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Espectáculos |13° Festival Internacional de Cine Independiente de La Plata
La búsqueda del tesoro

En “La siesta del tigre”, que entra hoy en competencia, cuatro paleontólogos amateur persiguen “debajo de la tierra la riqueza que no encontraron arriba”

La búsqueda del tesoro

“La siesta del tigre”, de Maximiliano Schonfeld, se proyectará hoy a las 21 en Cinema Paradiso - web

14 de Octubre de 2017 | 04:37
Edición impresa

Hay películas que respiran diferente, que en tiempos de hiperactividad parecen invitar al cine como quien abre la puerta a la meditación: en “La siesta del tigre”, de Maximiliano Schonfeld y que entrará hoy (a las 21 en el Cinema Paradiso) en la competencia de largometrajes argentinos del 13° Festifreak, habita esa sensación de búsqueda de otros tiempos, o de detener el tiempo, como quería Tarkovsky, en convivencia con la peripecia y los sueños de un grupo de paleontólogos amateur que buscan la utopía del tigre dientes de sable, que es la utopía de encontrar un tesoro y salir de la marginalidad.

La expedición de cuatro hombres la lidera Cochirila, reconocido en los pagos del director de “Germania” y “La helada negra”, aunque por momentos los hombres parecen perderse no tanto entre el paisaje de los arroyos entrerrianos, sino entre la camaradería y la ensoñación: el tiempo parece detenerse mientras estos hombres miran sin mirar a las barrancas, en busca de “algo que brille”, señal para el paleontólogo amateur de que allí hay vestigios del pasado.

Un efecto que no fue logrado en la edición sino que, relata Schonfeld, se vivía en el rodaje. “Todos compartimos cierta armonía con esos lugares, había un disfrute de ir a filmar mucho más allá de la película, los lugares nos gustaban, la expedición, buscar huesos nos llevaba a lugares mucho más fuerte de filmar un documental sobre buscar huesos”, relata el cineasta, haciendo referencia al impulso del que nació la cinta: a Schonfeld le encargaron rodar un documental sobre paleontólogos académicos, él decidió sumar buscadores de hueso amateur y, finalmente, descartó la idea de ese documental y se quedó con su grupo expedicionario para filmar “la película que quería”.

“Había algo espiritual en esas búsquedas, que me interesaba más allá de lo científico”, explica Schonfeld su decisión. “Encontrar un resto fósil es como contactarse con otra dimensión que todavía está habitando ahí de otra era, el contacto de dos vidas que habitaron el mismo lugar, que compartieron universos... Eso me interesaba, esa conexión, ese ‘tenderle la mano al pasado’”, agrega, algo que su protagonista, ‘Cochi’, “no sabía explicar: él decía que miraba la barranca y de repente veía algo que brillaba y ahí estaba el hueso. De hecho, varios paleontólogos acamparon con él, porque el realmente encuentra con ese método los restos fósiles. A mi me parecía que había algo de espiritual, de inexplicable en eso”.

Los arroyos de Entre Ríos se volvieron el escenario donde protagonistas y director exploraron otros órdenes, alejados de la vida urbana que rechaza a estos hombres que, como dice la cinta al inicio, “buscan debajo de la tierra la riqueza que no encontraron arriba”: “Había tiempos suspendidos, no hacíamos nada más que habitar esos lugares, esperar a que aparezca algo. Para ellos y para mi era una vía de escape”, dice el cineasta, y explica que en esa calma, cuando las ansiedades bajan, aparecen esos diálogos existencialistas, esos que aparecen antes de ir a dormir, cuando uno intenta hablar de cosas más profundas... Había ese clima, de ensoñación”. En la naturaleza asoma una libertad indecible, y en ciertos momentos de silencios se filtra la noción desde la pantalla de que estos hombres se comportan de manera instintiva, se mueven como tigres por las barrancas, como lo harían los hombres de la prehistoria.

¿Cuánto de este ensueño es real, documental, cuánto ficción? Schonfeld no tiene la respuesta. La misión de encontrar un tigre dientes de sable, explica, nació como algo “casi ficticio” para conducir la película, aunque cuando aparecieron los huesos, relata, había real entusiasmo y sueños sobre los dineros a los que accederían los protagonistas. Lo documental, explica, le sirvió como un “dispositivo” para trabajar, que dio lugar a un impulso de ficción, en un juego con los límites de lo real y lo ficticio que no le interesa definir, y con los que había jugado en trabajos anteriores.

En otros límites, los de la naturaleza y la civilización, jugó Schonfeld durante el rodaje “muy físico”: a los arroyos fue con un equipo mínimo, él mismo operaba la cámara, y filmaba mientras “cuidaba que nadie se ahogue”, recuerda entre risas la aventura sobre la aventura que provocó que algunos amigos que intentaron ayudarlo “renunciaran: decían que estábamos locos porque no teníamos ninguna medida de seguridad”. Tenían razón, reconoce en retrospectiva, recordando la profunda inmersión entre arroyos, lejos de toda ayuda, “pero”, como siempre en la tradición del cine independiente, “hubo un impulso muy fuerte de hacerlo igual”.

 

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