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Por alejandro castañeda
Dos estrenos nacionales y en los dos, Luciano Cáceres como personaje clave. Y curiosamente haciendo papeles parecidos: arribista prepotente en “Gato negro” y padre y marido maltratador en “Fermín”. Machista incurable en los dos casos, pero preocupado y confundido casi siempre. En “Gato negro” tiene un final trágico y en “Fermín” se salva porque se transforma en Héctor Alterio, un tanguero arrepentido que inspira más lástima que bronca.
GATO NEGRO, de Gastón Gallo. Es un intento ambicioso para un director debutante: contar las peripecias de un tipo singular, Tito Pereyra, nenito en Tucumán, trepador en Buenos Aires, sufrido y sufridor, violento, omnipotente, ligero, desalmado, le gusta andar por la banquina y se las cree. La historia hace agua por varios lados y sólo la buena ambientación consigue darle cierta veracidad. No están mal las estampas de la niñez en Tucumán, pero se demora demasiado. Y el guión no explica cómo ese vendedor de alfajores llegó tan alto y en tan poco tiempo. El final se ve venir y todo respira un aire trágico y algo grandilocuente. De cualquier manera, algunos momentos están bien resueltos, aunque peca otra vez –como mucho film nacional- de querer meter por la fuerza la historia del país en medio del drama de sus personajes. Empieza como una viñeta costumbrista y va girando hacia el testimonio histórico y el thriller. Abarca más de lo que aprieta, pero tiene aciertos parciales a la hora de pintar la vida en las orillas. (*** BUENA).
TANGO QUE ME HICISTE MAL
FERMIN, de Hernán Findling y Oliver Kolker. El Dr. Ezequiel Kaufman (Gastón Pauls) entra a trabajar como médico psiquiatra en un neuropsiquiátrico público. Entre sus pacientes descubrirá a Fermín Turdera (Héctor Alterio) a su nieta Eva (Antonella Costa) (...) Ezequiel descubre que Fermín sólo se expresa a través de letras de tangos y que ese Neuropsiquiátrico estropea más de lo que salva. Pero la nieta vale la pena. Y allí va, este idealista que anda solito agarrado las polleras de la madre, tratando de curar y curarse.
Poco para rescatar: los diálogos son flojos, la historia es falsa, los personajes son puros estereotipos. A Alterio se le entiende poco, lo que no deja de ser un alivio, y el filme es tan impostado que nada suena real. Por ejemplo, se habla mucho de los abrazos: en la calle, en la clínica y sobre todo en el tango. “Si la piba te abraza así –le dice un viejo milonguero al médico- está muerta con vos”. Pero, lamentablemente, a la hora de mostrar parejas bailando, el filme se olvida de los abrazos y manda a escena a tres parejas que interpretan “tango escenario”. Nada de abrazos, saltos, piruetas, payasadas, chicos de gimnasio disfrazados de arrabaleros. ¡Pobre tango y pobre cine! Ese sólo detalle impregna de artificiosidad a un filme lánguido, pesado, fallido, un melodrama que quiere ser pintoresco y no puede. ¿Algo para rescatar? La estampa de Antonella Costa, la primera milonga, bien bailada, en una pista barrera del año 45; el buen trabajo de Emilio Disi como un veterano baquiano y rencoroso. ¿El dato? Otra vez Luciano Cáceres anda enojado y otra vez, entre cortes, quebradas y evocaciones, entra por la ventana un poco de historia . (** REGULAR)
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