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Espectáculos |EL ESTRENO DE LA SEMANA
“Cry Macho”: un Eastwood sentimental baila boleros contra la masculinidad arcaica

El ícono de Hollywood protagoniza y dirige, a los 91 años, un western donde deconstruye al cowboy, el tradicional héroe del cine norteamericano, mientras se hace amigo de un muchachito mexicano

“Cry Macho”: un Eastwood sentimental baila boleros contra la masculinidad arcaica

Clint Eastwood en “Cry Macho”, nuevo filme que protagoniza y dirige y que llega hoy a las salas locales / Outnow

Pedro Garay

Por: Pedro Garay
pgaray@eldia.com

16 de Septiembre de 2021 | 02:10
Edición impresa

“Es como todo en la vida: uno piensa que tiene todas las respuestas; después se da cuenta de que no tiene ninguna, pero cuando se da cuenta ya es tarde”, lanza, con la voz ronca, Mike Milo, protagonista de “Cry Macho”, un viejo vaquero y alter ego perfecto de Clint Eastwood, hombre de sombrero y vaqueros gastados, capaz de domar un caballo salvaje con la mirada y arreglar cualquier aparato, árido como el paisaje que transita, pero que, detrás de las capas de polvo y años duros, esconde una sabiduría de pocas palabras, sin pretensiones de monologar: es experiencia, diría Milo, ese peine que, como decía Ringo Bonavena, te dan cuando ya te quedaste pelado.

Eastwood, que dirige y protagoniza, también encarna esa sabiduría melancólica: la maestría de un cineasta capaz de filmar con 90 años en medio de una pandemia y con su habitual sencillez narrativa, cine clásico puro, pero además que, como su protagonista, es capaz de revisar en el camino su propio pasado, y reescribirlo. Porque “Cry Macho” es un western, pero un western donde, lejos del estereotipo que Eastwood ayudó a extender, los héroes, los machos, también lloran, desmitificando en el camino al gran héroe del cine, el cowboy.

En esta historia sentimental de Eastwood, no hay lugar para los machos

 

Para hacerlo, Eastwood echa mano de lo que ya es una fórmula en su filmografía, y construye otra especie de “buddy movie”, película de “pareja despareja”, que une por circunstancias impostergables a un viejo aplastado por la vida con un niño rebelde, que lo desafía y desafía sus creencias. Es un encuentro con una otredad, con la juventud y sus valores, como en “Un mundo perfecto”, pero, como en “Gran Torino”, la otredad es doble: en aquella cinta de 2008, un veterano de la guerra de Corea quedaba emparejado con un inmigrante surcoreano; en “Cry Macho”, el compañero de ruta de Mike Milo es Rafo, un joven mexicano interpretado por Eduardo Minett que sin dudas percibirán algunos de este lado del hemisferio como un personaje que carga con algunos estereotipos a cuestas.

Milo tiene que reunir a Rafo con su padre texano: el personaje de Eastwood fue una estrella del rodeo, además de dedicarse a la cría de caballos, pero para 1979 ya está casi derrotado por el alcohol y las tragedias familiares. Sin trabajo, es buscado por un viejo jefe: necesita que rescate a su hijo que vive en México, aparentemente en una relación abusiva con su madre y su entorno.

Eastwood sube a su camioneta roja y atraviesa Texas hasta llegar a México, y allí encuentra a un muchacho que con solo 14 años sobrevive por su cuenta en las calles mexicanas, junto a su gallo de batalla, Macho. Rafo es un ferviente creyente en los mitos de la masculinidad (ergo el nombre de su gallo); Milo, en cambio, es la encarnación de esos valores, pero los rechaza. Todo eso de ser bien macho le parece una pavada al viejo vaquero, a quien arriesgar su vida en los rodeos solo le ha traído dolor.

Tenemos así un western, un southern, quizás, completo con paisajes áridos, vaqueros durmiendo a la intemperie, doma de caballos, autoridades corruptas, doncellas caritativas y mujeres fatales, pero que se deconstruye a sí mismo, negando el mito de su héroe: no habrá sacrificios finales, ni tragedias ni tiroteos, ni grandes persecuciones; en lugar de eso, Milo enseñará al joven Rafo a cuidar animales, mientras se enamora de la dueña de una cantina perdida en el México profundo.

Los paralelismos entre Milo e Eastwood se acentúan: el director y protagonista no dudó en montar los caballos en las escenas de doma: “Cuando volví a montar, la adiestradora no estaba muy convencida. Me decía que tuviera cuidado, porque tenía miedo de que yo terminara con mi trasero en el suelo. Pero si tratas a tu caballo como a un amigo, él sabrá cuidarte. Y así ocurrió”, contó el ícono del cine en una entrevista reciente.

Entonces, en lugar de esos lugares comunes del western, habrá sentimentalismo: romance, momentos un poco melodramáticos y música incidental emotiva. Hasta suena “Sabor a mi”, el dulce bolero de Los Panchos, mientras Milo, vital y conquistador, esperanzado por tener otra oportunidad, baila con la cantinera: hablan dos idiomas diferentes, pero los dos han pasado por la viudez, los dos están cansados pero no vencidos, y los dos tienen ganas de enamorarse. Está claro: en esta historia crepuscular y sentimental de Eastwood, realizada en base a una novela de Richard Nash que se pasea por Hollywood hace cuatro décadas (al director le interesa desde la década del 80, y casi la lleva al cine Arnold Schwarzenegger, pero prefirió ser gobernador), no hay lugar para los machos.

 

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