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La diferencias entre países ricos y pobres produjeron el estallido financiero internacional de fines de los ‘80, y las ideas del economista John Williamson se sintetizaron en 10 medidas económicas que debían adoptar las naciones. El llamado Consenso de Washington surgió de una reunión de los acreedores –FMI, Banco Mundial, etc.–, que tomando las ideas de Williamson proponían, la reducción de los gastos y la intervención del Estado, estabilizar las monedas, liberalizar el mercado financiero y promover el intercambio internacional eliminando las barreras posibles, como los aranceles a la importación. Este esquema fue, poco tiempo después, llamado “deglobalización”; y en la actualidad, Estados Unidos y Europa optaron por abandonarlo. En paralelo, se proponía la privatización de las empresas del Estado y facilitar la entrada de capitales a los países garantizando el derecho de propiedad. Esas fueron las políticas que el FMI hizo aplicar a las naciones que acudían este como el prestamista de última instancia. Es decir: cuando los Estados no tenían posibilidades de obtener otros créditos ni en su propio país, ni en el exterior.
El economicismo, es decir la creencia de que la eficiencia del mercado generaría la estabilidad para el desarrollo de instituciones democráticas, predominó durante un largo tiempo. Sin embargo, las crisis siguieron sucediendo en muchos países sin que se obtengan resultados positivos.
Ante los reiterados fracasos, la “London School of Economics and Political Science”, convocó a exministros de Economía de distintos países, estudiosos de las teorías económicas, quienes intercambiaron ideas durante un prolongado periodo de tiempo; para, finalmente, plasmarlas en los libros que difundieron nuevas ideas, las cuales en conjunto fueron llamadas “El Consenso de Londres”. Ese ha sido, tal vez, un cambio radical, al afirmar, como principio, que la economía esta subordinada a la política. Sosteniendo que las reformas, para que perduren, deben contar con respaldo democrático y legitimidad política. Se puede decir lo contrario que dijo el asesor de Bill Clinton que lo llevó a ser presidente de los EE UU: “Es la política, estúpido”, no la economía.
Uno de los organizadores de la reunión, que fuera ministro de Economía del gobierno socialista de Bachelet en Chile, Andrés Velasco, sostuvo que “el consenso no es un decálogo de recetas a aplicar en Canadá y en Argentina, sino un conjunto de principios”; agregando que “en democracia, no hay otra manera de diseñar políticas públicas que convenciendo a los votantes”; y que “las teorías expuestas en el pizarrón son para convencer a los alumnos, pero los votantes son muchos más”. En diciembre, en Buenos Aires, a la que llegó para presentar un libro sobre el Consenso, sostuvo que “el primer error es considerar que si arreglo la economía, la política se endereza”. La buena economía –según él– es economía política, y desde Adam Smith hasta Karl Marx fueron todos economistas políticos. “El conflicto no es entre la izquierda y la derecha, sino entre demócratas y gobiernos populistas autoritarios”.
El Consenso de Washington sostiene que no es suficiente con crecer, que importa cómo se crece, qué bienes se producen y quiénes se benefician de ello. Defiende la necesidad de un Estado eficiente, que regule los mercados y gestione políticas industriales mediante incentivos al sector privado para fomentar el consumo interno y la exportación. Apartándose de los análisis propios de los economistas, sostiene que el “bienestar” no solo proviene del ingreso económico, sino del respeto, del buen trato y el sentido de pertenencia a un proyecto colectivo.
En un reportaje que se le hiciera en Argentina, Velasco dijo que “una lección aprendida en Chile, es que siempre hay que pensar en qué cosas buenas aportó el gobierno anterior”.
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