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Entre tiempos

Entre tiempos

Por: Rosana Cecilia Grisolía

25 de Julio de 2021 | 03:22
Edición impresa

Licenciada en Psicología

Cuando se transita esa etapa que se suele definir como la “mediana edad”, nos enfrentamos a desafíos: los que refieren a lo exclusivamente personal y los que están determinados por nuestros vínculos.

Si somos padres, debemos acompañar y también aceptar la autonomía que progresivamente van adquiriendo nuestros hijos. Simultáneamente, respecto de nuestros progenitores, advertimos el paso del tiempo y, en ocasiones, asumimos ser sostén de quienes fueron los nuestros en un pasado.

Estar “ocupado”, quizás pudiera ser una definición: ocupado en aquellos que son hijos y en aquellos que son padres; amén de estarlo en las exigencias que conlleva ir plasmando el propio proyecto vital.

Si en el transcurso de nuestra adolescencia habíamos advertido que nuestros padres ya no eran aquellos seres invencibles que supusimos en la infancia, ¿qué mirada descubrimos cuando -ya nosotros adultos- encontramos en ellos una merma en la actividad, un deterioro físico o psíquico -o ambos-, una muestra de la finitud de la vida misma?

¿Cómo poder pasar de ese “estado” en que éramos quienes demandábamos a ellos atención, consejo, seguridad, a este otro que la vida propone: ser quienes debemos atender sus demandas, buscar alternativas de solución a sus problemas, acompañar sus procesos de pérdidas (las que implica el término de la actividad laboral, las que se derivan de la ausencia de sus compañeros de vida o de sus pares)?

¿Cómo -al unísono- atender las responsabilidades que en tanto padres nos convocan: dar afecto, escucha, abrigo, consejo, manutención y acompañamiento a nuestros hijos, permitirles que, a medida que crecen, vayan gradualmente asumiendo autonomía, y aceptar los cuestionamientos y desafíos que implica que transiten su adolescencia?

Lo señalado supone un trabajo arduo: ser padre e hijo, y tratar de responderse acerca del propio deseo. Esa labor que implica decisiones, que determina acciones, que a veces conlleva confusión, que lleva a preguntas respecto de qué está bien y qué no y otras referidas al lugar que ocupa el deseo del/los otros y el propio, requiere tiempo.

Ese tiempo que es para sí y para otros, y que exige ser distribuido, entre las obligaciones diarias laborales y de la intimidad de un hogar, y aquellas que se derivan de velar, no solo por la progenie, sino por aquellos que nos preceden en el árbol genealógico.

Nos hacemos conscientes del tiempo y de los cambios que ello supone. Quizás, cuando envejecen quienes nos precedieron y crecen quienes nos continúan, no podemos desconocer el transcurrir de lo vivo, lo ya transitado y lo irremediable que supone aceptar la finitud de la vida.

Por ende, no solo se trata de discernir qué tiempo presente emplear en qué acción, sino también preguntarnos acerca de nuestro propio tránsito, qué sentimos, qué hacemos con lo que sentimos, cómo nos vinculamos con los otros significativos.

Ellos, al igual que nosotros, viven sus tiempos; tiempos disímiles –verdad- pero que simultáneamente, nos convocan a transformar y transformarnos en consonancia con los cambios que supone lo temporal y con las formas en que demostramos el afecto y nos relacionamos con nuestros padres y con nuestros hijos.

 

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