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Alejandro Castañeda
Alejandro Castañeda
Los chicos juegan poco. La pantalla es el único cuento que los atrapa y no los suelta. Lo producido es la marca social de estos días. Todo tiene que ser guionado, hasta el descanso. La espontaneidad viene claudicando frente a la tropa de expertos en cualquier cosa. Los influencer viven adoctrinando y se apela a los coach hasta para inflar los globos. Sin planificación, casi nada parece ser posible. Y en cualquier momento aparecerán los animadores de pijamadas.
Hoy, las vacaciones de invierno, que antes eran nada más y nada menos que una tregua para recuperar travesuras, ratos libres y amigos, han pasado a ser parte esencial de un cronograma de ofertas que merodea entre lo placentero y lo trabajoso. Alguna vez fueron dos semanas sin cuadernos ni horarios que se disfrutaba entre la calma y la vagancia.
El receso estaba hecho de una sustancia descansada, sin deberes, una tregua que se gozaba porque no obligaba a nada. Las risas se prolongaban, la noche era más larga, el despertador se llamaba a sosiego y no había padres ni convites capaces de alterar un receso que mezclaba el juego, la imaginación y el reposo. El mejor programa era no tener ninguno. Eran vacaciones de verdad, de las de levantarse tarde, deambular, leer una historieta, jugar con amigos y dejar que la pelota y las muñecas hicieran su parte. Los chiches de antes se rompían de tanto usarlos, los de ahora se aburren porque sus dueños los abandonan intactos. Los padres no sentían culpa por dejarte solo y decir que no. Era una pausa bienhechora que se escribía en minúscula.
“Esas horas llenas de todo en las que no hacías nada”, como dijo el español José Luis Sastre. No como ahora, que las vacaciones de invierno son un descanso agotador, con citas costosas y estrictas que tienen algo de compromiso insalvable. Una exigencia para esa infantería de progenitores que se preocupan si ven aburrirse al crío. ¿Estarán pensando cosas raras? Para los papis, la bendita fiaca es un síntoma más que una elección.
Ya sé, la calle no ayuda, la ciudad hoy no contiene a los chicos, los acecha. El dejarse estar se ha convertido en un desafío y aquella sana vagancia se ha vuelto riesgosa. Por eso las vacaciones terminaron siendo, para mamá y papá, una fastidiosa faena que obliga a replantear el fixture hogareño, a tener que pedir ayuda a media parentela y a sacar cuentas. Porque Caperucita, Cenicienta y las pantallitas cada vez son más caras. La oferta de atracciones es inmensa. Y allí van, con diarios en la mano y paciencia heroica, el ejército de madres, tías y abuelas, que hacen maravillas con el monedero y el horario para tratar de meter en una tarde la mayor cantidad de atracciones sin que le duela tanto al bolsillo. El plan es que los chicos no dejen de consumir, que no pierdan tiempo haciendo nada, que no paren de ver dibujos, catástrofes, payasos, explosiones o ir a grandes recitales. Algunos padres creen que las vacaciones son una inversión insoslayable. Y que tienen que gastar mucho para que se los quiera mejor.
El celu es un parque de atracciones al que los chicos no renuncian por nada del mundo
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Todo está programado, hasta lo sorpresivo. Poco queda de aquellas vacaciones que se vivían como un transcurrir sin urgencias. Hoy nadie les enseña que se puede jugar sin celulares y que “hay que saber aburrirse”, como dice el príncipe de El Gatopardo. Los chicos, tiesos y glotones, dejan que los que salten, se divierten y se ensucien, sean los personajes del celu, pero no ellos. El móvil es un parque de atracciones al que no renuncian por nada del mundo. Ya no son más protagonistas, son espectadores. Los nenes acaban siendo sólo mirones de unas historias que los atraen pero los excluyen. Y hay tantos espectáculos, tanto tironeo a la hora de elegir programa, tantas atracciones virtuales, que más de uno se pregunta: ¿Por qué a las vacaciones las recargaron de deberes? ¿Por qué hay tanto temor al aburrimiento? ¿Por qué los padres terminan tan agotados? El aguinaldo real se lo llevan los monstruos virtuales. ¿No habremos despojado a los chicos de la buena costumbre de jugar entre ellos y descansar? La queja del viejo Saul Bellow, “El mundo está demasiado encima de nosotros”, podría hacerla suya más de un nenito.
Hay algo indudable: después del estrés vacacional, habría que darle licencia a toda la familia.
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