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Opinión |ANALISIS - CLAVES PARA ENTENDER
¿Por qué son tan caros los alimentos?

Por MARTIN TETAZ (*)

¿Por qué son tan caros los alimentos?

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30 de Abril de 2017 | 04:31
Edición impresa

Twitter: @martintetaz

Todo el que ha viajado tiene una anécdota similar. Desde la Coca de 1,5 litros a un dólar en Miami, hasta la bandejita de diez piezas de sushi a nueve dólares en New York, pasando por un almuerzo en plena Puerta del Sol a menos de diez euros, más barato que un menú ejecutivo del centro de Buenos Aires.

La “sensación térmica” se corrobora en un reciente informe elaborado por Martín Grosz, de Clarín, en el que muestra que una selección de 27 productos de consumo masivo cuesta en un supermercado argentino un 8% más que en Estados Unidos, un 24% más que en Francia y un 68% más que en Madrid.

Es cierto que los precios de lista son un poco mentirosos en nuestras tierras, porque a fuerza de promociones y descuentos de bancos y tarjetas, pocas veces pagamos el precio pleno que figura en góndola. De todos modos, esas estrategias de comercialización podrían explicar como máximo un 20% de sobreprecios y nunca el 50% que en promedio encontró Grosz.

También es verdad que, como contrapartida, en Buenos Aires pagamos muy barato el transporte público en comparación a las otras capitales latinoamericanas, por no mencionar los subtes carísimos de Londres o París. No todo es más caro acá

TRES SOSPECHOSOS

El primer responsable de los altos precios es el sistema impositivo. Al 21% del IVA para la mayoría de los alimentos (leche fluida no paga ese impuesto, mientras que el pan tiene una alícuota del 10,5%) hay que sumar el impuesto a los ingresos brutos, que además de ser sumamente distorsivo, está escondido en el precio, porque a diferencia del IVA nadie sabe cuánto de ese gravamen hay en cada producto. Sumémosle a eso los impuestos internos que tienen algunas bebidas, pero también las tasas municipales y los aportes a la seguridad social.

El primer responsable de los altos precios es el sistema impositivo. Al 21% del IVA para la mayoría de los alimentos (leche fluida no paga ese impuesto, mientras que el pan tiene una alícuota del 10,5%) hay que sumar el impuesto a los ingresos brutos, que además de ser sumamente distorsivo, está escondido en el precio

La segunda razón por la que pagamos alimentos tan caros es que hay poca competencia. Nuestro país tiene una de las economías más cerradas de la región, con numerosas trabas a las importaciones que aún persisten a pesar del cambio de gobierno. Lo curioso es que cuando se propone abrir la economía al comercio internacional para disciplinar a los formadores de precios locales, emerge un poderoso lobby de empresarios que argumentan que abrir la economía los pondría al borde del knock out, obligándolos a reducir personal. Paradójicamente los grandes fabricantes de alimentos de la región son multinacionales con presencia local, pero mientras que en los países limítrofes fijan precios con menor margen, aquí aprovechan la falta de competencia para inflarlos.

La tercera razón es que la cadena de intermediación, que básicamente se compone de transporte, logística de almacenamiento y distribución, es ineficiente y cara en nuestro país. Lo primero por la baja competencia general de la economía y lo segundo porque por falta de infraestructura combinada con dólar barato, sale más caro traer en camiones la producción de Río Negro, Mendoza o Tucumán, que transportarla en barco desde los grandes mercados internacionales hasta el puerto de Buenos Aires.

El tema cambiario no es menor. En noviembre del 2015, previo a la devaluación, los precios se multiplicaban 8,3 veces entre el productor y la góndola, según el relevamiento de la CAME.

Devaluación mediante, en marzo del año pasado esa relación había caído a solo 5,6 veces y en la última medición de febrero pasado, un producto cuyo costo de fabricación es de $10 para el productor, llega a góndola a$47,5. Cuando el dólar está barato, los costos salariales en pesos tienen mayor preponderancia en toda la cadena, inflando los precios a medida que recorren el trayecto hasta el mostrador.

Si el dólar estuviera a $25, como proponen algunos economistas, los precios argentinos medidos en esa moneda no serían más altos que los de cualquier supermercado de la región. Pero claro, tampoco los salarios de un repositor o un cajero, medidos en moneda extranjera, serían tan altos como en Europa. Para tener una idea, en España el salario bruto medio de un trabajador de supermercado es de 1.531 euros por mes, cifra similar a la que se cobra en Argentina en ese gremio.

Por último, los altos márgenes de remarcación en todos los eslabones de la cadena de agregación de valor, obedecen también al mayor riesgo de los negocios en Argentina. Con estabilidad macro y mayor seguridad jurídica, sin dudas los porcentajes de remarcación serían menores.

COMO BAJAR LOS PRECIOS SIN MORIR EN EL INTENTO

Para combatir el flagelo de los altos precios lo más rápido y efectivo es bajar fuerte el componente impositivo, en el mismo sentido que lo acaba de proponer Sergio Massa. Pero la medida tiene varios problemas.

Simultáneamente sería necesario aumentar otros gravámenes o recortar el gasto público, porque el fisco dejaría de percibir el importe de esos impuestos. En el caso de los tributos provinciales se necesitarían además convenios con las provincias, que tendrían que aprobar las reducciones en sus legislaturas. Lo mismo ocurriría con los municipios.

En segundo lugar, nada garantiza que los sucesivos eslabones de la cadena trasladen la baja impositiva a menores precios y no se queden con un mayor margen en sus bolsillos. Probablemente sería más conveniente que la reducción fuera operativa como una devolución en la tarjeta de crédito o directamente en la SUBE, para el caso de los consumidores no bancarizados.

Por otro lado, una medida de estas características también abriría una gran oportunidad, puesto que la rebaja en alimentos podría hacerse focalizada en productos de bajo riesgo para la salud. Incluso más; si la baja en los impuestos de los bienes de primera necesidad que sean nutricionalmente recomendables, se combina con una suba en las alícuotas de las gaseosas regulares, los snacks y otros productos de alto contenido graso, podría autofinanciarse en parte la rebaja y al mismo tiempo mejorar sustancialmente los indicadores de salud de la población.

 

(*) El autor es economista, profesor de la UNLP y la UNNoBA, investigador del Instituto de Integración Latinoamericana (IIL) y autor de "Casual Mente" y "Psychonomics"

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