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En septiembre de 1973, estudiantes de secundaria platenses gestionaron, a pura intuición, un concierto imposible: Spinetta, a punto de editar “Artaud”, solo con su guitarra
spinetta, en uno de los recitales porteños en los que presentó “artaud”
Francisco L Lagomarsino
Francisco L Lagomarsino
Hace 52 años, un puñado de adolescentes platenses sin contactos, sin experiencia, y con mucha más audacia que recursos, logró contratar a Luis Alberto Spinetta para un recital solista en el estadio Atenas. No hubo prensa, no hubo cámaras, no sobrevivió el registro de audio. Quedan ni más ni menos que los recuerdos de aquellos chicos, hoy abuelos, profesionales y docentes jubilados, que reconstruyen en detalle un episodio entrañable, caótico y singular por donde se lo mire: desde la visita a la casa de un Flaco engripado en el barrio porteño de Belgrano, hasta el inesperado conato de agresión contra su Fiat 600, al final del inolvidable concierto.
“Tratar de hilvanar esta historia después de medio siglo no es tarea sencilla”, abre el paraguas amablemente el ingeniero Carlos Sorichetti, licenciado en matemática y docente universitario jubilado. Hecha la salvedad, el vecino del barrio de plaza Paso empieza a desplegar un minucioso relato cuya precisión supera las expectativas. En 1973, tenía diecisiete años y cursaba quinto año en el Colegio Nacional “Rafael Hernández”. Con sus compañeros, estaba juntando dinero para el viaje de egresados; vendían rifas y soñaban con contratar a Sui Generis, en ese momento en la cresta de la ola, para un festival a beneficio de la causa colectiva.
“Por aquella época, el escritor, poeta y periodista Miguel Grinberg tenía un programa a la tardecita en Radio Municipal que yo escuchaba con fervor religioso” señala Carlos: “eran muy pocos los programas donde se podía escuchar la que llamábamos música progresiva (Almendra, Manal, Aquelarre, Pink Floyd, Jethro Tull, Yes, Emerson Lake & Palmer, etc.). Ahí escuché un adelanto del disco solista que Luis Alberto Spinetta estaba preparando tras la disolución de Pescado Rabioso (a quienes había podido ver junto a Aquelarre en Atenas, en abril de 1973) y que sería el mítico ‘Artaud’. Uno de los temas que Grinberg pasó fue ‘Todas las hojas son del viento’. Esa misma tarde, eufórico y entusiasmado, llamé por teléfono a mi compañero y amigo Jorge Cueto -hoy un reconocido médico dermatólogo-, y al día siguiente, en el patio del colegio les pregunté a él y a Dalmiro Platini qué les parecía si en vez de traer a Sui, nos tirábamos el lance con el Flaco. Fue un entusiasmo compartido”.
La aventura comenzó una mañana de julio, cuando Carlos, Jorge y Dalmiro, entre otros, viajaron a Buenos Aires. Buscaron a Jorge Álvarez, por entonces director del sello Talent. La escena que evocan es arquetípica: Álvarez detrás de un escritorio lleno de papeles, fumando, whisky en mano. El peso pesado de la industria les pasó los cachets requeridos y el contacto del sonidista Juan Carlos Robles: “Robertone era la llave para llegar a Spinetta” precisan.
Jorge “Pilín” Cueto lo recuerda así: “A la salida de la reunión, desde un teléfono público, hablé con el manager de Sui Generis. Después llamé a Robles y le comenté nuestro propósito de consultar a Luis Alberto por un recital en La Plata. Quedó en contactarme y me pidió que lo volviera a llamar”. Robles les pasó la dirección y la fecha para visitar al Flaco. Lo que siguió ya es parte de la mitología íntima de los protagonistas.
“Miraba embelesado el cuarto, que por fotos reconocía como el lugar en que ensayaba Almendra”
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“La tarde de un sábado, o tal vez un día de semana de nuestras vacaciones de invierno, tomamos un tren en Retiro para ir hasta la casa de Luis en la calle Arribeños, en Belgrano” extiende Carlos el relato: “nuestro grupo estaba integrado por Jorge, Dalmiro, Gerardo Frasón, Mario Mosto -un amigo de Pilín que no estaba en nuestra división-), Alejandro Cueto y yo. Nos abrió el padre de Luis, un señor canoso y con pinta de tanguero que nos hizo pasar. Atravesamos un pequeño patio con plantas y algunas jaulas con canarios, y nos llevó a la pieza que daba a la calle. Luis estaba muy resfriado o engripado, acostado en la cama, en una esquina de la habitación; sentada al costado de la cabecera, una chica rubia lo mimaba y abrazaba; creo haberla escuchado decirle algunas palabras en francés. Años después, me contaron que era Patricia Salazar, su futura esposa y madre de sus hijos”.
“Jorge y Dalmiro llevaron adelante la charla, mientras yo miraba embelesado la habitación, que reconocía por fotos como el lugar en que ensayaba Almendra. Había anotaciones con tiza en la pared, fragmentos de canciones; equipos de sonido; unas bateas con discos que revisé no sin cierto pudor; y en una pequeña mesa, al costado de la cama, un pequeño cuadro que seguramente Luis estaría pintando, más pinceles, pintura y la edición de Sudamericana de “El túnel” de Ernesto Sábato”.
“Alcanzamos a cubrir el cachet de Luis, pero no nos quedó nada para el viaje de fin de curso”
“Charlamos con Luis acerca del recital” amplía Jorge, “sentados sobre la cama que estaba al lado de la de él, donde en cierto momento descubrimos que alguien se movía bajo las sábanas y era Gustavo, su hermano; la idea de hacerlo en Atenas le gustó, ya que conocía el lugar por haber tocado con Pescado y con Almendra; también se habló de cómo lo íbamos a promocionar, y cuál iba a ser su cachet. Quería que Robles se encargara del sonido, y nos dejaba la organización, promoción e iluminación”.
“En ese sentido, si bien Miguel Grinberg iba a terminar estando en el recital de Atenas, y habló unos minutos, nunca tratamos con él nada concerniente a la contratación de Spinetta ni tuvo algo que ver con la organización del show” aclara Carlos ante alguna versión en contrario: “el primer día de clases después del receso de invierno, se discutió en la división y finalmente optamos por contratar a Luis para alegría de Dalmiro, Jorge y mía; después de comunicarle a Robles nuestra decisión, Jorge y Dalmiro volvieron a viajar a Arribeños”.
“Abrió con ‘Me gusta ese tajo’, luego hizo “Todas las hojas son del viento’ y ‘Cantata...’”
Dalmiro Platini, ingeniero y especialista en administración gubernamental y medio ambiente, aporta lo suyo: “Los papás de Luis nos convidaron con una torta. En esa reunión, él nos entregó el contrato y me dio un cartoncito con un dibujo de su nombre para incorporarlo a los afiches y volantes de propaganda. Días después, Jorge volvió a viajar llevando el contrato que había firmado su mamá, y como le fascinaba el sonido de la guitarra acústica de Luis, le pidió que la tocara. Interpretó “Todas las hojas son del viento” y Jorge, que había estudiado desde chico guitarra y música, ¡pudo realizar su sueño de tocar junto a Spinetta usando una Gibson que Luis tenía! Juntos hicieron ‘Castillo de piedra’ y zaparon un rato. Cuando Luis lo escuchó le dijo: ‘¡Ah, pero sos músico!’”. Hubo dos o tres visitas más a la casa de Luis, antes del recital”.
“En una de esas visitas, pasó por la casa Emilio del Guercio para hablar con Luis...” recuerda Jorge: “En agosto, me llamó mi madre al colegio para avisar que Luis había firmado y confirmaba la fecha del recital. Lamentablemente, nunca encontramos la copia de ese contrato... Para alquilar el lugar, me puse en contacto con Ricardo Mizrahi, empresario platense de espectáculos y dueño del cine Select, y facilitó la contratación de Atenas”.
Carlos añade: “La difusión y propaganda se hicieron con volantes y afiches que diseñó Dalmiro a partir de un dibujo de la cara de Luis que aparecía en un artículo sobre la separación de Almendra, que se había publicado tiempo atrás en el suplemento dominical de EL DIA, firmado por Ricardo Cohen... ¡Con el tiempo pude corroborar que se trataba del mismísimo Rocambole, que por entonces, integraba la Cofradía de la Flor Solar!”.
En la nota de marras, titulada “Réquiem por Almendra”, Cohen encara un extenso y meduloso análisis del naciente rock vernáculo, por entonces a su juicio declinante; el polifacético artista reflexiona que “a comienzos del ‘71 el movimiento ‘beat’ parece haberse aplacado (...) con la misma fuerza con que dos años atrás se impuso, rabiosa y desenfrenadamente (...) Ésta es una época que se caracteriza por lo efímero de sus expresiones, donde lo artístico a menudo sólo sirve como especulación”.
Cohen, ante el adiós de Almendra, caracteriza a Spinetta como “el flaco increíble, músico, poeta y humorista genial”, y a su emblemático grupo como “el conjunto de música joven más importante de todos los tiempos en la Argentina, el grupo de jóvenes delirantes que en la cúspide de su labor creadora, cuando por fin llegaban a arañar el merecido reconocimiento por sus futuristas creaciones, decide separarse y seguir cada cual por sus propios ignotos caminos”.
Retoma Carlos Sorichetti: “El show se hizo el viernes 14 de septiembre de 1973, a las 21. Mis compañeros se ocuparon de atender la boletería. Jorge recibió a Luis Alberto que vino en un Fiat 600 junto a Patricia y un director de cine, que creemos que era Hidalgo Boragno, y los llevó a la cancha de bochas que estaba detrás del escenario, donde el Flaco comenzó a probar su guitarra” dice Carlos. Sigue Jorge: “hacía frío y Patricia estaba sentada, acurrucada al lado de Luis, mientras él calentaba las manos. Después me avisaron que podía llevarlos al despacho de la presidencia del club, y Luis me dijo riéndose: ‘¡acá me deberías haber traído desde el principio!’. En la previa se escucharon algunos temas de ‘El lado oscuro de la luna’ de Pink Floyd, y Boragno proyectó una breve película con imágenes de Luis”.
Carlos acota que “como una especie de presentador, subió Miguel Grinberg, que según me contó Alejandro Mesón estaba bastante enojado porque lo acababan de echar de Radio Municipal, copada por la derecha peronista. Me senté en la primera fila, y a mi derecha se sentó... ¡Grinberg!, al que apenas me atrevía a mirar de reojo. Su presencia y la de Boragno fueron iniciativa de Luis. Él se sentó en el escenario con su guitarra y el primer tema que cantó fue: ‘Me gusta ese tajo’. También hizo ‘Todas las hojas son del viento’, ‘Cantata de puentes amarillos’, y ‘A estos hombres tristes’”...
“En una pausa, hizo subir a un amigo de La Plata, que tocó un tema acompañado por una flauta dulce” repasa Cueto: “Mario Mosto, que tiene una tradicional ferretería, grabó el recital directamente de la consola con un grabador de cinta, pero se perdió. Él y yo habíamos armado la iluminación usando lámparas, cables y latas de pintura vacías de su negocio”.
“Aunque hoy parezca increíble, a ninguno de la división se le ocurrió llevar una cámara y nadie le pidió a Luis un autógrafo” advierte Carlos: “Eran otros tiempos, y ni Spinetta ni el rock argentino eran populares, aunque para nosotros, Luis era un ídolo indiscutido. Con lo recaudado alcanzamos a cubrir su cachet de Luis y el pago del club, pero no nos quedaba nada, cero, para el viaje de fin de curso. Algunos compañeros medio desesperados le pidieron a Luis una rebaja. Hubo agitadas discusiones y un clima de nerviosismo”.
“En ese momento me cuentan que Luis pide ‘¡traigan a Pilín!’, ’¿dónde está Pilín?’...” admite el aludido, “y cuando me acerqué, expliqué que era obvio que se había firmado un contrato y debíamos honrar lo convenido. Al final, se hizo y Luis se retiró un poco molesto. Me llenó de vergüenza ver a unos pocos desubicados insultando y tirándole algún proyectil, que por suerte no impactó, al Fiat 600 mientras se alejaba”.
Para Carlos, la distancia del tiempo sólo agiganta la hazaña: que un grupo de adolescentes sin experiencia, impulsados por puro fervor, lograra organizar un recital del Flaco. Y que Spinetta, generoso, aceptara. El episodio, una joya escondida en la relación entre Spinetta y La Plata, terminó con un poco de lío. Pero también dejó la prueba irrefutable de que sin camarines de lujo ni contratos glamorosos, el Flaco accedió a “bajar” una noche a 13 entre 58 y 59 para cantarle que “mañana es mejor” a un puñado de pibes que creían genuinamente que era posible.
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spinetta según rocambole, en una nota publicada en el día
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