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En Ucrania el humor es cosa seria
En Ucrania el humor es cosa seria

Por: Jorge Elías
@JorgeEliasInter

6 de Abril de 2019 | 02:19
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En una palabra, desilusión. Cinco años y 12.000 muertos después de la anexión rusa de la península de Crimea, Ucrania dio un volantazo y amaneció frente a la posibilidad de que la ficción se haga realidad. La ficción de una serie televisiva, Sluga Narodu (Servidor del Pueblo), la más popular del país. En ella, un profesor de historia modesto y gracioso, Vasil Holoborodko, encarnado en el comediante Volodymyr Zelensky, se convierte en forma inesperada en presidente y emprende una cruzada contra un mal endémico, la corrupción, y otros abusos del poder. El poder encarnado, a su vez, en una minoría.

La desilusión de la sociedad con esa minoría llevó a Zelensky a duplicar los votos del presidente Petro Poroshenko y los de la ex primera ministra Yulia Timoshenko, líder de la Revolución Naranja de 2004, en las elecciones de Ucrania. Zelensky disputará la segunda vuelta con Poroshenko el domingo 21. El resultado fue otro síntoma de la epidemia global de desencanto con los partidos y los políticos tradicionales. En Ucrania, por las promesas incumplidas de la plaza Maidán, de Kiev, llamada Euromaidán tras haber sido un campo de batalla por el ingreso en la Unión Europea y por el acuerdo de libre comercio con Occidente.

La toma de Crimea, ordenada en esos días de marzo de 2014 por Vladimir Putin en represalia por la caída del presidente afín Víktor Yanukóvich, asesorado por Paul Manafort, ex jefe de campaña de Donald Trump, condenado por corrupción, marcó el rumbo. También profundizó el hastío por no pasar página de la era soviética ni reformar el sistema político. Poroshenko era un magnate chocolatero sin experiencia en cargos públicos que, según los Panamá Papers, trasladó su negocio al exterior para evadir impuestos.

La crisis económica y la falta de avances en la puja con Rusia prepararon el desembarco de otro outsider, Zelensky, de 41 años, acaso confundido con el simpático profesor Holoborodko. Se trata de un personaje peculiar, admirador confeso del presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, y de su par francés, Emmanuel Macron. El día y la noche. El pragmatismo de Zelensky, imitador de Poroshenko en la televisión, convenció a muchos de que era el único entre 39 candidatos capaz de sellar la fisura entre prooccidentales y prorrusos, de terminar con la guerra del Donbass y de discutir con Rusia, “cuando cambie el gobierno”, el estatus de Crimea.

Zelensky no es el primer comediante que trepa en el palo enjabonado de la política. En Dinamarca, Jacob Haugaard cosechó en las elecciones de 1994 más de 23.000 votos para ser diputado con una premisa imbatible: “No sé nada de política, pero ahora me van a pagar para aprender”. En Brasil, 16 años después, el payaso de circo Francisco Everardo Olivieira Silva, alias Tiririca, apeló a una fórmula parecida: “¿Qué hace un diputado federal? La verdad, yo no lo sé. Pero vote por mí y lo averiguaré para usted”.

Algo similar pregonaban Beppe Grillo, el cómico italiano que fundó en 2009 el Movimiento 5 Estrellas (M5S), hoy en el poder, y el presidente de Guatemala, Jimmy Morales, aquel que había hecho reír a los suyos durante 22 años y que, de ganar las elecciones de 2015, no iba a hacerlos llorar. Grillo se retiró para “recobrar la libertad” porque “la política es una enfermedad mental”. Morales, a contramano de su promesa, sólo cosechó lágrimas: pasó a ser un presidente impopular que, en defensa propia, dinamitó la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (Cicig), creada por un acuerdo con la ONU.La serie de Zelensky fue producida por el Canal 1+1, cuyo dueño, Igor Kolomoisky, ha sido gobernador de Dnipropetrovsk y accionista principal del PrivatBank, rescatado por el gobierno en 2016. Un oligarca, en la jerga ucraniana, al cual Poroshenko amenazó con un juicio por emitir la serie durante las elecciones. La humorada: tres de cada 10 ucranianos creyeron que la ficción podía ser verídica con un poco de voluntad y honestidad. La ficción de un ser común y corriente que va a trabajar en bicicleta y rehúye al apego de las élites, aunque sin padrinazgo no hubiera movido el amperímetro de la desilusión.

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