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ANÁLISIS

Todo tiene que ver con todo

Todo tiene que ver con todo

Por NICOLÁS NARDINI

nnardini@eldia.com

¿Cómo comenzar esta líneas sin poner todo en un contexto? ¿Cómo focalizar un análisis de manera exclusiva en lo que pasó a lo largo de los noventa minutos de anoche? ¿Cómo soslayar la serie interminable de desaguisados que son moneda corriente en el fútbol argentino, siendo que la Selección suele ser el reflejo más visible de nuestra realidad? No, no alcanza con enumerar todos los errores conceptuales y tácticos que tuvo anoche la Argentina en su fallido estreno en la Copa América.

Es hora de tener una mirada más profunda para hallar el origen de los problemas. Hay una raíz dirigencial sobre la cual crecieron y se ramificaron todos los problemas relacionados con la hoy desprestigiada Selección Nacional. A partir de los malos manejos, muchas veces con ribetes hasta caóticos, que se hicieron moneda corriente en la AFA, sobrevinieron los papelones deportivos que no hicieron más que erosionar una estructura que de ser envidia en el mundo entero, pasó a generar burlas y -en estos tiempos de redes y cadenas- “memes” por la inexistencia de una red de contención que sirva para saber aprovechar ni más ni menos que al mejor jugador del mundo. Resulta cruel cómo se siguen dilapidando oportunidades de hacer bien las cosas para sacarle jugo a un jugador de esos que asoman una vez cada 30 o 40 años. El hilo en el carretel se va terminando y en la Argentina parecen no darse cuenta de que ya no habrá Messi por mucho tiempo más. Si el astro rosarino culmina su paso por la Mayor sin levantar ningún trofeo (como la inercia lo deja de relieve) ¿Alguien tendrá la grandeza de enarbolar un atisbo de autocrítica? ¿O tendrán, por el contrario, la moral de hacerlo culpable de no haber tirado el centro e ido a cabecear en todos estos años?

Resulta demoledor que Argentina siga sin poder sacar provecho de un futbolista que le da tantas ventajas a sus compañeros. Porque aglutina marcas y se lleva la atención casi exclusiva de todos sus rivales. Porque pasa la pelota casi siempre con ventaja para el de celeste y blanco. Porque sale de encierros de marcaje en ocasiones en que a Houdini se le pondría cuesta arriba. Porque genera faltas y más faltas cerca del área contraria. En definitiva, porque es el mejor del mundo y, así y todo, en Argentina no lograr hacer mejores a sus compañeros.

Entonces, llegó el momento de preguntarse por qué. En procesos pasados, quizás, porque faltó esa cuota necesaria de suerte o de “viento a favor” (para aquellos que no creen en lo intangible).

En los últimos, porque un final feliz hubiera sido una casualidad más que una consecuencia lógica.

Es que el ciclo de Sampaoli resultó de los más desprolijos de los que se tengan recuerdo. La foto emblemática de Mascherano “consensuando” -presuntamente- el equipo con el hoy DT del Santos en Rusia fue el resumen más acabado de un proceso carente de autoridad.

Pero lo que vino después fue peor. Hubo un tiempo en que dirigir a la Selección era la máxima aspiración de todo entrenador argentino. Aquella idea romántica es tan solo un recuerdo lejano. Hoy el equipo nacional no seduce a los más encumbrados, como Simeone y Pochettino, que juegan en otras ligas, inalcanzables para la billetera de la AFA. Y el mejor del medio local, Gallardo, no parece dispuesto a trabajar en una estructura de la AFA que tenga la actual composición dirigencial.

Entonces, sin la chance de contar con los mejores que hoy están afuera, ni tampoco con los destacados del medio local (quien suscribe sigue sin entender cómo Ricardo Gareca, quien estaba al alcance, ni siquiera fue sondeado) la AFA apostó por quien era el quinto colaborador de Sampaoli en el olvidable proceso de Rusia. En Viamonte se tiraron a la pileta por un DT, Scaloni, que llegó al puesto más importante del fútbol nacional sin siquiera haber dirigido jamás a un equipo de mayores. Resulta valorable la osadía de quien aceptó el convite. De la misma manera que resulta preocupante la falta de criterio de quien lo hizo.

 

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