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Argentina y la continua búsqueda de unos “Pactos de la Moncloa”

Argentina y la continua búsqueda de unos “Pactos de la Moncloa”

Rodrigo García

Columnista de EFE

Cada vez que Argentina entra en una crisis económica surgen voces que reclaman que el abanico político, empresarial y sindical debe consensuar acuerdos para salir del pozo, al estilo de los “Pactos de la Moncloa” de la transición española, algo que, lejos de concretarse, se ha convertido ya en una utopía.

El país lleva un año en una coyuntura de devaluación, inflación y recesión que aún no ve la luz al final del túnel. Y por si fuera poco, el clima de confrontación que ya impera de cara a las elecciones presidenciales de octubre próximo caldea el panorama a pasos agigantados, sin mucho lugar para un diálogo sincero entre partidos.

Sin embargo, el presidente Mauricio Macri ha decidido mandar una carta a sus principales opositores para que se sumen a un acuerdo de 10 puntos, ya prefijados por el Ejecutivo, que permita “despejar dudas” sobre el país y recuperar la confianza de los inversores para garantizar estabilidad hasta los comicios.

¿Se sentará Cristina Fernández de Kirchner en una misma mesa con Macri, su acérrimo enemigo? ¿Serán capaces la ex presidenta y el resto de peronistas de dar su brazo a torcer y remar en la misma dirección por ese supuesto bien del país que quiere conseguir el mandatario?

Y sobre todo... vuelve a la palestra la eterna pregunta: ¿Puede Argentina tener su propia versión de los archinombrados Pactos de la Moncloa, con los que España dio un paso adelante en la salida de la crisis económica que azotaba al país -incluida una alta inflación- en octubre de 1977?

En ese entonces, en plena salida del franquismo, todos los partidos con representación parlamentaria firmaron unos acuerdos -bautizados con el nombre de la sede del Gobierno español- que son recordados como un exitoso ejemplo de diálogo.

“Desde 1984 me preguntan por los acuerdos de la Moncloa en Buenos Aires”, reveló esta semana, entre risas, el propio Felipe González, presidente del Gobierno español desde 1982 a 1996 y uno de los firmantes de ese pacto como líder del Partido Socialista. En un seminario en Argentina sobre los desafíos de nuestro país, el socialista destacó que lo esencial de aquel hito fue que en 1977 se lograran poner de acuerdo personas con ideas tan contrarias como el entonces presidente, Adolfo Suárez, que había ocupado altos cargos durante la dictadura franquista, y Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista.

“El sentido profundo que demostraba que nos podíamos poner de acuerdo no ya los diferentes, sino los verdaderamente contrarios”, valoró González.

Pero en la Argentina polarizada de hoy, donde la “grieta” entre los peronistas (en la última década en especial los kirchneristas) y los que no lo son es tan tradicional como el asado o el tango, no parece que pueda darse un entendimiento del estilo; y muy lejos queda el llamado “Pacto de Olivos”, que en 1993 unió al presidente Carlos Menem y su antecesor, Raúl Alfonsín, para aprobar la reforma constitucional de 1994.

Sergio Massa y Roberto Lavagna, dos de los potenciales adversarios de Macri en las urnas, con gran exposición pública, ya han adelantado sus reticencias al decálogo propuesto por el Gobierno, que busca compromisos conjuntos sobre polémicos aspectos como la erradicación del déficit fiscal, la política contra la inflación y el pago de la deuda externa.

“Al Gobierno le sirve como distracción, para que se deje de hablar de la economía todo el tiempo y poder retomar la iniciativa de la agenda, que era algo que no venía sucediendo hace mucho tiempo”, considera la analista política Mariel Fornoni, directora de la consultora Management & Fit.

Se hace difícil pensar que, con los comicios a la vuelta de la esquina, la propuesta suene como genuina y no como una estrategia puramente electoral, con unos opositores ‘presidenciables’ que se arriesgan, en caso de aceptar hacerse la foto con el Gobierno, a ser asociados con el fracaso de la gestión económica.

“Lo que van a querer hacer es diferenciarse, no sumarse”, agrega Fornoni, convencida de que los precandidatos del peronismo -en cuyo seno hay una gran división- no acompañarán al Ejecutivo en nada que no surja de un consenso entre ellos.

Más aún con una Cristina Kirchner -que no ha confirmado si se presentará a las elecciones pero todo el mundo lo da por hecho- creciendo en las encuestas y manteniendo una frontal oposición al Gobierno, al que acusa de impulsar una persecución judicial en su contra por las tantas causas de corrupción que la afectan.

Tampoco cuadra que, tras tres años de constantes y fuertes críticas de Macri al peronismo en general, pero al kirchnerismo en concreto, por su presunta mala y corrupta gestión del país, ahora vaya a ser un momento propicio para el entendimiento.

Quizá otro gallo cantaría si el llamado al consenso hubiera llegado hace un año, antes de que el Presidente pactase el millonario rescate otorgado por el Fondo Monetario Internacional.

Eso sí, teorías aparte, a estas alturas nadie duda que, en Argentina, todo es posible.

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