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Alejandro Castañeda
Alejandro Castañeda
Esta semana, casi todos los acusados por el asesinato de Fernando Báez Sosa, se “disculparon”. Fue un descargo general y preparado que buscaba mostrarlos más afligidos y más humanos. Algo es algo. Suena extraño que el defensor Hugo Tomei, que seguramente exigió adoptar este comportamiento como parte de su estrategia defensiva, no haya tenido en cuenta que lo más apropiado, en ese instante crucial era pedir “perdón”, no “disculpa”. No son sinónimos ni mucho menos. Cada uno define distintas responsabilidades y alcances. Lo dicen los lingüistas y los diccionarios: pedir disculpas implica no ser ni sentirse responsable de lo que ha ocurrido. Un ejemplo sería volcarle involuntariamente un vaso de agua a un compañero de mesa: “Disculpame”. Es más un ejercicio de la cortesía, del tipo de “lo siento”, que una manera de asumir y querer resarcirse de una ofensa grave. El perdón, en cambio, implica reconocer la responsabilidad que se tiene por haber hecho daño. E incluye por supuesto el arrepentimiento. Nada de esto se vio en la última audiencia del juicio que se lleva a cabo en Dolores. Los que mataron a Fernando lanzaron sus disculpas al aire. Pero no pidieron perdón por su infame comportamiento y pocos, si es que hubo alguno, habló, compungido y piadoso, transmitiendo vergüenza y arrepentimiento.
Cuando Nora Strejilevich, una superviviente de la dictadura de Videla, presentó en Madrid su obra “Una sola muerte numerosa”, en la que recoge sus experiencias y las de aquellos que no sobrevivieron, dijo que ella no tenía nada que perdonar a quien no asumía responsabilidades, a quien no había pagado por sus crímenes, a quien, en el peor de los casos, había vivido justificando su violencia; y en el mejor, intentando ocultar la verdad. “¿De qué me sirve a mí perdonar?”, preguntó Strejilevich.
Lo cierto es que, por su violento accionar, estos ocho disculpadores han convertido a Villa Gesell en capital del dolor. Y fueron los devastados padres de Fernando los que derramaron lágrimas y caricias sobre ese pavimento que sintió latir por última vez a su hijo. Esta semana se escucharon los alegatos y hablaron los ocho acusados. Los fiscales pidieron la prisión perpetua apelando a los argumentos conocidos: imágenes y palabras que fueron desfilando a lo largo de las audiencias. Y Burlando esta vez evitó repetir expresiones tribuneras para ceñirse estrictamente a la retórica jurídica. La defensa de los muchachos de Zárate no anduvo con chiquitas: pidió directamente la absolución de sus defendidos. Para Tomei, no hay culpables. Pero los hechos son testarudos y las imágenes y las voces recogidas, más allá de quien las mira y las valora, muestra el crescendo de un crimen que se fue alimentando de su propia rabia y no paró hasta el final. “No quisimos matar”, dijeron ante el tribunal sus atacantes. Sin embargo, ni siquiera se asombraron cuando escucharon el “caducó” (¿era el “trofeo” deseado?) que le ponía macabro telón de fondo a su obra. Nadie imagina qué dirá el veredicto. Pero todos saben que no son inocentes, aunque habiten un país donde muchos desmanes sigan buscando inútilmente sus autores.
Se ha dicho, en más de una ocasión, que el perdón a veces sirve más al verdugo que a la víctima. La víctima, de hecho, puede sufrir una reactivación de su trauma al tener que enfrentarse al dilema de si debe otorgar el perdón. Esto, por supuesto, no es cierto para todas las víctimas. Algunas sí aceptan la petición de perdón por parte de sus victimarios. Pero también es cierto que en esos casos ha habido normalmente un proceso anterior por el cual el victimario ha mostrado interés por asumir sus responsabilidades y no impedir que la verdad y la justicia cumplan su deber. Sólo después de ese compromiso restaurador, el verdugo es perdonado.
Lo de las disculpas, por eso, pareció un “más vale tarde que nunca” y no un auténtico sinceramiento. Su alcance, en el mejor de los casos, no incluyó ni el arrepentimiento ni contrición ni remordimiento. Tampoco mostraron alguna dolorida y piadosa alusión a ese Fernando que mataron a patadas. Fue un trueque a ocho veces dirigido al Tribunal. Ofrecen admisión y disculpas a cambio de clemencia.
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La disculpa implica no sentirse responsable de lo ocurrido. El perdón, en cambio, implica reconocer el daño y arrepentirse
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