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Por MARTIN TETAZ (*)
Cuando las cosas funcionan
Twitter: @martintetaz
Bajé del avión a las 5 de la mañana y quedé impresionado. Un transfer gratuito nos llevó a la terminal 4 de Barajas, en un recorrido que permitía confirmar la enormidad del aeropuerto, donde un hermoso techo ondulado elaborado en madera te da la bienvenida. Pero esa señal indirecta del gran nivel de actividad económica no es lo notable. Tampoco los múltiples niveles de su diseño que le permiten al viajante bajar un piso para empalmar con un ómnibus o descender un poco más, hasta las entrañas del sistema ferroviario, como ocurre en la mayoría de los aeropuertos de ciudades grandes en todo el mundo, con la excepción de Buenos Aires, donde no se entiende por qué no llegan el subte o el tren.
Opté por viajar en colectivo hasta Salamanca, mi destino final. Ya en la explanada contemplé la cochera inmensa, en la que como ya había visto en Brasil, una luz roja o verde te indica si cada estacionamiento está disponible, para que la gente se ahorre vueltas innecesarias buscando dónde estacionar.
Pero lo que realmente me llamó la atención es que no es necesario usar el auto, porque aquí el transporte público funciona muy bien. El servicio llegó en horario y cada butaca, además de tener cinturón de seguridad, contaba con su propia Tablet para que los pasajeros pudieran mirar películas, series, o el contenido que trajeran en sus pen drives. Por si fuera poco, la unidad ofrecía wi fi gratuito, permitiendo conectividad a internet durante todo el trayecto. Un último detalle que no costaba grandes inversiones ni modernas tecnologías; el baño del bus estaba más limpio que el de mi casa. Ah!! y el dato que permite poner todo en contexto es que se paga por ese pasaje 24 euros, para completar los 213 kilómetros de autovía que separan las dos ciudades.
Cuando comenté mi asombro por las redes sociales el mundo se dividió en dos; por un lado, se sumaron los que conocían experiencias paralelas porque habían viajado a otros lugares donde las cosas funcionan y lamentaban que en nuestro país parezca imposible lograr lo mismo. En contraste, emergió un grupo de gente molesta con la visibilización que estaba haciendo del fracaso argentino. La expresión que sintetizaba el enojo era: “si te gusta tanto quedate allá”.
En la década del 50, el economista Charles Tibout popularizó un modelo en que los gobernantes locales elegían qué bienes públicos proveer y los ciudadanos en vez de expresar su descontento en las urnas “votaban con los pies”, abandonando las jurisdicciones que no los satisfacían y migrando hacia aquellas que ofrecían la mejor combinación de servicios colectivos e impuestos.
De hecho, algo de eso ha venido ocurriendo en los últimos años, sólo que los contribuyentes en vez de mudarse de barrio, cambiaron de proveedor. Primero ocurrió con la salud, donde proliferaron instituciones privadas que al principio sólo ofrecían mejor hotelería, pero que con el paso del tiempo acabaron generando una terrible fragmentación social, dejando los hospitales públicos para los pobres que no tienen obra social y que soportan todas las ineficiencias del sistema, empezando por las demoras para conseguir un turno y llegando al aplazamiento de tratamientos por falta de insumos elementales. Sin la clase media protestando, el generalizado deterioro de los servicios públicos de salud quedó impune; la salud se privatizo de hecho.
Luego pasó algo similar con la educación, porque aun cuando las instituciones privadas no garantizaban en promedio una mejor calidad educativa, sí aseguraban menos paros, mejores instalaciones y lo que es más dramático, mejor capital social. La escuela pública, con sus cosas buenas y sus cosas malas, representaba una oportunidad de ascenso social, porque el hijo del profesional iba con el del albañil, como me ocurrió a mí y estoy seguro, a la mayoría de los lectores que tienen mi edad o la superan. Ya no más. La privatización en los hechos de la educación no sólo mercantilizó el reclamo por las condiciones del sistema, sino que cristalizó las desigualdades sociales históricas.
Lo mismo ocurrió con la seguridad, donde cada vecino debe proveerse de alarmas, rejas, perros, seguros y en muchos casos policía privada.
El transporte no fue la excepción. La explosión del parque automotor se dio porque los precios de los autos en relación a los salarios se abarataron artificialmente de la mano de la plata dulce que significó el atraso cambiario, pero también porque la gente votó con los pies, abandonando el transporte público y resolviendo de forma privada lo que el Estado no pudo o no supo proveer.
En la práctica, el transporte se privatizó y una vez más el colectivo y el tren quedaron para los que no pudieron escaparse comprando un auto, del mismo modo que ocurrió con el resto de los servicios públicos.
Por eso me dolió cuando algunos me dijeron que si me gustaba un país donde el transporte público funcionaba de manera decente, optara por quedarme en él.
No, yo me niego a votar con los pies. No quiero un país donde los que podemos nos salvamos. Prefiero vivir en una sociedad en la que las cosas funcionan y los ricos eligen viajar en tren y en colectivo o mandar sus hijos a la escuela pública, como lo hacen hoy con la Universidad.
No es tan difícil que las cosas funcionen. Hay muchos lugares donde ésa es la norma, más que la excepción y el primer paso para lograrlo es reconocer el problema, sin tratar de meter los cinco pisos de una villa miseria debajo de la alfombra, ni tampoco silenciar el reclamo, porque la billetera pueda pagar una solución individual.
(*) El autor es economista, profesor de la UNLP y la UNNoBA, investigador del Instituto de Integración Latinoamericana (IIL) y autor de "Casual Mente" y "Psychonomics"
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