actores de una economía estamos constantemente intentando interpretar y predecir las acciones de los demás para decidir nuestras propias acciones, estamos en todo momento intentando extraer señales a partir de lo que observamos que hacen o prometen hacer los demás. Este proceso es costoso e implica riesgos. Pone en juego nuestras hipótesis y modelos mentales de decisión y nuestro capital y esfuerzo. Cuanto más “ruido” o incertidumbre percibimos en la economía, más nos cuesta extraer las señales que necesitamos para decidir qué hacer, cuánto invertir, con quien contratar, en qué ahorrar, etcétera. Cuando interpretamos que la fuerza del ruido es mayor que la fuerza de las señales, la precisión de nuestras predicciones es tan baja que la mejor opción es la inacción. La desaparición de las señales implica la parálisis de la economía.

La credibilidad de los compromisos es fundamental para reducir el ruido, mejorar nuestras predicciones y sostener acuerdos en el tiempo, para promover la inversión y el crecimiento. Sin embargo, no es algo obvio ni fácil lograr un sistema de instituciones que dé lugar a la credibilidad, que disminuya la incertidumbre, despeje parte del ruido e incentive la inversión en relaciones de cooperación de largo plazo.

Los gobiernos tienen un rol clave en este sentido: las leyes que declaran, cumplen y hacen cumplir, las promesas que mantienen, los anuncios y acuerdos que respetan, contribuyen a construir reputación y un ambiente confiable, que hace que todos pasemos a estar más pendientes del largo plazo que del corto plazo, que prolonguemos nuestro horizonte de planificación, que decidamos invertir. Contar con este tipo de instituciones y mecanismos reputacionales es contar con una “tecnología de compromiso” (Chari, Kehoe y Prescott, 1988), es decir, un sistema de credibilidad y confianza que permite la acumulación de capital y expande la economía en el tiempo y el espacio.

Cuando no se logra construir esta “tecnología de compromiso”, la regla comúnmente aceptada pasa a ser el oportunismo, y todos los actores económicos se comportan de acuerdo a la obtención de ventajas de corto plazo; el futuro no importa dado que no confiamos en que se puedan sostener las promesas, los acuerdos y los contratos; no hay forma de que se puedan esperar beneficios futuros de un esfuerzo presente. Por lo tanto el esfuerzo se minimiza, o mejor dicho se reorienta hacia la obtención de ventajas de corto plazo, nos especializamos en desarrollar estrategias que den ganancias inmediatas con la menor inversión posible.

“¿Cómo obtiene crédito un gobierno que no puede comprometerse a no defaultear?”

 

¿Cómo puede incentivar las inversiones privadas un gobierno que no puede comprometerse a no expropiarlas (por las razones que sea) luego de que las inversiones se hayan realizado? ¿Cómo puede obtener crédito un gobierno que no puede comprometerse a no defaultear estas deudas una vez que le prestan? ¿Cómo puede un gobierno hacer que confiemos en la moneda que emite si una vez que la aceptamos en forma de pago no puede comprometerse a controlar la emisión y hacer que no pierda valor la moneda ya emitida y aceptada? La respuesta obvia es que un gobierno que no puede comprometerse a no hacer estas cosas, terminará generando una economía sin inversiones, sin crédito público y sin moneda. Una economía condenada a vivir estancada en un presente perpetuo.

El problema de la inconsistencia temporal de las políticas de los gobiernos, advertido por Kydland y Prescott en 1977, es central para explicar el nivel de confianza e inversión que existen en una economía (Chari, 1988), para explicar el desarrollo comparado de las naciones (North y Weingast, 1989; North, 1993) o para explicar por qué a algunos países les cuesta tanto reducir la inflación y desarrollar un mercado financiero que permita mantener estable su nivel de consumo (Sargent y Velde, 1995; Chari y Kehoe, 1993).

Los gobiernos argentinos recurrentemente han enfrentado estos dilemas y, desafortunadamente, los resultados en general no han sido positivos, como lo demuestra el estancamiento de largo plazo que padecemos. Poco a poco fuimos destruyendo nuestra “tecnología de compromiso” y nuestro capital reputacional como sociedad, con las implicancias ya mencionadas que esto conlleva. Otra vez nos encontramos ante la misma encrucijada.

(www.eleconomista.com.ar)

 

(*) Profesor de Historia del Pensamiento Económico (UNLP y UBA)

 

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