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Alejandro Castañeda
Alejandro Castañeda
Un par de mudanzas reales tuvo a mal traer a media España. El emérito Juan Carlos I se tuvo que marchar por la puerta de atrás. Y Messi estuvo a un paso de seguirlo. El efecto contagio siempre asusta. Y no hay vacunas contra sorpresas y decepciones.
A Messi y a este emérito devaluado los unió un destino y muchos millones. El rey los perdió. Y Messi no quiso perderlos. Ocuparon el centro de una actualidad desconcertada que necesitó asumir y explicarse los planes viajeros de estos dos monarcas que andaban con sus valijas hechas, sus afectos en quiebra y sus cuentas a salvo: por un lado, el ex Juan Carlos I, que decidió abandonar la prisión domiciliaria. Y por el otro, el rey de Barcelona, Leo Messi, que estuvo a punto de abdicar.
Medio mundo estuvo pendiente de esas mudanzas conversadas y sigilosas. A la marcha del rey papelonero la protegieron con escondites y tapabocas. Y al frustrado traslado del fantástico número diez, le sobraron gambetas y fuera de juego ¿A dónde fue a vivir Juan Carlos? El anduvo buscando, como Lázaro Báez, algún aposento lujoso e indetectable que le ahorrara vergüenzas y le borrara coimas. Mientras, Messi aspiraba a un retiro glorioso en el palacio futbolero de Guardiola.
En el centro de este novelón siempre estuvieron los 700 millones que a Leo convenció, pero a Corinna, no. La cifra persuadió a ese gigante del fútbol, pero no pudo con esta novia de las vidrieras, refinada y bien abastecida. Corinna sin esforzarse demasiado había cautivado a un monarca mano larga, que tenía desbordado el cupo de mujeres y de licitaciones y que puso corona y familia al servicio de esta amante bien patrocinada.
Ella pasará a la historia como la mujer a la que la quisieron convencer con millones, pero no hubo caso. La que enseñó que el amor no se compra y que el desamor se puede cobrar bien.
Primero, Juan Carlos trató de recuperarla por las buenas, después empezó a subir las ofertas y al final decidió enviarle un obsequio que a más de una indiferente la puede entusiasmar: 630 millones de euros, sin reembolso. Algo más que 700 millones de dólares para que se haga cargo de todas sus ternuras. Ella, como corresponde a una dama elegante, los cobró, pero le dio a esa transferencia el valor de reconocimiento merecido y no de un pago a cuenta. Le enseñó al monarca y al mundo que las señoras atractivas nunca abdican. Y convirtió en realidad la fantasía de tantas princesas de la calle que sueñan con un amante lustroso, obediente y regalador.
El rey, como Lázaro Báez, buscó un palacio escondido que le ahorrara vergüenzas y le borrara coimas
La huida de Juan Carlos I –porque eso no fue una salida ni una tregua- desnudó a una monarquía que tuvo que hacer silencio frente al barullo indefendible de un soberano que puso dignidad y linaje al alcance de una rubia esmerada y distante. Y en Barcelona, el alto precio de la cláusula de rescisión de su contrato, sirvió para convencer a Messi de que esa ciudad era el mejor lugar para vivir un tiempo más. Los 700 millones en danza son las estrellas de esta saga. La colosal suma le ha dado contenido y alta exposición a este folletín de enojos y plata que tuvo a dos reyes en la puerta de escape.
En pleno receso, Messi exhibió su mejor amague. Y Juan Carlos mostró que había que invertir mucha penitencia para saldar sus pecados. Los dos pusieron en suspenso a un país que los ubicaba entre sospechosos y contagiados. Messi había empezado el novelón con un lacónico mensaje: “Me quiero ir de Barcelona”, un anuncio sugestivo pero no definitivo. Si hubiera dicho “no voy a jugar más en Barcelona”, era otra cosa.
El “me quiero ir” señala un propósito no una decisión. Y deja abierta la puerta a una contraoferta. Juan Carlos I en cambio no se animó a dejar ni un twitter. Final calladito y lastimoso para un rey que viene rengueando de la rodilla y el honor. Y que en el pasado, sin Corinna ni corona, supo sacar pecho coqueteando con señoritas y sobreprecios.
Hoy está más para desear enfermeras que para coquetear con rubias. Y eligió para su destierro un lugar lejano y desolado. Porque algo aprendió: todo desamor es un naufragio que necesita un mar cercano para ilusionarse con ser rescatado.
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