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Congelamiento de cuerpos: el sueño de la vida después de la muerte

De visita en La Plata, uno de los referentes en criónica a nivel mundial explicó las posibilidades de su disciplina entre el mito y la realidadPor NICOLÁS MALDONADO

Congelamiento de cuerpos: el sueño de la vida después de la muerte

Ben Best, presidente de Cryonics Institute, uno de los seis centros mundiales que ofrecen servicios de criopreservación

Para Ben Best existe una vida posible después de la muerte. De hecho, esa vida ha sido su principal ocupación a lo largo de la última década. Presidente del Cryonics Institute de Detroit, una de las seis empresas mundiales dedicadas a la preservación criónica de seres humanos, Best define el servicio que ofrece su firma como una suerte “ambulancia al futuro”, un futuro en el cual la tecnología médica habrá encontrado ya la cura para las enfermedades que hoy nos matan y, acaso también, el secreto de la eterna juventud.

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Entre la ciencia ficción y la realidad, la criónica se ha convertido en las últimas décadas no sólo en una opción muy respetada sino en una que despierta cada vez más expectativas. De hecho existen ya cerca de 250 personas criopreservadas y más de dos mil que han contratado ese servicio para el momento de su muerte. Y es que, como explica Ben Best, quien ayer visitó La Plata para ofrecer una charla en la Facultad de Medicina, “el procedimiento de la criónica sólo puede aplicarse hoy sobre personas muertas”.

De ahí que el Cryonics Institute, pese a ser uno de los centros más antiguos y prestigiosos en su especialidad, es considerado técnicamente por el gobierno de su país como otro cementerio. Fundado durante los años setenta, al igual que la mayoría de los de su tipo, en él se conservan en nitrógeno líquido los cuerpos de 107 personas que pagaron por ello alrededor de 28 mil dólares cada una, una verdadera ganga para un servicio que llega a cobrarse hasta cinco veces más.

Si bien clínica y legalmente muertos, Cryonics no considera que esos clientes lo estén en forma definitiva. “Hasta los años cincuenta se pensaba que una vez detenido el corazón la muerte era permanente; más tarde se descubrió que se podía reanimar a alguien después de varios minutos. Hoy muchos creen que ese límite es de seis minutos, ya que luego se produce la muerte cerebral. Pero no es así: existen numerosas evidencias de que es posible extender el plazo en condiciones de hipotermia”, explica Best.

Por lo pronto, comenta, “se conocen muchos casos de niños que estuvieron sumergidos en lagos congelados durante una hora y luego fueron revividos sin daño cerebral. Cuando un paro el cerebro puede quedar inactivo, pero eso no significa que sus células y tejidos mueran inmediatamente. Además existen técnicas probadas sobre modelos animales que demuestran que es posible extender ese plazo”, dice Best al describir las bases de la criónica.

EL PROCEDIMIENTO

Tal como lo explicó ayer el presidente de Cryonics ante un auditorio conformado en su mayoría por médicos y estudiantes de medicina, el procedimiento de la criónica comienza tan pronto como sea posible después de la muerte del paciente. Y es que “cuanto antes se interviene, mayores son las posibilidades de evitar que las células y tejidos sufran daños irreversibles”.

Para cubrir este requerimiento, las empresas de criónica trabajan en general con una red de funerarias en condiciones de realizar las primeras maniobras. Estas consisten en restaurar la circulación sanguínea de manera artificial y aplicar drogas que evitan que se formen coágulos para luego reemplazar la sangre mediante una bomba de perfusión a través de la arteria femoral, a la altura de la ingle.

Sucede que uno de los primeros obstáculos que plantea la criopreservación está en que el proceso de congelamiento no sólo hace que el volumen de la sangre y los líquidos corporales aumente sino que lleva además a que se formen en ellos cristales, dos fenómenos que terminan destruyendo los tejidos.

Es por eso también que una vez que el cuerpo ha sido perfundido con la solución anticongelante “se lo coloca en una caja de enfriamiento que libera nitrógeno para llevarlo rápidamente hasta los 123 grados bajo cero. Recién entonces se lo puede empezar a bajar hasta los 196 grados bajo cero, la temperatura final con la que se los conserva en grandes termos llamados criostatos”, explica el doctor Rodolfo Goya, integrante del Instituto de Investigaciones Bioquímicas de La Plata y el anfitrión de Ben Best en nuestra ciudad.

En medio de todo ese proceso, realizado por un equipo de médicos y especialistas en criónica, no hay tiempo ni lugar para velorios. “Después de todo -explica el doctor Goya- no se considera que esas personas estén muertas, sino apenas en espera de que se encuentre alguna vez la forma de que puedan ser reanimadas para seguir viviendo, quizás cientos de años más”.

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