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Ella y Cora son parte del programa de actividades asistidas con perros a cargo de su guía, una docente jubilada de Quilmes, y el equipo de asistentes sociales del Sor María Ludovica. Desde el año pasado recorren algunas salas e interactuaron con más de 120 chicos. Protocolos, cambios visibles e historias que conmueven
Gustavo Sastre, Ana Morinigo, Diana Domeniconi y Fiamma Dubini, junto a Saru
Alejandra Castillo
acastillo@eldia.com
Es de color dulce de leche. Si escucha que alguien dice “foto”, mira directo al celular que le apunta. Le gustan el papel, las hojas de las plantas y acompañar a su humana cuando participa de un rally en su Volkswagen Escarabajo, pero, sobre todo, ama jugar con chicos y que ellos la acaricien cada vez que los visita en ese lugar en el que no querrían estar.
Hablamos de Saru, una de las dos golden retriever doradas del programa de Actividades Asistidas con Perros que el Hospital de Niños de La Plata implementó el año pasado.
La propuesta, inédita en la región, tiene varias patas, además de las ocho de Saru y de su “hermana” Cora: detrás de todo están su guía, adiestradora y tutora, Ana Morinigo; y el equipo de Trabajo Social del Sor María Ludovica, que las acompaña y coordina los encuentros junto al personal de salud.
El objetivo “es mejorar la calidad de vida de los niños, niñas y adolescentes asistidos en sus dimensiones física, social, emocional y cognitiva”, se explica en el proyecto oficial, con “acciones complementarias al tratamiento médico de la salud que se despliega en el proceso de atención” de cada caso.
Diversos estudios respaldan esta práctica en todo el mundo, concluyendo que la presencia de animales puede disminuir el dolor, el estrés y la sensación de aislamiento, además de mejorar la movilidad, la motivación y el bienestar emocional.
Hasta ahora se han incluido 128 chicos en este programa de visitas. “En aspectos generales se observaron cambios positivos en el ánimo” de pacientes que mostraban una actitud determinada “por la pasividad, el desinterés o la resignación frente a la internación”, confirmaron los impulsores de la iniciativa. Está claro que cada niño, su responsable de cuidado y los profesionales que lo asisten deben avalar los encuentros, que ocurren todos los miércoles dentro de las habitaciones de las salas 3, 4 y del hospital de día que funciona en el segundo piso.
Ese día, Cora o Saru (nunca van las dos juntas), llegan al Hospital en la camioneta que Ana conduce desde Quilmes, donde residen. La guía evita que la perra tenga contacto con otras personas antes de ingresar en cada sala, donde le limpia el pelaje y las cuatro patas con toallas especiales. Entonces, sí, están listas para visitar a los chicos.
No son los únicos que se alegran al verlas. Esta periodista puede dar fe, porque las acompañó en la última recorrida, donde la protagonista fue Saru. Mientras Ana la higienizaba, cosechaba saludos.
“Hola Saru”, dice Elizabeth, una enfermera de la sala 4 que trabaja en el hospital desde hace 15 años: “Si para nosotros -que estamos algunas horas acá- es una alegría enorme, imaginate para ellos, que pasan días o meses internados. Es un aire fresco”.
Junto a Ana están Fiamma Dubini, del equipo de Asistentes Sociales, y su coordinadora, Diana Domeniconi. Mientras Saru espera con paciencia estoica a que termine el ritual de limpieza, llega una enfermera para avisar que “Chavela ya sabe que llegó y está ansiosa”.
Chavela tiene 8 años, melena corta y unos ojos almendrados que se agrandan todavía más cuando ven entrar a Saru. Sonríe. Ana coloca una manta con florcitas al pie de la cama.
Y la golden sube de un salto, para recostarse sobre las piernas de la nena que la mima, mientras lame la mano de su guía. “Es que los chicos pueden darle besos, pero ella no”, explica Ana. Eso también es parte del protocolo, como la indicación de no entregarle la pelota a un niño hasta que la tutora haya detectado que no tiene miedo; bañarlas hasta 48 horas antes de la visita, mantenerlas estrictamente vacunadas y con controles veterinarios cada seis meses.
“¿Me puedo quedar hasta el miércoles que viene?”, le pregunta Chavela a la madre. Es que espera terminar para entonces el dibujo con plantas que le está preparando a Saru, pero la mujer contraoferta: “Pensemos en otro lado para verla. Si podemos salir antes, mejor”.
En la otra cama de la misma habitación está Ciro, un nene de dos años que se desespera por acariciar a la perra. “Extraña al suyo” -explican los padres-; “hace mucho que estamos acá y se criaron juntos”.
Gustavo Sastre es director ejecutivo del Sor María Ludovica y principal posibilitador de esta experiencia. “Tomamos este programa de lo que se viene haciendo en otras instituciones con evidencia de efectividad, como en el Hospital de Niños San Juan de Dios de Barcelona, donde se ha demostrado que las intervenciones asistidas con animales dentro de los espacios de internación o terapéutica de los pacientes pediátricos generan cambios inesperados”, asegura.
Se refiere a la “forma de sentir, de relacionarse, mejoras más rápidas frente a los tratamientos y muy efectivas para el acompañamiento de chicos con enfermedades de salud mental”.
La propuesta que acercó la propia Morinigo no tardó en hacerse realidad porque desde el hospital platense ya venían observando esas experiencias en el extranjero. “Son animales muy cuidados”, confirma Sastre, y ya “está probado que no transmiten enfermedades” bajo esas condiciones.
Después de la puesta en marcha de este programa se sumó otra iniciativa impulsada por la Defensoría del Pueblo, que tiene como protagonista a Ari, un chihuahua de pelo largo que llegó desde Ucrania y convive con una asistente social del hospital (ver aparte).
Ana Morinigo pasó su vida entre chicos. De profesión docente, cuando se supo cerca de la jubilación intentó convertirse en maestra hospitalaria, pero por distintas circunstancias eso no fue posible. Hizo la carrera de adiestradora canina en la facultad de Veterinaria y la diplomatura en intervenciones asistidas, desarrollando sus primeras experiencias con Perla, otra perrita golden que ya murió. Hace cuatro años sumó a su vida a Saru y a Cora, nacidas en criaderos distintos. Las eligió con varios test aplicables a cachorros de 30 días, capaces de ofrecer una perspectiva en relación con la capacidad de cada ejemplar de interactuar con niños que no conoce. Es que aunque la raza tiene predisposición para esas tareas, “hay condiciones innatas a cada individuo”, aclara. En el caso de Cora y Saru, Ana está segura de que disfrutan del contacto con chicos porque “cuando vamos llegando se alborotan. Bajan alegres, y, si les ofrecés más visitas, ellas se muestran contentas”, asegura.
Cuando Ana acercó al Sor María Ludovica el proyecto de servicios hospitalarios asistidos con perros, Sastre no tardó en abrirle las puertas. La iniciativa es totalmente voluntaria. Morinigo afronta los gastos veterinarios, de traslado y de seguro por eventuales accidentes. La camioneta es de su hermano. Claro que hubo -y hay- algunas resistencias, pero son cada vez menos.
“A pesar del adiestramiento bien enfocado en intervenciones asistidas, ellas (por Cora y Saru) tienen libertad de decisión y desenvolvimiento” -detalla Ana-; “perciben el estado de ánimo de las criaturas por los aromas que exudan y saben si necesitan un rato más o si ya están satisfechas, por la curva de serotonina. Por eso no hay llantos, ni despedidas conmovedoras. Todos nos vamos tranquilos de la visita”.
Sabedora de la teoría, a Ana no dejan de conmoverla los efectos que tiene la práctica.
Meses atrás, durante una recorrida de rutina, Saru se sentó frente a una habitación que tenía la puerta cerrada. Ella no se movía. Una enfermera explicó que era la de un niño que acababa de salir de terapia y esperaban a que despertara para que pudiera despedirse de sus papás, porque no había posibilidades de sobrevida. Pero no despertaba. Entonces le abrieron la puerta a Saru, ella puso su cabeza bajo la manito del nene y, cuando la tocó, reaccionó. La perra se fue y los padres tuvieron esos últimos minutos con su hijo.
Además de coordinar el equipo de Trabajadores Sociales del hospital, Diana ama los perros y trabaja con rescatistas. “En junio de 2024 me llamó el doctor Sastre para presentarme a Ana”, recuerda, de modo que enseguida se dispuso a investigar sobre experiencias similares desarrolladas en otros países del mundo.
“El proyecto fue analizado con el área de legales porque hubo que tramitar muchos permisos y autorizaciones”, detalla; “Ana tuvo que contratar un seguro privado contra accidentes y garantizar los controles veterinarios cada seis meses”.
Saru fue la primera en participar de las visitas, que arrancaron por la guardia central, siguieron por los espacios verdes y avanzaron por distintas salas. Fiamma se sumó al equipo de asistencia con perros, que incluye a Ari, e integra el programa de cuidados humanizados del hospital, con propuestas vinculadas al arte y a la expresión.
Este año se incrementó la demanda de los equipos médicos para que las visitas se repliquen en otras salas o servicios y contemplan sumar la interacción de Cora y Saru al personal. “También lo necesitan. Pasan mucho tiempo acá y es difícil”, reconoce Diana.
Gustavo Sastre, Ana Morinigo, Diana Domeniconi y Fiamma Dubini, junto a Saru
Chavela recibe a Saru con mimos. Como le gusta pintar, le está preparando un dibujo
Cora y Saru son sometidas a controles veterinarios cada seis meses. “Ellas perciben el estado de los chicos”, cuenta Ana
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