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Por un acto de caridad terminó atado y asaltado

Por Redacción

El reloj marcaba las cuatro de la tarde cuando el silencio de una calle del barrio La Loma se quebró con los golpes insistentes sobre la puerta de una casa ubicada en Diagonal 73 entre 40 y 41. Adentro, un hombre de 57 años creyó reconocer aquella voz femenina que lo llamaba. Pensó que se trataba de una mujer a la que tiempo atrás había ayudado con algo de comida y no dudó en abrir sin imaginar lo que le esperaba del otro lado.

Apenas giró el picaporte, la escena se transformó en una emboscada. Desde un costado del marco apareció un hombre robusto que empuñaba una cuchilla de gran tamaño. Sin darle tiempo a reaccionar, lo punzó en el pecho y lo empujó hacia el interior del domicilio. La mujer, que había fingido vulnerabilidad, cerró la puerta tras ellos. Lo que siguió fue una ráfaga de amenazas, golpes de puño y palabras cargadas de furia que dejaron al dueño de casa aturdido y ensangrentado.

Los delincuentes no se conformaron con someterlo a la violencia física. Lo inmovilizaron, le ataron las manos, y lo amordazaron con una bufanda. Luego lo arrastraron hasta la habitación, donde lo metieron debajo de la cama, ubicado un somier sobre él para impedir cualquier movimiento.

En esa oscuridad sofocante, el hombre escuchó los pasos apresurados de los intrusos que revolvían cada rincón de su casa. La sensación de asfixia se mezcló con el miedo a no salir con vida.

Pasaron alrededor de veinte minutos hasta que el silencio volvió a ocupar el lugar del terror. Con esfuerzo, la víctima logró liberarse de sus ataduras y salir de su encierro improvisado. Lo que encontró fue un hogar saqueado y un vacío desolador. Faltaban cajas de herramientas, ropa, cuchillos, un bolso, dos remeras, alimentos, un juego de llaves, su celular y una suma cercana al medio millón de pesos. Más allá del botín, lo que más lo desestabilizó fue la traición de quienes, alguna vez, habían recibido su ayuda.

Aún tembloroso, el hombre relató a la policía lo ocurrido. Dijo reconocer a los agresores: la mujer, morocha y de unos 30 años, solía deambular por la zona; el hombre, de unos 1,80 metros. La investigación quedó caratulada como “robo calificado y privación ilegítima de la libertad”.

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