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“Rebecca”: una remake que el director nunca supo por qué filmar

Escena de “Rebecca”, una remake innecesaria

Por GERMÁN JAIME

Ante cada remake, los fieles de la obra original se preguntan, indignados: ¿hacía falta? Es entendible, por un lado: Hollywood está empecinado en volver a hacer lo que ya estaba bien, con escasa eficacia; por el otro, celosos guardianes de su obra, estos amantes obsesivos pretenden conservar la obra en un museo, como si de un amor enfermizo se tratara y a pesar de que a lo largo de la historia, toda narración ha sido copia, remake, de alguna u otra forma.

Pero… en esta hay que darles la derecha: no solo no había demasiada necesidad de volver a filmar “Rebecca”, una de las grandes obras de Alfred Hitchcock, que está ahí para que cualquiera la admire (está claro, y esto es para otra columna, que hay algo de neofilia en esta obsesión por rehacer el pasado); además, la nueva versión, que puede verse en Netflix, no parece ofrecer evidencias de que su director, Ben Wheatley, haya tenido motivos para intentar otra aproximación a la obra.

En principio, la idea de Whatley era crear una película partiendo de la novela original, el romance gótico de Daphne Du Maurier, un romance gótico a la que Hitchcock aplicó su inconfundible sello (no por nada engendró la teoría del autor). Wheatley no quería partir de Alfred sino de Daphne, y por eso vistió a su producción de una suntuosidad de época digna de “The Crown”, que solo Netflix puede pagar, y en medio de esos escenarios preciosos, filmados de forma preciosista y grandilocuente (también pedante es el ritmo pausado que Wheatley impone), colocó a dos cuerpos estremecedoramente bellos, como Armie Hammer y Lily James.

Pero el gótico no es un edificio, un look, sino una atmósfera: la película de Wheatley nada consigue transmitir en términos de pasiones desbordadas y torturadas, fantasmas clavados en el corazón y misterio. El horror, en aquellas superficies tan bellamente iluminadas por el sol de Monte Carlo, y tan frondosamente retocadas en la posproducción, no tiene de dónde brotar: el romance luce artificial, tan frío como la propia película, y por lo tanto el horror intenta irrumpir desde emociones atemperadas, tibias. Lo que se dice, aburrido.

Es como si el realizador hubiera dirigido de forma automática una adaptación por encargo: pero te encargan filmar una comedia de presupuesto mediano, o una de superhéroes, no una remake de Hitchcock. Al final, el misterio más interesante que ofrece la película es: ¿quién mandó a Wheatley a filmarla?

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