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Entró a Ingeniería a los 16 y se recibió a los 20. Se doctoró en la UBA, ingresó al Conicet en 1976. pionera y multipremiada, está por jubilarse

“Los alumnos hoy tendrían que llegar a la Universidad mejor preparados”

Noemí Zaritzky, una de las investigadoras más prestigiosas del país, se refirió al temor de los chicos por la matemática. Habló de la ciencia. Y definió al estudio como un trabajo que debe realizarse en óptimas condiciones

“Los alumnos hoy tendrían que llegar a la Universidad mejor preparados”

La científica Noemí Zaritzky en el CIDCA, el más importante instituto en ingeniería de alimentos del país / D. Alday

Por: CARLOS ALTAVISTA

caltavista@eldia.com

Noemí Elisabet Zaritzky de Ghener (68) es una de las científicas más prestigiosas del país. Ingresó a la Facultad de Ingeniería platense con 16 años recién cumplidos y se graduó con 20. Es ingeniería química (UNLP), doctora en ciencias químicas (UBA), profesora universitaria e investigadora superior del Conicet. Recibió el premio al Investigador de la Nación Argentina y el premio Bernardo Houssey Trayectoria (ambos en 2015), entre decenas de distinciones a nivel local e internacional (ver aparte). Aunque seguirá trabajando, el mes que viene se jubila. La “excusa” perfecta para saber qué opina del temor de los chicos por las matemáticas, la enseñanza de ayer y de hoy, la mujer en la universidad y en el sistema científico y tecnológico, la ciencia en nuestro país. Y mucho más.

Desde su austero despacho en el Centro de Investigación y Desarrollo en Criotecnología de Alimentos (CIDCA), dependiente de Ciencias Exactas y del Conicet, Noemí Zaritzky se refirió al supuesto “cuco” que ven los jóvenes en las matemáticas y que cada año provoca una invasión de inscriptos en carreras humanísticas. “No sé si es más sencillo psicología que ingeniería -ejemplificó-, eso depende de lo que le guste a cada uno y de sus capacidades. Creo que dentro del universo hay toda una distribución de cualidades, algunos tienen más facilidad para las matemáticas, otros para la escritura, la pintura, hay cualidades que se superponen. Y esa suma hace a la personalidad”.

Así, piensa que no existe un “tabú” para con los números, pues “hay un componente personal, a uno le tiene que gustar la abstracción, y existe gente a la que le cuesta más la abstracción y otra a la cual le resulta más fácil”.

No obstante, como docente de “una materia que es pura matemática”, reconoce que los chicos “vienen con mala base” y que “deberían estar mejor preparados que antes porque tienen más estímulos. A nosotros nadie nos incentivaba. Te daban la cuenta y arreglate como puedas. Y nadie se esforzaba por explicarte demasiado. Ahora hay muchas formas de incentivar a los chicos que antes no existían porque no había computadoras, ni calculadoras, ni nada. Hay programas que grafican funciones en dos minutos. Me acuerdo cuando estaba en primer año de ingeniería, te daban una función rarísima, que no sabíamos de qué era, y tenías que dibujarla en el papel milimetrado”, recuerda y sonríe.

¿Y desde cuándo se deben aplicar esas herramientas para estimular a los chicos? “Desde la escuela primaria”, dispara, y aclara que “a los chicos hay que explicarles el por qué y el para qué de cada función matemática con ejemplos de la vida cotidiana. Deben saber para qué sirve dividir y de dónde viene la división. Porque hoy en día cuestionan mucho el para qué sirve. Yo doy temas súper abstractos, pero -incluso a nivel universitario- trato de darles la explicación física de porqué los vamos a estudiar y porqué necesitamos un modelo matemático de equis problema para poder calcular esto, diseñar lo otro. En la medida en que (el alumno) sepa el para qué de algo y de dónde sale, yo creo que se entusiasma. Es darle sentido a las cosas”.

“Hoy se invierte en ciencia menos que los países vecinos. Nos pasaron por arriba. Es triste tener el material humano y no desarrollarlo”

“Los chicos vienen con mala base, y deberían estar mejor preparados que antes porque tienen más estímulos, más herramientas”

 

Luego está el contexto, apunta Noemí Zaritzky para referirse a los colegios de procedencia de los alumnos universitarios y al rol clave de sus profesores y directivos.

En ese punto se abre un paréntesis, y la eminente científica se remonta a “sus” escuelas. “Entré a la Anexa por test. Pero como sabía leer y escribir, mi mamá quiso que diese primer grado inferior libre. Como los colegios de la universidad no lo permitían, lo hice en la Escuela Nº 11 (12 y 68). Después cursé el secundario en el Normal 2, donde di libre segundo año porque mi hermano hizo lo propio en tercero del Nacional y me jugó una apuesta”, comenta y sonríe otra vez.

Volviendo al ingreso a la universidad y a Ingeniería en particular, dice que “los colegios universitarios son muy buenos. El otro día di una charla en el Liceo y noté que los chicos estaban muy preparados. Luego hay algunas privadas buenas... No todos traen el mismo nivel, pero eso depende mucho de los profesores, del director. Hay que despertar el interés en los chicos, lograr que les guste (la disciplina), pero para eso hay que entender. A mi me parece que a veces, ciertos profesores no explican bien. El chico no entiende, tiene una explicación muy cerrada, o no le explican para qué le puede servir una herramienta matemática. Y se vuelve más escéptico. Es muy importante la formación de los docentes. Y con las herramientas de hoy en día hay formas más accesibles para enseñar y atraer la atención de los alumnos. La relación profesor-alumno es fundamental. Esa es mi idea”, cierra.

Zaritzky siempre aclara que lo que dice es “su” opinión. Lejos de considerarse dueña de alguna verdad, no responde ninguna pregunta sin antes subrayar: “ojo, es lo que yo pienso”.

“Estudiar es un trabajo”

¿Cree que habría que orientar el ingreso a la Universidad teniendo en cuenta los desfasajes entre carreras? “No lo sé. Lo que sé es que la docencia y el estudio son trabajos, y deben realizarse en muy buenas condiciones. Veo que Medicina, por ejemplo, está desbordada. Si no hay presupuesto, aulas suficientes, docentes suficientes, si los alumnos no pueden ver bien los preparados, no se puede. Es un caos, nadie aprende y hay chicos que van a institutos privados paralelos. Eso es una locura. Si uno va a las clases y no escucha bien, no ve bien, se desalienta. En una clase tienen que estar todos sentados y cómodos, sin frío ni calor, con buena luz, escuchar bien. A mí me había tocado un aula chica en la que los pibes no entraban, y dije ‘no doy más clases hasta que no me consigan un aula más grande’”, cuenta.

“Para aprender, el chico tiene que concentrarse. Luego está la función del docente, de captar su atención, pero para ello lo tienen que escuchar bien, tiene que haber un buen ambiente, hablar alto. Es como un show. Y hay que tomarlo así y que todos lo disfruten”, define, para añadir que “si uno va a hablar para tres y el resto no va a escuchar, es una pérdida de tiempo. Que haya más gente que espacio o docentes insuficientes para explicar es responsabilidad de quien dirige una carrera”.

¿Y la ciencia? ¿Cómo está? “En capacidad, muy bien posicionada. En cuanto a recursos, este gobierno la ha descuidado muchísimo, al punto de no tener en los institutos presupuesto para pagar la luz. Fueron muy descuidados. Nosotros sufrimos un incendio hace un mes, o un poco más, y perdimos un montón de cosas. A duras penas conseguimos fondos para limpiar y poner el instituto nuevamente en marcha. Pero ya veníamos con problemas. No se podía pintar, no se podía arreglar. No teníamos un peso, nos quedábamos bajo cero”, asegura, para pasar a otro plano: “a veces ni siquiera es cuestión de plata, sino de demostrar que lo que se hace les interesa. Pero nunca se notó que les importaran los desarrollos que uno pudiera hacer. Y eso es un gran desperdicio. Desmerecieron el esfuerzo, consciente o inconscientemente, no sé, pero ningunearon el sistema de ciencia y tecnología”.

Miembro titular de la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, donde conviven eminencias de todas esas disciplinas, Zaritzky no pierde en ningún momento la visión macro. “Hay chicos que no comen, no tienen techo, las escuelas se vienen abajo, pero aquí nadie pide que le compren el último aparato. Lo que ocurre es que ni siquiera se puede arreglar lo que se tiene. Y para hacer ciencia, así como para transferirla a la industria, se requiere de una infraestructura básica. En su momento tuvimos instrumentos de última generación. Pero ahora hay que remontar 4 años de desfinanciación. Fui directora del CIDCA hasta 2016, y la factura de luz era de 15 mil pesos. Ahora es de 80 mil y tenemos el mismo presupuesto. Antes se resolvía con viveza, artesanía, creatividad, pero ¿hasta dónde?. Si hoy no contás con el instrumental, ¿cuánta genialidad podés tener?”, finalizó.

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