26 de Agosto de 2007 | 00:00
Los británicos siempre se llevaron bien con el silencio -cenas familiares sin hablar; emociones intensas expresadas mediante una palmada en el hombro- pero el 6 de setiembre de 1997, se superaron a sí mismos. Londres, la capital grande y estridente, quedó acallada mientras más de un millón de dolientes de Diana, princesa de Gales, se mantuvieron en vigilia a lo largo de la ruta hasta la abadía de Westminster. El silencio acentuó los sonidos del cortejo que partió desde el palacio de Kensington: el ruido sordo de las ruedas sobre la calle, los cascos de los caballos, y una campana lánguida que tañía a intervalos. Pero cuando la procesión pudo ser vista, saliendo de las puertas del palacio hacia el sector público, se oyeron gritos desesperados de un público que había abandonado el estoicismo habitual británico sobrecogido por un dolor crudo, desenfrenado.
En la década transcurrida desde la muerte de Diana el 31 de agosto de 1997, se hizo común afirmar que el festival de duelo que culminó en su extraordinario funeral marcó una transformación: el momento en que las antiguas virtudes británicas de la reserva y el sufrimiento en silencio cedieron ante una catarsis expresada públicamente. La Reina de Corazones abrió corazones, reordenó valores, presidió el triunfo de la inteligencia emocional sobre el intelecto frío, de la compasión sobre la tradición.
En octubre se reaunadán las investigaciones en los tribunales británicos, la tercera investigación para examinar el accidente automovilístico fatal en París. Pero aún antes de que se concluya con estos procedimientos, existen pocas dudas reales de que la muerte de Diana fuera precisamente lo que pareció ser en su momento: un accidente trágico.
Diez años después, Diana sigue siendo la británica más famosa, pero muchos de sus propios compatriotas no parecen estar tan seguros de si ella hizo algo más que lucir vestidos de diseñadores y esquivar tabloides. Sí hay hechos irrefutables. Diana conmocionó a la monarquía británica y aceleró su modernización. Ayudó a combatir los prejuicios contra el sida. Hizo tomar conciencia sobre los desórdenes alimentarios. Se opuso a las minas terrestres. Son logros importantes para una mujer con poca educación que se burló de sí misma diciendo que no tenía dos dedos de frente. Sumémosle a eso un logro más discutible- su habil manipulación de las imágenes mediáticas- y resulta claro por qué, a una década de su muerte, Diana sigue teniendo una presencia ineludible en la vida británica: en general, pero no siempre, benigna; un fantasma inquieto y seductor. Es hora de espiar los muchos rincones por los que sigue rondando.
MODERNIZACION DE LA MONARQUIA
cuando a los 19 años Diana le preguntó a Carlos si la amaba el grosero de su prometido le contestó "sea lo que fuere que eso signifique." Sin embargo los Windsor pensaban que sabían del amor. Parecía patriotismo. El afecto del pueblo británico hacia la reina Elizabeth II apena si cambió en los 54 años de reinado. Hubo una leve caída- legado de Diana- pero incluso entonces la popularidad de la monarquía no cayó por debajo de 66%. Ahora es de 85%.
Desde ya que siempre hubo disenso: aproximadamente 18% de los británicos pidieron la aoblición de la monarquía desde que la encuestadora MORI empezó a reunion opiniones sobre la realeza en 1969. La cifra parecía tan inmune al cambio como el sentido de la moda de la Reina. Entonces murió Diana y, durante una semana, subieron las cifras republicanas.
La Reina nunca concede entrevistas, política que le ayudó a preservar la mística de la realeza. Pero cuando sus súbditos lloraban por las calles y las flores marchitas alfombraban las veredas, el voto trapense de la Reina parecía de cabeza dura o de corazón de piedra. Dickie Arbiter, ex secretario de prensa de la Reina, Carlos y Diana y responsable de los acuerdos con la prensa para el funeral de Diana, dice que no es ninguna de las dos cosas. "La Reina siempre iba a rendirle tributo a Diana," afirma, pero desde el primer momento planeó transmitir su discurso poco antes del funeral. "Se armó un revuelo porque ella estaba en (el castillo escocés de) Balmoral y no con el pueblo en Londres. (Pero)Gillermo y Harry la necesitaban más que cientos y miles de personas que daban de comer a Kleenex."
Mientras la Reina y su familia imediata sufrían en privado, llegó un tufillo a revolución desde el otro lado de las puertas del palacio. La académica estadounidense Camille Paglia, dos días después del accidente en París pronosticó la caída de la casa de Windsor. "Con la adquisición de diana, la monarquía había recuperado su modernidad," dijo a Salon.com. "A la inversa su trato- mal trato- hacia ella ... podría significar el fin de la monarquía." No fue así. Tan pronto como la Reina caminó entre los dolientes, el apoyo a quienes deseaban deshacerse de la monarquía cayó de manera histórica. Fue como si los británicos hubieran espiado el abismo del republicanismo y retrocedido con horror. La realeza también aprendió su lección según Robert Worcester, fundador de MORI: "La monarquía se dio cuenta de que sube y baja en la opinión pública." Eso dio lugar a un programa de reforma que le permitió a la monarquía ser más profesional, casi de manera imperceptible. La Reina aceptó cambiar las normas de primogenitura para otorgarles a sus descendientes mujeres igualdad de derechos en la sucesión al trono. Sus hijos hicieron un balance de la situación y decidieron justificar su existencia ante mundo exterior.
VALIENTE Y SIN PREJUICIOS
Es cierto que sus opciones para hacerlo son limitadas. Con sus obras de caridad, Diana fijó un nivel difícil de igualar. Ignoró los prejuicios y los temores de sus asistentes cuando tomaba la mano de la gente que sufría, y abrazaba pacientes leprosos en Indonesia. Arbiter recuerda una visita a un hogar de ciegos cuando Diana observó que un residente lloraba porque no pod=ia verla. Entonces ella tomó la mano del residente y la apoyó sobre su cara. Carlos todavía no se muestra tan abierto pero es evidente que lo intenta. Su organización Prince's Trust recauda dinero para obras que ayudan a los jóvenes y está ganando respeto por su postura frente a temas ambientales a medida que la gente comienza a aceptar ideas que él viene difundiendo desde hace tiempo.
De otras formas Diana sigue viviendo en su familia. Carlos decidió educar a sus hijos no siguiendo el modelo de su propia educación sino como le hubiera gustado a la princesa. William y Harry ven más feliz a su padre y eso también ayudó a cambiar la opinión pública que en un momento estuvo firmemente en contra de Camilla, duquesa de Cornwall, su segunda esposa y amante por muchos años. Poco antes de que Diana muriera, MORI preguntó en una encuesta si Camilla debía convertirse en Reina; sólo 15% apoyó la idea. En abril del año pasado, la cifra subió a 38%. Irónicamente, las ideas que popularizó la princesa- búsqueda de la felicidad personal, compasión por las debilidades humanas- sirvieron a la causa de una mujer que ella detestó.
Diana había sido educada en un ambiente tan anticuado como fue posible en el último cuarto del siglo XX. Pero nada pudo haberla preparado para la antigüedad de la vida palaciega. Gran Bretaña había sido postimperial durante más de una generación, lo que significó que los valores asociados al imperio (o sus gobernantes) ya no estaban tan firmes. Cuando ella se casó ya era un lugar menos homogéneo, especialmente Londres, más multicolor y mucho menos deferente para con las virtudes victorianas representadas por la familia real. Sin embargo, en la casa real esas virtudes- y esa deferencia- se mantenían en pie. La nueva Princesa no calzó. Su rebelión se sintió fuera de las paredes del palacio. Tina Brown, la última biógrafa de Diana, le pregunó al primer ministro Tony Blair si Diana había encontrado una nueva forma de pertenecer a la realeza. Blair respondió: "No. Diana nos enseñó una nueva forma de ser británicos." Diana dio lugar a la emoción y a las muestras de afecto en público. A diferencia de sus parientes políticos, tocaba a la gente.
Después de su separación y su divorcio, Diana intentó redefinirse. Había abandonado su participación en las beneficencias y soñaba con casarse con uno de sus novios, un cirujano llamado Hasnat Khan, y vivir en el anonimato. Pero no podía esperar convertirse en alguien normal. Y llegó Dodi.
Aunque sus amigos aseguran que él fue apenas una distracción, su elección de dos novios musulmanes parecía poner a prueba la tolerancia del Nuevo Laborismo británico. Después de su muerte, Trevor Phillips, un político laborista negro que hoy preside la comisión de igualdad y derechos humanos de Gran Bretaña dijo que Diana era partidaria "sin reservas de la Gran Bretaña moderna, multicultural, multiétnica." A diferencia de la mayoría de los europeos ella no sentía "ninguna ansiedad por las razas ... los británicos no blancos, ella era como un faro en la oscuridad."
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