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CINE

Exuberante, desencantado y fascinante

ESCENA DE “LA GRANDE BELLEZZA”, ÚLTIMO FILME DEL ITALIANO PAOLO SORRENTINO, GRAN CANDIDATO A QUEDARSE CON EL OSCAR A LA MEJOR PELÍCULA EXTRANJERA
ESCENA DE “LA GRANDE BELLEZZA”, ÚLTIMO FILME DEL ITALIANO PAOLO SORRENTINO, GRAN CANDIDATO A QUEDARSE CON EL OSCAR A LA MEJOR PELÍCULA EXTRANJERA

Por ALEJANDRO CASTAÑEDA

LA GRANDE BELLEZA, de Paolo Sorrentino.- Es extravagante, autocomplaciente, esteticista, vistosa y fragmentada, pero tiene momentos mágicos y entre sus puntillas y sus delirios nos deja ver un mundillo bello, decadente, fugaz y desbordado. En el centro está Jeb (un soberbio Toni Servillo), periodista cultural, todo un referente de ese mundo fantasioso y ausente. Tiene 65 años y en su juventud escribió una gran novela. Pero no escribió más y hoy vive (como su ciudad) de ese pasado. Estamos en la Roma de los snobs y los artistas, de los raros y los desilusionados. “Los verdaderos habitantes de Roma son los turistas”, dice un relator. Y Sorrentino adopta entonces trazos fellinianos para dejarnos una nueva “Dolce Vita”. Marcelo ahora es un hombre cansado, de lengua filosa, inteligente, desdeñoso, que ante la falta de esperanzas se refugia en el desencanto y el cinismo. Es un personaje clave en ese paraje donde sus calles y sus estatuas parecen ser lo único verdadero ante este desfile de máscaras e imposturas. Hay que saber actuar –enseña Jeb- en las fiestas y en los funerales. Y aceptar la existencia con la suficiente liviandad, porque “la vida es un viaje”, como aconseja Celine. Entre tanta nada, “todo es un truco”, agregará un mago que hace desaparecer cosas en ese mundillo donde todo se esfuma. Por eso reinan la máscara y el espectáculo y por eso el desenfreno será nada más que una buena costumbre.

Al filme le cuesta arrancar, tarda en encontrar el rumbo, pero de a poco te embriaga con sus imágenes, sus rostros, sus diálogos, con su desfile abarrotado de estampas sueltas que parecen pintar mejor que nada el vacío existencial de los que están pero no saben para qué. El filme juega con los excesos y los contrastes. Y presenta a Roma como una ciudad santa y puta: comienza con la imagen de una trotacalles ajada y termina con una monja milagrera trepando por una interminable escalera. De esos extremos está hecha la ciudad, la gente y la película. Su tendencia al desborde, sus planos casuales, sus escenas inexplicables pueden bordear el absurdo. Pero Sorrentino allí nos dice que de esos pedacitos está hecha la vida, porque al final del camino lo que le quedará a Jeb “es el olor a comida de la casa de los viejos” y el recuerdo de ese amor adolescente, único refugio ante tanta soledad y hastío. (***** EXCELENTE)

PREMIO INESPERADO

NEBRASKA, de Alexander Payne.- Después de recibir un falso premio por correo, Woody Grant, un anciano con Alzeheimer, cree que se ha vuelto rico y obligará a su hijo David a emprender un largo viaje para ir a cobrarlo. Poco a poco, la relación entre ambos —rota durante varios años por las borracheras de Woody— irá adquiriendo singulares matices. Es un típico filme de Alexaner Payne (“Entre copas” y “Los descendientes”), con personajes grises, relaciones humanas conflictivas, gente perdedora, y el viaje y el camino como desafío y revelación.

Comedia dramática, agridulce y sensible, que tiene en Bruce Dern -un conmovedor Woody- el mayor exponente de un elenco actoral sin fisuras. Otra historia sencilla, melancólica y emotiva que reflexiona sobre el paso del tiempo, por supuesto, sobre las difíciles relaciones familiares, pero que también echa un poco de luz tristona sobre esos pueblos perdidos a los que la crisis los dejó inmóviles y casi desiertos, paisajes mustios poblados por una veteranía desganada que gasta sus horas y sus últimas ilusiones en la cerveza, el bar la TV. Son seres dominados por la rutina a quienes una fantasía (ese falso premio), los despertará y les obligará a revelar el verdadero rostro de sus intereses: codicia, tedio, violencia, hastío, mentiras. Y por allí andará Woody, quien a falta de mejores horizontes, apostará sus últimas horas a soñar con algo en algo, porque –como dice el hijo cuando van a buscar ese millón de dólares- “él cree lo que la gente le dice”. Al final, tuvo sentido tanto recorrido: el viaje con su hijo fue el mejor premio. (**** MUY BUENA)

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