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El día en que el miedo y el dolor paralizaron a Madrid

POR ESTEBAN PEREZ FERNANDEZ (*) Especial para EL DIA

El día en que el miedo y el dolor paralizaron a Madrid
12 de Marzo de 2004 | 00:00
Cada mañana, la estación de Atocha, el equivalente a Retiro en Buenos Aires, pero más grande y con tráfico de trenes, subtes, autobuses y taxis, es el paso obligado de decenas de miles de trabajadores que llegan desde lugares tan distantes como Sevilla, que queda a 600 km. de Madrid, para cumplir su jornada de trabajo.

Nunca pensaron que ese paso obligado hacia el trabajo por una de las estaciones más bonitas de Europa se convertiría en el escenario del atentado más grande de la historia de España.

Las noticias llegaban desde las radios y la TV. El terrorismo disfrazado de ETA empezó a dibujarse en la mente de millones de españoles, metiendo la cola en una agitada campaña electoral en la que este domingo se elige presidente para los próximos cuatro años.

Ya todos hablaban de atentados. "Dos explosiones", decían algunos. "Fueron cuatro", repetían otros. Los medios intentaban ser cautos, pero las cifras del horror crecían por minuto.

La gente empezó a quedar atrapada en calles, rutas de acceso, subtes y micros. Entrar a Madrid o circular por ella parecía una quimera.

PRIMER IMPACTO

"Explotaron cuatro artefactos en trenes en las estaciones de Atocha, El Pozo y Santa Eugenia. Es un atentado de ETA. Hay más de 30 muertos y 100 heridos", decían los medios. Por desgracia, con el transcurrir de las horas aumentaría el número de víctimas y la certeza sobre los autores del atentado dejaría de ser tal.

Madrid se convirtió en sólo cinco minutos en una ciudad caótica y triste. La gente muda y los accesos a la ciudad colapsados.

Los habitantes de la Comunidad (provincia) de Madrid intentaban llevar calma a sus hogares con una llamada telefónica. Pero los celulares -y por poco tiempo también los teléfonos fijos- dejaron de funcionar y el pánico se apoderó de la gente. Algunos estacionaban en la banquina, hablaban por celulares, hacían preguntas, gesticulaban. Todos reflejaban el desconcierto y la incredulidad en sus rostros.

Miles de conductores buscaban desesperados una ruta para entrar a la ciudad. Sus rostros lo decían todo.

Los madrileños empezaban a vivir sin saberlo un luto que les va a costar años quitarse del cuerpo.

Ni los bares, ni las tiendas, ni las tertulias de los jueves en esta ciudad que no duerme. Sólo desconcierto, caos e infinidad de preguntas sin respuesta.


LOS BLANCOS

Tres blancos meditados con inhumana frialdad: dos de los atentados se perpetraron en estaciones de barrios humildes, de clase media y media baja, en la zona de Vallecas, un barrio que sería el equivalente a La Boca en Buenos Aires o el Mondongo en La Plata. Sólo trabajadores y estudiantes suben cada mañana a ese tren. Ese lugar fue el de mayor cantidad de víctimas.

Pero Atocha es el centro neurálgico del transporte público de Madrid. Un punto clave para infundir miedo. Cada mañana, decenas de miles de personas, como este cronista, caminan por ese lugar para ir a trabajar.

Desde las 8 de la mañana no funcionaron micros, trenes ni subtes en esa zona y en el resto de Madrid el transporte público estuvo muy restringido.

Algunos optaron por volver a sus casas. Otros llegaron a sus trabajos a la hora que pudieron. Poco hicieron en una jornada laboral atípica, en la que se hablaba poco y de una sola cosa: la cifra de espanto de muertos y heridos que se multiplicaba por minuto.

Los celulares volvieron a funcionar y el pánico empezó a convertirse en tristeza.


LA REACCION CIUDADANA

Desde muy temprano la Puerta del Sol, el kilómetro 0 de España, cambió su status de habitual paseo para turistas en punto de encuentro para compartir el dolor de la tragedia. La gente se acercaba para donar sangre en improvisadas tiendas de campaña instaladas en esa plaza y las manifestaciones espontáneas contra el terrorismo empezaban tibiamente sobre las 11 de la mañana.

Pero la incredulidad, el desconcierto y la tristeza paralizaron a los madrileños, que no terminaron nunca de arrancar en este 11 de marzo y todavía se preguntan si lo vivieron o lo soñaron.

Los madrileños quedaron mudos, tiesos. Todos culpaban a ETA. Nadie quería aceptar otra hipótesis. Parecía como que era sumarle miedo al miedo.

No había edificios derrumbados ni aviones. Sólo la desesperación de heridos y familiares de las víctimas.

El tráfico fue escaso durante el resto del día. Madrid era otra y lo seguirá siendo.

Por la tarde, en los alrededores de Atocha sólo había sitio para policías, socorristas y coches fúnebres que salían de la explanada transportando los cuerpos de las víctimas.

Al caer la noche la gente comenzaba a salir de Madrid. En coche, en autobús, en subte. El tráfico era sensiblemente inferior de lo normal.

Sólo quedaban en la calle algunos autos y anónimos madrileños que se acercaban a Atocha para encender velas y depositarlas en la vereda de la estación como homenaje a las víctimas.

El miedo y la tristeza se enquistaron en Madrid.


(*)Esteban Pérez Fernández es platense y fue periodista de EL DIA durante diez años. Desde el 2002 vive en Madrid, donde trabaja y cursa estudios de post-grado.

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