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Opinión |PANORAMA NACIONAL
Las cartas que empieza a mostrar el Gobierno para ensayar la aventura de la reelección

No aguarda grandes noticias en materia económica. Por eso, busca imponer una agenda que incluya seguridad y lucha contra la corrupción. La crisis en Venezuela suma a su plan

Las cartas que empieza a mostrar el Gobierno para ensayar la aventura de la reelección

El Presidente, junto a la Gobernadora Vidal en Ezeiza/TÉLAM

Por: CARLOS BAROLO

27 de Enero de 2019 | 02:03
Edición impresa

El Gobierno mira el almanaque y comienza a operar en consecuencia. Se abraza a cierta estabilidad precaria de algunas variables económicas para entusiasmarse con que no hay dos sin tres y que este año que recién está por consumir su primer mes de existencia le dará a Cambiemos su tercer triunfo electoral consecutivo.

Se trata por ahora de más voluntarismo que realidad. El dólar mantiene cierta calma y el riesgo país comenzó a ceder desde los récords de finales de 2018, aunque su marca transforma en prohibitiva cualquier chance de salir a buscar financiamiento en los mercados internacionales. Habría que anotar que la inflación viene cediendo, pero no al paso que pretenden en el oficialismo.

El escenario económico prevé traer hacia las costas del Gobierno, señales más bien módicas. El propio FMI plantea que la contracción del PBI será del 1,6 y que la recesión ha decidido acampar acompañada de caída de salarios, tasas prohibitivas y el ajuste fiscal al que se comprometió Mauricio Macri con el Fondo.

Las esperanzas de reactivación encuentran, además, fechas imprecisas. Segundo o tercer trimestre, estiman algunos técnicos. Casi hacia fin de año, pronostican otros. El oficialismo necesita que esas señales asomen la cabeza cuanto antes. Sabe que no todo es lineal, porque ese tenue reverdecer llegaría primero para algunas economías regionales. En cambio, una posible mejora será poco menos que imperceptible para los cordones industriales, por caso, del Conurbano bonaerense.

Todo depende, además, de que no existan complicaciones en el frente externo que disparen en alguna corrida cambiaria. Por ahora, ese escenario no se percibe, pero el bolsillo de los argentinos no perciben ninguna mejora.

El entusiasmo oficial radica en que dice contar con números de encuestas que indican que Mauricio Macri ha logrado subir su imagen en sintonía con aquella estabilidad financiera. Pero aún ascendiendo trabajosamente peldaño por peldaño, su suerte final sigue incierta frente a la candidatura de Cristina Kirchner.

“La pelea contra la corrupción y la inseguridad asoma como una de las cartas electorales del oficialismo”

 

Prendiendo velas a que esa economía en estado precario se sostenga al menos sin hacer olas, el Gobierno va dejando mostrar su cartas. Lo que es, además, descubrir cuál será su hoja de ruta electoral y qué temas intentará poner en debate.

Enero dejó varias muestras de ese plan. La última, el dictado del polémico DNU con el que se busca recuperar para el Estado los bienes generados por hechos de corrupción.

El Gobierno está convencido de ese plan por varias razones. En primera instancia, porque formó parte de su compromiso frente a la gente cuando la coalición electoral se presentó en sociedad. También, porque la lucha contra la corrupción, aún a pesar de la espada de Damocles que supone la economía, nunca dejó de estar en el radar de las inquietudes ciudadanas. Finalmente, porque supone un arma poderosa para acorralar al kirchnerismo.

No parece casual que la Casa Rosada esté dispuesta a llevar la discusión al Congreso con la excusa de atender las objeciones sobre la supuesta inconstitucionalidad del decreto que avanza sobre cuestiones penales, algo prohibido por la Constitución. Sin embargo, el propósito no declarado es acorralar a las huestes de Cristina Kirchner, que se han mostrado refractarias a convalidar un proyecto que fue y vino de la Cámara de Diputados al Senado y que terminó anclado en los vericuetos palaciegos.

Las políticas contra la inseguridad y el narcotráfico suponen otra de las armas oficiales. Es notable cómo la ministra Patricia Bullrich ha levantado el perfil en los últimos meses, con desafiantes declaraciones. A Bullrich -y al Gobierno- no les incomoda que la comparen con el presidente brasileño Jair Bolsonaro. Lejos de considerarlo un demérito, lo interpretan como una virtud. Tanto, que la funcionaria entró en el bolillero de los posibles acompañantes de Macri en la posible fórmula presidencial del oficialismo.

Un cuarto elemento de análisis remite una vez más a Cristina Kirchner. La profunda crisis que afronta Venezuela y la rápida condena del Presidente al régimen de Nicolás Maduro, excede al mero alineamiento con las políticas de Estados Unidos y Donald Trump: es, también, una forma de intentar comparar “modelos” y recordar la fuerte identificación de la administración K con el chavismo.

En medio de esa puja busca colarse el Peronismo Federal, con la expectativa de recoger una porción de algo así como el 40 por ciento del electorado que dice que no votaría ni a Cristina ni a Macri.

Por ahora lo caminos de unidad de ese espacio colisionan entre los escenarios que imaginan candidatos presidenciales declarados como Sergio Massa y Juan Manuel Urtubey, y el que se dibuja en torno de Roberto Lavagna.

El ex ministro de Economía aspiraría a ser el candidato de unidad de es espacio, sumando al socialismo, a Margarita Stolbizer y a sectores díscolos del radicalismo. Pero rechaza participar de una Primaria como le propuso públicamente Urtubey en los últimos días.

En los análisis más fríos del oficialismo la opción Lavagna no se descarta. Conceden que hoy por hoy, un escenario con Massa bajándose de la competencia no es viable porque el tigrense mide cerca de 15 puntos y es el dirigente más ponderado del peronismo no K.

Pero todavía hay mucho trecho por recorrer. “Lo de Lavagna no existe”, lanzó la filosa lengua de Elisa Carrió tras limar asperezas con el Presidente.

No es, sin embargo, lo que piensa algún sector de Cambiemos. Remiten a enero de 2015 para encender luces de alerta. Recuerdan que por entonces, Macri y Massa estaban casi empatados en las encuestas. Y que dos meses después, tras la cumbre radical de Gualeguaychú, el líder del PRO se disparó y terminó siendo presidente. No sea cosa, dicen, que el Macri de entonces termine siendo Lavagna.

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