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Festifreak, última función: cinco historias de “Invasión”, la película de culto que firmaron Borges y Bioy

Esta noche, cerrando el festival, se proyectará la mítica cinta de Hugo Santiago en su 50° aniversario

Festifreak, última función: cinco historias de “Invasión”, la película de culto que firmaron Borges y Bioy

“Invasión”, primera película de Hugo Santiago Muchnik, se proyectará esta noche, a las 20, en el Cine Select

“Invasión” cumple este año 50 temporadas desde su estreno: la primera película de Hugo Santiago Muchnik, que se proyectará esta noche, a las 20 en el Cine Select, a modo de homenaje, aniversario y cierre del 15° FestiFreak, contaba con un guión firmado por Borges y Bioy Casares, pero aún así no alcanzó para que el público y la crítica la celebraran: fue un fracaso, luego olvidada y finalmente prohibida, antes de resurgir como una cinta de culto, fundamental, vanguardista, en la historia del cine nacional.

¿Cómo se constituyó este “ovni” cinematográfico de 1969? A continuación, repasamos varias historias en torno a la vida de “Invasión”.

Los caminos de Muchnik

Hugo Santiago Muchnik era joven y poco ilustre cuando, con apenas 23 años, convenció a Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares de realizar una película con él. Había vivido en Francia desde 1959, becado por el Fondo Nacional de las Artes, donde por tesón llegó no solo a conocer a su ídolo, Robert Bresson, sino a oficiar de asistente de dirección en “El proceso de Juana de Arco”.

A Bresson lo conoció en una cena en la casa de Jean Cocteau. El escritor y cineasta le dijo a Bresson que un joven poeta había venido desde el otro lado del mundo solo para conocerlo. Bresson se acercó a Muchnik y charlaron, aunque el argentino apenas sabía el idioma. “Bresson no sabía qué hacer conmigo, pero comprendió que no se libraría de mí fácilmente: terminó aceptándome como uno de sus tres asistentes”, contaba Hugo Santiago en una entrevista.

Convenciendo a Borges y Bioy

Aristas del cine puro de Bresson, hecho de gestos, sonidos, materia cinematográfica (en oposición al “qualité”, a las adaptaciones literarias de guiones psicologistas, grandilocuentes y artificiales que eran norma en la industria francesa) empaparía “Invasión”, pero también el cine que estallaba en aquellos años en Francia: la nouvelle vague le mostraría a Santiago que la cámara puede más que solo retratar, que también puede bailar y jugar con sus personajes y sus planos.

“Alphaville”, de Godard, sería una influencia totémica de su ópera prima, junto con la concepción del fantástico de los guionistas, Borges y Bioy. Cómo convenció Muchnik, de 30 años, a estos dos consagrados escritores a escribir una película sin un solo crédito como cineasta es un enigma. Y la dupla incluso intentó bajarse tras escribir el resumen del filme. Pero Santiago perseveró y no solo consiguió a las dos plumas, sino también, de paso, a Aníbal Troilo, para que compusiera el tema central de la banda sonora, “Milonga de Manuel Flores”, con letra de Borges.

“No entendí una sola palabra”

Santiago, Borges y Bioy escribieron un guion sumamente borgiano, en una Buenos Aires ficcionada y orillera (“Aquilea”) donde se dan cita dos fuerzas. Los habitantes de Aquilea, con aire de compadrito y verba pulida, resisten la invasión. “Luchan hasta el fin, sin sospechar que su batalla es infinita”, dice la sinopsis. Al enemigo se lo intuye, pero no se sabe quién es. Ese ha sido eje de arduo debate en la cinefilia.

Y también lo era, entonces, de los actores, que nunca entendieron la película. A Olga Zubarry, que protagoniza el filme junto a Lautaro Murúa, le preguntaron muchas veces sobre el plano final del filme: ella se burlaba y afirmaba que seguramente su rostro reflejaba una ambigüedad siniestra “porque yo no entendí una sola palabra de lo que estábamos haciendo”. Zubarry solía enviar a quienes la consultaban por el significado de “Invasión” a “solicitarle alguna respuesta a Santiago, que se internó en París”.

Es qué, ¿contra qué era la resistencia? ¿Era una película contra las fuerzas del progreso del siglo XX? ¿Contra el embate colonizar que bajo el nombre de la modernización viene a reemplazar a la vieja ciudad? Hay máquinas y sonidos del invasor que abonan a la teoría, y estábamos en pleno gobierno de de Onganía. Y los “agentes Smith” que persiguen a nuestro protagonista bien podrían referenciar la deshumanización, la falta de individualidad de un invasor, por ejemplo, soviético (estamos en plena Guerra Fría), pero también de la pérdida de individualidad en el feroz capitalismo.

¿O es esta una historia contra el avance de una otredad ominosa, quizás incluso sobre el avance del populismo, alineada a ficciones como “Casa Tomada”, alineado con la visión antipopular que suele endilgarse a los guionistas? Si el filme tenía un significado político intencional, disparaba además otra discusión, sobre el cisma entre las vanguardias políticas y estéticas. Pero Borges dijo que ubicó la acción en 1957 porque para él no remitía a ningún acontecimiento histórico… aunque aquel año era plena presidencia de facto de Aramburu, y la película se estrenó durante otro gobierno de facto. Muchos críticos llegaron a señalar, incluso, que supo anticipar el clima de época, las persecuciones y la lucha en tiempos de la dictadura cívico-militar que comenzó en 1976.

El estreno y el rechazo

La falta de un sentido claro, la falta de un referente para aquel contenido, puede haber obstaculizado el éxito inicial de la película: también, su calidad de artefacto extraño, entre el cine clásico y las vanguardias francesas, sin género, con unos diálogos estilizados y unos personajes tipo, sin la clásica “evolución” de índole psicologista. Y un uso de la cámara y el montaje de vanguardia. Y, además, jugando grado cero del cine, al objeto cinematográfico puro, que evita justamente realizar conclusiones acerca de quién invade, y por qué.

Por todos estos factores, la película fue un fracaso comercial: se estrenó el 16 de octubre de 1969 en el desaparecido cine Hindú de Buenos Aires, y a la salida de su primera función Bioy retrató las impresiones de sus colegas: nadie estaba entusiasmado. “’El bodrio del año’, afirma tristemente un desconocido”, escribió en su diario.

Censura y después

La crítica fue dura con “Invasión”, y nadie fue a verla. Pasaron años, y llegó la dictadura cívico-militar del 76: Muchnik ya estaba en Francia otra vez cuando la película fue prohibida. En 1978 desaparecieron ocho de las doce bobinas del negativo de “Invasión”: Santiago nunca dudó que fuera obra de la dictadura.

“Nos dijeron que robaban los negativos para sacar las sales y el nitrato de plata y la plata, pero resulta que después de la Guerra Mundial los negativos no son más como eran antes, no se puede hacer eso. Otros decían que era para fundirlos y hacer peines. No: fue un operativo. Vinieron y los robaron”, contó al diario Página/12.

Una nueva copia sería ensamblada en Francia, a partir de copias que habían sobrevivido, a principios de siglo. El mito se ponía en pantalla, casi un milagro. Y sin dudas, una victoria de la resistencia.

 

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