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Es un martillero platense que atesora unas 200 piezas de gran valor

El coleccionista que revela secretos de la guerra ocultos en cascos históricos

Pedro Darbón se define como un “perito” de esas antigüedades. Las reúne desde adolescente y le permitieron reconstruir la vida de aquellos protagonistas que las utilizaron en distintos conflictos bélicos. Un viaje al pasado

pedro darbón, el platense que colecciona cascos de diferentes contiendas bélicas y rastrea secretos de quienes los utilizaron / gonzalo mainoldi

los elementos que forman parte de la colección son de diferentes épocas y lugares / gonzalo mainoldi

MÓNICA PÉREZ
mperez@eldia.com

Pedro Darbón tenía apenas 11 años cuando hurgando descubrió un casco que había utilizado su abuelo en los años 30, mientras hacía el servicio militar en Campo de Mayo. Ese objeto con historia le despertó al pequeño la fascinación por hallar nuevos cascos, de otras épocas y lugares, elementos que le resultaron como libros en los que aprendió a “leer” momentos cruciales de la historia contemporánea. “Una cosa lleva a la otra, a investigar cómo era la vida de esos soldados, cómo se protegían, cuál era el contexto social en el que vivían, incluso algunos cascos que tengo llevan el nombre y el legajo de a quienes pertenecieron”, revela Darbón.

El coleccionista vive en Los Hornos, es martillero y trabaja desde hace 25 años en la administración pública. Aunque no tiene contabilizado los cascos que posee, estima que son alrededor de doscientos, entre los que hay gorros, birretes y otras prendas de cabeza; gran parte de la colección se formó en los viajes que hizo junto a su padre, un médico que solía participar de congresos en el exterior, mientras él aprovechaba para buscar piezas raras en casas de antigüedades y mercados de pulgas.

Atraído por su antepasado familiar, en principio se dedicó a buscar cascos de Francia, eso lo llevó a leer la historia de los Aliados, a imaginar cómo fue la vida de sus mayores y a conocer sobre sus orígenes.

“Cuando tenés una pieza, investigas la historia, lees libros, no solo para conocer la parte bélica, sino para abordar el aspecto social, saber de la gente, sus idiomas, qué pensaba, qué consecuencia tuvieron las guerras y qué inventos médicos e industriales surgieron de cada una”, apunta.

del metal el rostro humano

En ese sentido, remarca que le resultó valioso detenerse a observar sellos, nombres y legajos de los soldados inscriptos en el interior de los cascos porque eso le sirvió para investigar, dar con familiares y hasta ver fotos de ellos, momento de alquimia en la que el metal permitió ver un rostro humano y hasta reveló cuál fue su destino.

Las piezas mas antiguas en su haber son de las guerras napoleónicas y de la guerra Franco-Prusiana; la colección también se completa con cascos de la guerra de indochina y de la guerra de Vietnam y posee los mismos modelos que se utilizaron, en la Guerra de Malvinas, pero aclara que ninguno que haya participado de esa contienda.

El especialista cuenta que al comienzo de las guerras modernas no había cascos, algo que puede comprobarse en el primer tramo de la Gran Guerra. “En 1914 no había cascos, no lo tenían ni los alemanes, que se ponían un gorro de cuero con un pinche arriba, ni los ingleses y los franceses usaban unas gorras de tela; todo era mas bien ornamental, parte del uniforme, no para protegerlos”, afirma.

Sin embargo, de acuerdo a los datos que recabó el platense, bastó que pasara un año para que en 1915 quienes peleaban en las trincheras supieran que asomar la cabeza en el combate era un pase seguro para hacerse una herida o morir. “Debido a las heridas de combate por las esquirlas de los bombardeos, empezaron a plantear la necesidad de estar mas protegidos y surge en Francia el Adrián M 15, el primer casco metálico”, afirma Pedro.

La efectividad de ese elementos llevó a que los italianos, rumanos y rusos replicaran sus versiones. Los alemanes reeditaron un casco que habían empleado en el medioevo, pero que fue diseñado por un cirujano alemán que tuvo en cuenta las heridas mas usuales de combate. Se llamó modelo 16 y su característica fue que cubría mas la cabeza y el cuello.

Por su parte los ingleses reeditaron un casco inspirado en la Edad Media, su forma de plato, permitía hacer las veces de escudo para prevenir heridas causadas por proyectiles que procedieran desde arriba, además de la cabeza cubría parte de los hombros.

No todos los cascos de las dos guerra mundiales terminaron en las familias de quienes combatieron o en manos de coleccionistas, porque fue tal la cantidad que quedó en desuso que muchos terminaron convirtiéndose en coladores - solo se les hacía los agujeros y se le agregaba una especie de asa -, en ollas u otros elementos que se hicieron luego de fundir el material.

“Vengo de una familia de médicos y cuando inicié esta colección pensaron que yo era pro guerra, pero para mi esa es la peor expresión del ser humano, lo veo cuando hablo con veteranos de Malvinas o cuando me vinculé a gente que participó en la Segunda Guerra o en la de Vietnam”, asegura el coleccionista que tampoco es partidario de lo que hacen algunos detectoristas en cercanías de lo que fueron campos de batalla.

“En excavaciones se encuentran con cascos que son reliquias de guerra, los detectan y los sacan y para mi eso es profanación; en Europa esta prohibido ir a los campos de batalla y si encuentran a alguien en una actividad así se lo multa o va preso”, dice.

Como contrapartida, destaca la tarea de un grupo conformado por rusos, americanos, ingleses y alemanes que recorrían los campos de batallas con la intención de encontrar elementos de guerra, pero terminaron hallando cuerpos de soldados, algunos con sus identificaciones y contactaron a los familiares para que cerraran el dramático capítulo de la espera y les dieran sepultura. Pedro Darbón resume que se localizaron de esa manera unos 3 mil soldados de distintas nacionalidades que participaron del frente ruso en la Segunda Guerra.

“Tengo una familia que ha estado en la guerra y me contacté través de un casco, no los conocía; también encontré un diploma de condecoración de un soldado francés que había entrado a la Argentina; busque el apellido y localicé a su bisnieto que vive en Santa Fe; me contó que esas pertenencias las había vendido su abuelo y él las desconocía hasta que yo se las acerqué”, señala con la satisfacción de haber cerrado uno de los tantos interrogantes que le abren las piezas de guerra.

 

 

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